lunes, 27 de diciembre de 2010

Vasos comunicantes (1)


«l’ingéniosité du premier romancier consista à comprendre que dans l’appareil de nos émotions, l’image étant le seul élément essentiel, la simplification qui consisterait à supprimer purement et simplement les personnages réels serait un perfectionnement décisif.» Proust, Du côté de chez Swann, "Combray"

[el ingenio del primer novelista consistió en comprender que en el conjunto de nuestras emociones, la imagen es el único elemento esencial, la simplificación consistente en suprimir pura y simplemente los personajes reales significó un perfeccionamiento decisivo.]

«Literature was born not the day when a boy crying wolf, wolf came running out of the Neanderthal valley with a big gray wolf at his heels: literature was born on the day when a boy came crying wolf, wolf and there was no wolf behind him.» Nabokov, Lectures on Literature, "Good Readers and Good Writers"

[La literatura no nació el día en que un niño corrió a través del valle del Neanderthal gritando "un lobo, un lobo" con un gran lobo gris pisándole los talones: la literatura nació el día en que un niño llegó gritando "un lobo, un lobo" y no había ningún lobo detrás de él.]

jueves, 23 de diciembre de 2010

Ejercicio de estilo


l’idée vague d’aimer, dans laquelle il n’y a pas d’amour

Anoche te soñé, sin duda por causa de Proust. Hasta ahora no han sido pocos los pasajes de este primer tomo que al leerlos, al terminarlos o al encontrarme en medio de sus palabras y sus significados, al sentir, quién sabe si falsamente, que soy capaz de intuir el sentimiento último que intentan nombrar, inevitablemente te recuerdo. A veces por una trivialidad, como con esos dos de la primera parte que aluden a la buena crianza de una persona, al mucho aprecio que la familia provinciana del narrador dispensa a ese sutil refinamiento que se manifiesta en acciones en apariencia banales aunque secretamente admiradas, como la elección inmejorable de las hortalizas para la cena o el conocimiento de la mejor tienda para adquirir el regalo más adecuado para cierto personaje. En otras son párrafos mucho más importantes, mucho más vivos y trascendentes, todos de la segunda parte, todos concernientes a los amores entre Swann y Odette, a la titubeante inocencia con que Swann se acerca a ella en sus primeras noches de intimidad y aislamiento o a la penosa frialdad que cae sobre el trato de ella hacia él, la tiránica frustración a la que Swann se somete ahora que Odette se sabe amada o reverenciada o codiciada para siempre y sin remisión, a esa hiriente comodidad con la que ella se instala en los lindes del punto sin retorno y cuya posición no sería tal sin esa mansa costumbre de Swann hacia sus desplantes y sus caprichos, último vínculo con el que se ata a ella y su vida y sus quehaceres, esa abúlica resignación que le obliga a armar estructuras complicadas cuyo resultado final será, si todo se cumple de conformidad con el plan trazado, un agradecimiento de Odette o un recado suyo o la posibilidad y el permiso de pasar a visitarla a su casa. Entonces pienso que esta tristeza que todavía me dura y que a ratos se deja sentir sin aviso ni cuidado, a la mitad de una tarea doméstica, al despertar de un sueño tristemente grato como el de anoche, se parece demasiado a esos fragmentos de Proust, tanto, que imagino que, según me sucedió ya con aquellos pocos versos de Boscán y Herrera, pude consultar este destino de fracaso y desilusión antes de padecerlo con sólo abrir el libro en la página correcta, en la descripción justa que auguraba el desenlace necesario de mis torpes escarceos para contigo. Pero después, al instante siguiente, abro los ojos y mi realidad disipa estas ensoñaciones. Pienso en la tortura inútil que me provoco con este sentimentalismo literario. Pienso en que sin esa desilusión dejaría de notar esos fragmentos, pasaría de largo junto a ellos, con la misma distracción con que recorro los aparadores de una boutique, con el mismo tedio con que camino esas largas avenidas saturadas de miles o millones de autos que me parecen todos iguales, todos con idéntico conductor, los leería sin detenerme ni asombrarme, como si leyera una receta de cocina o como si escuchara la relación que de un hecho corriente me hace un amigo. Pienso que quizá sin esa desilusión no sería capaz, ahora, de seguir leyendo a Proust.

martes, 14 de diciembre de 2010

¿No te ha pasado?


¿No te ha pasado que vas por la calle o en un vagón del metro o que estás sentado, bebiendo un café o una cerveza o tomando apuntes en un salón de clases y allá, no muy lejos, en la acera opuesta, recargado en la puerta para salir en la próxima estación, al otro lado del cristal o cerca del escritorio del maestro ves a alguien, una persona cualquiera, un desconocido con quien quizá nunca volverás a encontrarte que sin embargo llama tu atención, deja por un instante de ser un cualquiera y se destaca en el escenario anodino de la cotidianeidad, de entre la muchedumbre citadina, como alguien único no por un defecto o una cualidad suya, sino por el parecido increíble que guarda con alguno de los famosos, de los conocidos, alguno de esos pocos que cada tanto figuran en los periódicos y los noticieros de la televisión y las imágenes circulantes por todos los medios posibles, o a uno que aunque no sea querido de las multitudes al menos es reconocido por algunos cientos o miles de fieles, devotos de un culto público pero íntimo y compartido sólo en ocasiones extraordinarias, entonces piensas que ese que tienes enfrente, el cincuentón de suéter raído y pantalones lustrosos, ese hombre ligeramente encorvado, obeso y de calvicie descuidada, bigote corto y pardo, ese hombre que por inercia o costumbre busca el nombre de la estación adonde llega el tren aunque sepa hace varias en cuál debe bajar, se parece mucho a Slim, y ríes por dentro, pensando todavía más, imaginando que tal vez acabas de atestiguar una falla del sistema, una repetición de la vida o de la realidad que seguramente no deberías haber visto, piensas que tal vez, a estas alturas, después de siglos y siglos de historia, configurar o producir tantas vidas completamente diferentes entre sí es imposible o improbable, que las posibilidades se están agotando, que tal vez ese hombre es y no es Slim: tiene su cuerpo y su rostro pero no su vida ni su riqueza, porque basta añadir una sola variable para ampliar holgadamente las probabilidades y las combinaciones de un universo, como cuando agregaron primero uno y después dos dígitos a los números telefónicos de la ciudad, dices en tu mente, y te diviertes, y ese viaje tempranero hacia la universidad se vuelve así menos aburrido, y tres o cuatro años después recuerdas esto porque en un curso al que asistes, uno no siempre interesante que frecuentas por ocupar tu tiempo de alguna forma menos inútil que trabajando, miraste un día a un hombre mayor, lo notaste primero por su sombrero, accesorio más bien extravagante hoy en día, y después por su edad, por lo extraño que era verlo en un grupo dominado por jóvenes de veintitantos años, ansiosos quizá por recomponer o afianzar su futuro, y en menor medida por cuarentones estancados en lo mejor que pudieron hacer de sus vidas y por los freaks del mundillo académico, el mundillo de las conferencias y las presentaciones de libros y los cursos gratuitos, esa gente también madura, seguramente sola, que con resignada disciplina acude a esos encuentros también, como tú, por tener algo qué hacer, algo en qué ocuparse, gente rara, siniestra, deforme en su apariencia pero no por defectos físicos, sino por cierta secreta corrupción de su espíritu, aunque inofensiva y de algún modo perversamente inocente, pero ese hombre no pertenece a ninguna de estas clasificaciones que acabas de inventarte, incluso cuando lo miras piensas que ni siquiera es un alumno, algo en él —cierta prisa por irse, cierta incomodidad por estar ahí— te sugiere la fantástica idea de que es el chofer de alguien más, de alguien que sí escucha las clases por voluntad y acaso con gusto, ves todo eso en él, y ves, simultáneamente o un instante después, que su cara de viejo se parece a la del viejo Salvador Elizondo, al menos de perfil, porque pasados un par de minutos, cuando camina hacia donde tú estás buscando la salida, notas que de frente sólo conserva esas cejas triangulares que nunca pasas por alto, esas cejas que te gusta pensar como expresión fisonómica de un temperamento melancólico o reflexivo o musical, esas cejas que en sus momentos más profundos o de más melancólica alegría elevan no pocos pianistas célebres, algún director de orquesta y quizá hasta un profesor con quien aprendiste a leer cuidadosamente el Quijote (tan distinto, por otra parte, de ese otro con quien leían poemas de Lope y Quevedo y Góngora, y a quien recuerdas no sólo por esa similitud más bien temática, sino porque hace unos días, en un local dedicado al comercio de lámparas y candiles te fijaste más de lo normal o necesario en el dueño o el encargado, en el único que se preocupaba por atender a los clientes e impedir, tanto como pudiera, que compraran en una tienda diferente, lo miraste mientras descansaba durante uno de esos raros momentos en que incluso en un negocio tan trivial y tan mundano como ese sobreviene una mansa quietud, una tranquilidad que en tanto no se agota se siente infinita, ese silencio eterno e incuestionable de un universo que desde su creación jamás ha experimentado el movimiento, y ahí, en medio de esa eternidad, estaba el hombre sentado en un silla maltratada, con la espuma de fuera, oxidada en su armazón, trono más que adecuado para ese rey de la medianía, para ese cuerpo fofo desvirgado de juventud y vigor que comienza a conocer el rancio sabor del cansancio, ese hombre que de perfil, cuando alguien lo llamó para preguntarle una tontería, quizá dónde había ido Luis o qué se le antojaba para almorzar, lo único que hizo fue enderezar la cabeza y la mirada para responder sin levantarse ni acercarse, frunciendo ligeramente el ceño, y esa suma de gestos fue la que miraste con atención sin recordar, por más que te esforzaras, dónde la habías visto antes, en qué rostro, bajo qué luz, por qué motivo, pero tu mente fue entonces un baúl cerrado, un libro de cientos o miles de páginas ilegibles o escritas en un idioma conocido pero indescifrable, fue una bóveda oscura de la que adivinabas sólo su profundidad, su altura, los frescos que ricamente la adornaban, y por pereza e ineptitud abandonaste el asunto, fingiendo indiferencia, hasta hace unos días en que habías llegado ya a al cierre de esta larga pregunta, el lunes por la mañana cuando no sabes a santo de qué recordaste a tu profesor de Siglos de Oro, cuando fuiste capaz de asociarlo con el vendedor de lámparas y, de nuevo, te preguntaste cómo puede ser esto posible, cómo dos personas más o menos de la misma edad y tan parecidos entre sí pueden tener destinos tan diferentes y, al mismo tiempo, gestos tan iguales) esas cejas que, supones sin mucha seguridad, también tenía Salvador Elizondo, vuelves a sonreír para ti, pero ahora pensando menos en aquella teoría elaborada a bordo de un vagón de metro que en otro incidente, este mismo año pero hace ya varios meses, sucedido también en un salón de clases donde tomabas una que ni siquiera pertenecía a tu carrera, recuerdas que ahí dentro, entre los cuarenta o cincuenta recién ingresados había un muchacho cuyo aire de distinción y refinamiento bastó para que te fijaras en él, un aire que le imputaste arbitrariamente y que no sabrías precisar de dónde provenía, si de su pulóver negro de cuello de tortuga o si de su peinado un tanto anticuado, un tanto pasado de moda, de niño bueno y serio y formal, te das cuenta entonces de que ese muchacho que ronda la mayoría de edad se parece mucho a Salvador Elizondo o un Salvador Elizondo que imaginas o formas a partir de las fotografías que conoces y evocas borrosamente en ese momento, fotografías que tal vez no existan fuera de tu memoria o que ni siquiera valga la pena denominar así, quizá lo único que tienes es una imagen genérica, ideal, de Salvador Elizondo, de su cabeza de contornos redondeados, de su cabello oscuro perfectamente arreglado siempre, de esa suficiencia y seguridad en la actitud y la manera de conducirse ante los demás propia de quienes son criados con adinerado esmero, y de esa imagen sacas o formas un hipotético Elizondo joven, uno que se parece al muchacho sentado a varias filas de distancia de donde tú estás, uno con ese tic tan raramente común de parpadear cada cierto tiempo forzada y aparatosamente, como bajando y subiendo los párpados más tiempo del necesario sirviéndose de más músculos que los necesarios, recuerdas que esa tarde pensaste otra vez en una posible repetición de la vida, quizá viste a Salvador Elizondo cuando joven, cuando asistía a esa misma facultad (¿pero asistía?), lo piensas, pero sin insistir mucho, lo piensas durante un momento y lo olvidas después, un poco porque el tema ya no te entretiene ni te interesa y otro poco porque algunas semanas después abandonas el curso al sentirte ridículo entre tanto joven, entre tanta ilusión, entre tanta esperanza, lo olvidas hasta la mañana en que te encuentras con el Salvador Elizondo viejo, lo olvidas hasta otra mañana en que otra vez en un vagón de metro coincides con otro joven, de dieciocho o diecinueve años, marginal por destino y después por elección, de ropas sucias a punto del andrajo, lumpen o underground o grunge, un inútil y un desocupado, uno que se citó con otros dos como él, quienes abordan el metro una o dos estaciones después de que tú reparaste en su presencia, quienes se disculpan con él por el retraso, con quienes se saluda cariñosamente y uno de los cuales, uno regordete de piel blanca, de inmediato pero con calma saca de la mochila que llevaba a la espalda algo para mostrarle, unas revistas o unos videojuegos, no lo distingues con claridad, conjeturas entonces, con esos indicios, que ese que estaba desde el principio pasa como el importante del grupo, como el inteligente o el audaz, el carnero solitario que guía y cuida a la manada sin que ésta lo entienda ni lo agradezca, lo miras de reojo, a escondidas, fingiendo torpemente que haces otra cosa, que buscas algo entre tus cuadernos o que lees el libro que cargas contigo, lo miras, no puedes evitarlo, no sabes por qué te sientes atraído por ese tipo de gente, por los apestados de la sociedad, por los mendigos y los limosneros y los locos que andan sueltos en las calles y los andenes del metro, por el oficinista de traje y gafete que ya a las ocho de la noche viaja completamente ahogado, por esa gente desafortunada y miserable que aunque salió de un lugar para dirigirse a otro da la impresión de no tener un destino fijo ni una ruta obligada, lo miras de nuevo y miras ahora sus grandes lentes de pasta, curveados pero no perfectamente circulares, de color maple o carey, y ese detalle aunado al resto de su apariencia te hace pensar en Bolaño, en que quizá así se veía Roberto Bolaño cuando era joven en la Ciudad de México, cuando no era Roberto Bolaño sino un muchacho cualquiera sin ocupación manifiesta ni imperativa más allá de las ejecutadas por convicción, por tozudez, por esa fe irrenunciable en sí mismo que posee el verdadero artista, el adolescente, el que todavía no sabe si lo logrará, el que sabe de antemano que lograrlo significa fracasar, una y otra vez, siempre, en cualquier oportunidad, un muchacho como el de la primera parte de Los detectives, ese que anda por las calles del Centro cuando debía estar en la universidad, leyendo en las bancas de la Alameda, robando libros del Sótano, visitando las de viejo, escribiendo en un café de la calle Colón, piensas en esto por los lentes y el cabello alborotado y crespo del que tienes enfrente, piensas que sus pantalones sucios y su camisa de dos o tres puestas consecutivas y sin lavar lejos de ocultar cierta triste inteligencia la resalta, como si ya en su figura, en su parecido accidental con Roberto Bolaño, pudiera leerse su destino de silencio y soledad incluso si nunca en su vida termina de leer un libro o de llenar con su escritura una página en blanco, piensas y piensas y piensas, pero ya no en tus teorías de juventud que te aburren o te avergüenzan, piensas, mejor, en escribirlo, pero antes de que puedas hacerlo, mientras llegas a tu casa para sentarte frente a la computadora, mientras caminas rumbo al paradero de los camiones que te llevan a casa, sin voluntad de por medio irrumpe en tu mente el motivo inicial, ese No te ha pasado que, y te alegras, porque después de eso las siguientes palabras surgen casi como si manaran de un surtidor continuo y que quisieras inagotable, un alto surtidor que el viento arquea, pero aunque escribes y piensas menos piensas todavía en que esas ideas primerizas germinaron gracias a un cuento de Cortázar, uno que leíste cuando ya no creías en Cortázar, uno del que todavía no abjuras y quizá el único que respetas por carecer a tus ojos de esa retórica juvenil tan imantada que intentaste seguir e imitar no pocas veces luego de pasar horas o días leyendo sus cuentos, y también de esto te alegras, de ya no tenerlo presente, pero pronto dudas de que esto sea cierto, dudas, sobre todo, al escribir pulóver para decir suéter, por no repetir suéter, es esa palabra la que provoca el recuerdo, la que te hace pensar en Una flor amarilla, en ese monólogo de ebrio que, no te cuesta aceptar, guarda cierto parecido con éste que ahora escribes, y sonríes decepcionado y piensas e incluso te lamentas un poco de que esto todavía sea así? ¿No te ha pasado? ¿Nunca?

martes, 7 de diciembre de 2010

siete de diciembre de dos mil diez


A partir de un cierto punto ya no hay regreso posible. Este es el punto a alcanzar.
Kafka, Aforismos de Zürau, 5


Leo en este blog una breve queja que atañe a toda una generación. Leo un lamento por esa falta de inventiva que, según algunos, caracteriza a los jóvenes de esta época o para ser más preciso, a la gente que aquí y ahora está intentando y fracasando, intentando y fracasando, a la gente que busca destacar, descollar de entre la medianía, hacer algo que signifique este mundo y este tiempo —tal vez, todavía, para despachar a los viejos, para quitarlos de las cómodas poltronas desde donde pontifican, para echarlos al olvido. 

(leo, también, un alegato que me recuerda a Ortega y Gasset)

¿Será cierto? ¿Será que, como alguien más ha dicho, «lo que viene es un arte de pastiches, parodias, hipertextos, collages, sampleos»? ¿Será que después de  tantos y tantos y tan diferentes mayores estamos condenados a la repetición en cualquiera de sus formas? ¿Será que esos mayores han agotado ya todas las formas de expresar esto?

Si es así, ¿qué pasa entonces con esa «hipertrofia del yo» que según otros también caracteriza esta época? ¿Dónde toda esa creatividad que, dicen, se favorece como nunca antes, entre todos y para cualquiera? O la cacareada posibilidad de que un don nadie, un geek de dos o tres amigos y fines de semana en casa, un sujeto de una sola habilidad o de un solo atractivo despierte un día con millones de dólares en la bolsa y reconocimiento mundial sólo por "atreverse".

Somos originales, nos dicen (o nos ordenan, quién sabe). Y lo creemos. Intentamos a toda costa ser originales: volviéndonos emos o hipsters, comprando a crédito un iPad, ignorando supina y orgullosamente lo clásico, lo tradicional, lo que tenga ese rancio tufo de lo canónico. ¿Así somos más originales? ¿No suena contradictorio hablar de originalidad en plural? ¿No bastaría esta mínima falla del lenguaje para comenzar a sospechar?

(pero sobre esa originalidad ya he escrito antes)

Tal vez sean esas dos fuerzas las que tiran de esta generación. La conservadora y la crítica. La de la «zona de confort» y la incómoda. Dos fuerzas no siempre distanciadas ni repelentes entre sí ni puras. La que se regodea con la creatividad contenida, con la originalidad preestablecida, con esa inventiva reaccionaria que farisaicamente cambia las cosas en su superficie, en sus detalles más nimios, que produce en todos los ámbitos objetos de pronta adquisición, de consumo urgente, de desecho inmediato, esa pirotecnia que a nosotros los del "diseño centrado en el usuario" tanto y tan fácil nos impresiona... y que olvidamos al instante siguiente, distraídos por el siguiente resplandor. O esa otra fuerza que profetiza la llegada inminente de una nueva época sin nada ya de nuevo, que anuncia la permanencia inmutable de las actitudes y los motivos y los temas, la imposibilidad de cambiar sustancialmente nada, lo anacrónico, hilarante o banal que resulta querer crear algo, esa otra fuerza que a pesar de todo, a pesar de la certeza del fracaso y lo inútil del esfuerzo, insiste en intentarlo una vez más —esperando, quizá, que en esta las cosas se rompan desde dentro.


miércoles, 1 de diciembre de 2010

Algunos momentos importantes en la normalización del idioma español


Antonio de Nebrija inaugura, con su Gramática de la lengua castellana (1492) y las Reglas de ortografía española (1517), el proceso de institucionalización del idioma español que finalizaría doscientos años después con el Diccionario de autoridades, publicado entre 1726 y 1739 (de su segunda edición, inconclusa, únicamente se publicó en 1770 el tomo “A-B”), el primer diccionario elaborado por la Real Academia Española (fundada en 1713) bajo la premisa de que existían autoridades a las cuales apelar para defender la inclusión y el uso de una palabra: «Como basa y fundamento de este Diccionario» dice la Academia en el tercer parágrafo del Prólogo de 1726, «se han puesto a los Autores que ha parecido a la Academia han tratado la Lengua Española con la mayor propiedad y elegancia: conociéndose por ello su buen juicio, claridad y proporción, con cuyas autoridades están afianzadas las voces, y aun algunas, que por no practicadas se ignora la noticia de ellas, y las que no están en uso, pues aunque son propias de la Lengua Española, el olvido y la mudanza de términos y voces, con la variedad de los tiempos, las ha hecho ya incultas y despreciables: como igualmente ha sucedido en las Lenguas Toscana y Francesa, que cada día se han pulido y perfeccionado más: contribuyendo mucho para ello los Diccionarios y Vocabularios, que de estos idiomas se han dado a la estampa, y en lo que han trabajado tantas doctas Academias: sobre lo que es bien reparable, que habiendo sido Don Sebastián de Covarrubias el primero que se dedicó a este nobilísimo estudio, en que los extranjeros siguiéndole se han adelantado con tanta diligencia y esmero, sea la Nación Española la última a la perfección del Diccionario de su Lengua: y sin duda no pudiera llegar a un fin tan grande a no tener un fomento tan elevado como el de su Augusto Monarca»; en el onceno, se insiste en la justificación: «Las citas de los Autores para comprobación de las voces, en unas se ponen para autoridad, y en otras para ejemplo, como las voces que no están en uso, y el olvido las ha desterrado de la Lengua». Al reconocer a estas “autoridades” (Cervantes, Góngora, Lope, fray Luis de León, Santa Teresa, Quevedo, en fin, la nómina mayor del Siglo de Oro), la RAE reconoce también —con la morosidad propia de cualquier academia— los límites del idioma, su solidez y, sobre todo, su estabilidad. Dicho brevemente: a pesar de la diferencia de regiones o de épocas, fue posible entonces reconocer cierta uniformidad de la lengua española.

Entre un siglo y otro, entre Nebrija y la RAE, se encuentra Sebastián de Covarrubias y Orozco, autor del Tesoro de la lengua castellana o española (1611), diccionario éste que, a decir de la propia Academia, es el antecedente más inmediato del Diccionario de Autoridades —donde, dicho sea de paso, es citado frecuentemente con el estribillo “Trae esta voz Covarrubias”. El trabajo de Covarrubias, trabajo de un solo hombre, es una obra de consulta indispensable para entender la literatura española de los siglos XVI y XVII, pues si bien la inclusión de voces está fundamentada en un criterio esencialmente etimológico (no siempre preciso), su autor se preocupó también por hacer explícitos los vínculos de las palabras con las prácticas cotidianas de la época, permitiendo así al lector invocar, incluso en nuestros días, algo de la esencia viva que acompaña a toda palabra.

En cuanto a otros idiomas, cito como referencia el nombre y año de fundación de sus respectivos diccionarios y academias. Es notable que, salvo el caso del idioma alemán, esta voluntad de fijar los límites de una lengua sean todos contemporáneos. Sin duda se trata de una manifestación, en un ámbito tan disciplinario como el penal, del proceso de normalización que a decir de Foucault (Vigilar y castigar) se gestó en Europa entre los siglos XVI y XVII y alcanzó su auge entre el XVIII y el XIX.

-Accademia della Crusca, 1570-1580; Il Vocabolario degli Accademici della Crusca, 1612

-Académie française, 1635; Dictionnaire de l’Académie française, 1694

-A table alphabetical containing and teaching the true writing, and understanding of hard usual English words..., de Robert Cawdrey, 1604

-A Dictionary of the English Language, del Samuel Johnson, 1755 (a diferencia de otros idiomas, el inglés no posee una institución que lo regle. Si una autoridad se reconoce, es la que emana del Oxford English Dictionary, editado y publicado por la Universidad de Oxford a partir de 1888 y completado por vez primera en 1928)

-Deutsches Wörterbuch, de Jacob y Wilhelm Grimm, 1852 (el primer volumen)

-Deutsche Akademie für Sprache und Dichtung, 1949

***

(Redacté estos párrafos en octubre de 2008, emocionado por descubrir libros hasta entonces desconocidos o que, como el Quijote, vanamente creí agotados. Los redacté como el primer intento serio por comenzar a escribir mi tesis de licenciatura. Pero terminé desechándolos, no recuerdo por qué razón. Tal vez ahora alguien saque algún provecho de ellos.)

lunes, 29 de noviembre de 2010

Esta noche

Contamos, de ordinario, lo que soñamos la noche anterior. ¿Por qué no contar lo que quisiéramos soñar esta noche o la de mañana o cualquiera otra —y recordar siempre?

viernes, 26 de noviembre de 2010

Varia citadina (3)

Dos escenas:

1. El hombre pregunta a la mujer joven si el metro lleva dirección Tacubaya. Dos veces. La mujer joven retira uno de sus audífonos, mira al hombre durante un instante con atención y con extrañeza. Mira a su alrededor, alza los ojos, busca esos carteles que algunos trenes llevan pegados arriba de las ventilas. Responde, titubeando, que sí, que ella cree o supone que la dirección del tren sí es Tacubaya.

Miro a ambos. Los escucho. Me sorprende la respuesta. Me sorprende que alguien se encuentre arriba de un vagón del metro sin saber la dirección que éste lleva. Me sorprende que alguien, para responder qué dirección lleva el tren en donde viaja, necesite buscar las señales o los letreros que indiquen dicha dirección.  Es como si para tocar mi pierna izquierda necesitara mirar primero dónde está mi pierna izquierda. Una función cerebral básica.


2. Un hombre, en la fila del autobús, me pregunta si esos son los que van a Bosques. Le digo que sí, que esos son, que esta es la fila, que recién salió uno. Comienza a hablar, a contarme las dificultades que tuvo para encontrarlos, a quejarse porque lleva quince minutos dando de vueltas, porque tiene que estar a la una. Contesto vagamente, fingiendo interés y educación.  Me doy cuenta de que, aunque de buen humor, no tengo muchas ganas de platicar con alguien y quizá por eso, sin darme cuenta, hasta ese momento he sido un interlocutor más bien pasivo, que contesta por reflejo, sólo si el otro dice algo. Me incomoda un poco esta suposición. Me revuelvo contra ella. Pienso que puedo aconsejarle algo que le evite tantos contratiempos en otro momento similar. Tomo la iniciativa. Le digo, sin que medie pregunta suya, cuál es la salida del metro más cercana a esos autobuses. No sé si me escucha ni si le importa lo que digo. Un poco para forzar su atención y su respuesta remato mi consejo con una acotación: Si viene en metro, claro. Sí, sí, dice él, apresurado, mecánicamente. Los dos callamos. Dos o tres minutos. Mira hacia el frente. Me pregunta si ese es el mercado Cartagena. Le digo que sí. O era, continúo, porque ya casi está vacío. Sí, bueno, Para la próxima preguntar nada más dónde está el mercado. Sí, Más fácil así.

[me quedo pensando por qué le dije eso, por qué aclaré el estado actual del mercado si, estrictamente, es una información superflua, innecesaria e incluso errónea como respuesta a la pregunta "¿Ese es el mercado Cartagena?", pienso en el aura de dignidad que para mí rodea ese nombre, pienso en recuerdos que no son míos sino de mis padres, pienso que eso está en el fondo de mi respuesta, pienso que esa es la razón de mi torpeza al momento de mantener una plática incidental: tiendo a responder enigmática o torcidamente porque considero a priori que la gente con quien platico también sabe o conoce o comparte las circunstancias lingüísticas que ornamentan algunas de mis palabras]

jueves, 25 de noviembre de 2010

La verdadera violencia


Hace dos o tres años, más o menos por la época en que los levantados y los decapitados y los ejecutados y los encobijados y los encajuelados y los muertos con tiro de gracia y los cuernos de chivo y el fusil M-15 y el AR-15 y las granadas de fragmentación y los casquillos percutidos y los narcomensajes y las narcomantas y las narcofosas y los narcotúneles y las narcofiestas y la Miss Narco y los Elizalde y las matanzas por decenas y los cuerpos calcinados y los cuerpos disueltos en ácido y los cuerpos desmembrados y los cuerpos mutilados y los cuerpos vejados y los capos y los sicarios y los pozoleros y y los alias y las orejas y los halcones y los zetas y los pelones y la familia y la extorsión y los ajustes de cuentas y los retenes y el fuego cruzado y las acciones de inteligencia y los operativos quirúrgicos y las detenciones y la guerra que vamos ganando aunque no lo parezca se convirtieron en motivos cotidianos de los informativos nacionales, yo también, un cualquiera, un don nadie, quedé contagiado por cierto miedo, zozobra o simple y vana preocupación por el estado del país, por esa agonía que ya entonces me parecía irreversible o al menos difícilmente remontable. Yo también me lamentaba ante las malas noticias. Yo también suponía que éstas no podían ser peores. Yo también me asombraba de que al día siguiente quedaran superados los límites del horror y la crueldad trazados apenas el día anterior. Y también, al final (o en un momento que marqué arbitraria e irracionalmente como final), dejé de lamentarme, de suponer y de asombrarme. En lugar de «esa lasitud teñida de asombro» de la que habla Camus y que todo lo perturba comenzando por la raíz misma de la existencia, quedó más bien una perversa lasitud teñida de costumbre, una suerte de pasividad airada quién sabe si auténtica, si autoimpuesta, si implantada taimadamente desde el exterior a través de argumentos falaces y ventajosos.

Tan timorata reacción obedeció, claro, a ciertas causas previsibles que vale menos la pena enumerar que concentrarlas y caracterizarlas por el tipo de violencia que representan, una violencia armada, brutal, desmedida —violencia frente a la cual, pensé entonces y pienso ahora, la única fuerza oponible es la del Estado, la de la autoridad, la de la Ley. Sin embargo, en el fondo hubo otra circunstancia que me permitió por momentos tender el manto de la indiferencia sobre toda esa podredumbre. Como habitante del DF, nunca había estado en medio de una balacera ni se había descubierto, a la vuelta de mi hogar, un cadáver sometido a los signos del narcotráfico. Sólo por mi situación geográfica concluí, cínicamente, que ese rasgo aborrecible del país en realidad no me afectaba. No sé o no quiero confesar si creí dicha tontería. Tal vez no, tal vez por un tiempo, tal vez siempre que el país se conmociona por una mala nueva yo me aferro un poco más a ese tibio clavo.

Sea como fuere, pronto entendí la nula importancia de que ese tipo de violencia distara o no cientos de kilómetros de mi entorno más cotidiano. Por su naturaleza misma (tan ubicua, tan sutil a veces como manifiesta en otras, tan parecida a la naturaleza del poder), sufría sin duda otro tipo de violencia a la que, sin advertirlo, me había acostumbrado. Violencia menos evidente quizá, pero igual de intolerable y más bien germinal.

Esa violencia persistente, mínima, que rige buena parte de las relaciones incidentales aunque necesarias dentro de esta ciudad y que nace de la nula consideración hacia el otro, de esa certeza arraigada, incuestionable, de que el otro existe y es real pero o es un autómata o un ser sin alma o, más llanamente, se le anticipa al menos una de dos inferioridades: la idiotez o la cobardía. Se le desprecia en cualquiera de los casos.

¿Las pruebas? El chicle todavía babeante arrojado a la vía pública. La música del vecino o del conductor de transporte público que escuchan los vecinos de los vecinos del vecino o los pasajeros de otro autobús. El claxonazo del impotente. Los gerentes y encargados de un establecimiento cualquiera que autorizan tremendas bocinas a la entrada de su local creyéndolas luz que atraerá polillas. Los espacios reservados para el anciano, el discapacitado o la embarazada ocupados de vez en vez por el anciano, el discapacitado o la embarazada. El automovilista embotellado. La bolsa de basura arrinconada a la mitad de una calle poco transitada. Ese otro impotente que para lavar una afrenta amenaza con llamar a su primo o a su amigo o a su pariente que "es judicial". El sindicalizado que se cree o se sabe dueño no sólo de la plaza que ocupa sino del lugar donde labora. O, para rematar, esa sustitución de la civilizada costumbre de escuchar música sirviéndose de un par de audífonos por el incipiente hábito de utilizar el altavoz integrado a teléfonos celulares y ciertos dispositivos de reproducción musical.

Conforta que estas conductas, violentas a su manera, podrían menguar hasta desaparecer por la sola voluntad de sus practicantes. Decepciona que todo eso permanecerá. Entristece que la ciudad cada día se vuelva un poco más insoportable, un poco más infernal.

 «¡Costumbre, celestina mañosa, sí, pero que trabaja muy despacio y que empieza por dejar padecer a nuestro ánimo durante semanas enteras en una instalación precaria; pero que, con todo y con eso, nos llena de alegría al verla llegar, porque sin ella, y reducida a sus propias fuerzas, el alma nunca lograría hacer habitable morada alguna!» (Proust, Por el camino de Swann, traducción de Pedro Salinas)


***

(publicado antes en pijamasurf, ligeramente distinto)


domingo, 21 de noviembre de 2010

Anoche o de madrugada


Anoche o de madrugada tuve este sueño: en una calle de una ciudad imaginaria, teatral, me encontraba de frente, pero no tan cerca, con un hombre de fedora y abrigo negros, camisa blanca, el típico mafioso neoyorquino de los veintes. Al verlo, sentí el impulso o el deber de volverme y alejarme o huir. Sabía que cargaba conmigo un objeto que el hombre no debía ver ni saber siquiera que yo tenía en ese momento. No recuerdo bien si yo sabía entonces qué era dicho objeto o si sólo después, al querer guardarlo y esconderlo, supe qué era lo que debía guardar o esconder. Caminaba, pero no veía por dónde. Llegaba de pronto a una biblioteca o a un lugar que yo sabía tal y del cual sabía también que ya conocía, que antes de ese momento hubo una época en que lo había frecuentado, También en sueño o En otros sueños, decía o mi yo del sueño o yo para mi yo del sueño. La biblioteca parecía más bien, por sus dimensiones y su nulo cuidado, una gran bodega, inmensa, polvosa, olvidada, como situada en una zona marginal de la ciudad [semejante, pienso ahora, a ese edificio vacío, ruinoso, de una sola nave, en Synecdoche, New York, o a la de esos supermercados que en Navidad es habilitada como juguetería]. Lo mismo los anaqueles, que llegaban hasta el techo y cuya extensión lateral era imposible comprender de un solo vistazo, y que contenían libros también empolvados, quizá antiguos, de lomos de piel gastada y títulos en letras doradas, borrosos e ilegibles. Entraba. Y de nuevo tenía la sensación o la certeza de que ya conocía el lugar, de que en otra época había soñado otros sueños en ese lugar o, mejor dicho, había soñado un solo sueño recurrentemente, uno que involucraba ese lugar: dentro de la biblioteca, me dirigía siempre hacia un anaquel en donde había una gaveta o un compartimento con cerradura, en el que siempre guardaba algo [algo que en ese momento no me preocupaba por precisar]. Siempre también sabía el camino exacto para llegar a ese anaquel y a esa gaveta: debía caminar hasta un pasillo ancho, uno que yo clasificaba como “de los principales”, recorrerlo [¿hacia atrás? ¿hacia el fondo de la biblioteca?] y pasados dos pasillos perpendiculares menores, doblar a la derecha. Encontraba entonces el cajón, ni disimulado ni oculto; por el contrario, situado a media altura, se mostraba directo, a flor del estante, lo cual, por otra parte, no me importaba. Pensaba que por las dimensiones de la biblioteca nadie o casi nadie descubriría nunca ese lugar, permaneciendo así ignorada para siempre la existencia del cajón, eso sin contar que sólo yo poseía la llave que abría su cerradura; suponía también que a nadie le parecería extraño un cajón con cerradura enclavado en un estante de biblioteca. Pero todo esto pertenecía a ese otro sueño soñado antaño, recordado en ese momento para recordar también cómo llegar otra vez a la gaveta. Ahora, sin embargo, no encontraba el camino que en ese otro sueño conocía sobradamente. Caminaba entre los pasillos sin nunca arribar al correcto, al previsto, al necesario. Finalmente pedía ayuda a una mujer. No sé o recuerdo cómo me dirigía a ella, tampoco recuerdo su respuesta. Al instante siguiente ella caminaba y yo la seguía. Creo que al caminar pasábamos por la gaveta sin detenernos. Aunque yo la reconocía de costado, tampoco intenté decir o hacer algo, no me detuve y quizá ni siquiera me inquieté. Quizá yo también pasé de largo porque entonces me daba cuenta de que ya no tenía conmigo eso que debía guardar o ocultar, que en algún momento, quizá al acercarme a la mujer para pedir que me indicara el pasillo que buscaba, ella me había preguntado a su vez para qué quería llegar ahí, y quizá yo había respondido con palabras que para guardar esto, alzando al mismo tiempo la mano derecha y sugiriéndole con un gesto que mirara lo que tenía entre los dedos pulgar e índice casi pegados, algo que yo veía también por vez primera aunque sabía desde el inicio del sueño que traía conmigo, un libro, un libro diminuto, minúsculo, del tamaño de una pizca de sal, el cual, a pesar de su tamaño, abrí y creí incluso leer algunas líneas, en ese momento, constataba entonces al pasar cerca de la gaveta sin rechistar ni detenerme, al preguntarme ella y responder yo, le había entregado el libro, quizá sin que ella me lo pidiera, quizá confiando o suponiendo, tácitamente, en que ella lo llevaría a la gaveta o simplemente lo pondría en su lugar. Pasaba entonces por el anaquel y la gaveta y tal vez advertía también por qué no había podido encontrarlos antes: porque uno de los pasillos principales, el más cercano al anaquel de la gaveta, parecía más estrecho en comparación al que yo recordaba de mi sueño anterior; ahora, aunque todavía era perpendicular a los pasillos menores, parecía uno de éstos, de ahí mi confusión y mi incapacidad para llegar por mí mismo al anaquel que buscaba. La mujer caminó todavía otro poco, pero pronto se detuvo, subió por una escalera de mano, de aluminio, y colgó el libro de un gancho largo anclado a la pared, en la última de las hileras, al lado de cientos de coches de juguete empaquetados en azul, como los Hot Wheels.  No sé si en este momento o antes advertía su uniforme como de empleada de supermercado. Yo, que me había retrasado por pararme a pensar en todo esto,  la veía situado varios metros detrás, separado por un pasillo más ancho que cualquiera, quizá desde el borde de la biblioteca, ahí donde terminaban los estantes y comenzaba otra zona, destinada a otras funciones. Veía cómo colgaba el libro, ahora empaquetado también en azul, y cómo el libro se sumía entre los otros objetos, se mimetizaba, se confundía, cómo de pronto se perdía para siempre a la mitad o al fondo del gancho que lo sostenía del empaque. Creo que entonces, quién sabe si cabizbajo o descompuesto, me encaminé hacia la salida de la biblioteca, una salida también inmensa, rematada por un arco cuya amplitud resaltaba y se hacía más clara por la intensa luz del exterior. Casi al salir me cruzaba con un exhibidor de madera, parecido a esos donde se venden libros dentro de las estaciones del metro. Al pie de éste había un estuche de medio metro de alto, abierto por la mitad, de dos o tres estantes paralelos en su interior, cada uno soportando las piezas de ajedrez más grandes que había visto nunca. Veía uno o dos peones blancos, de contornos perfectamente redondeados, y una torre negra. Pensaba en el tamaño del tablero necesario para esas piezas [pero no consideraba entonces que, como usualmente sucede, el estuche podía ser también el tablero]. Pensaba en un ajedrez minúsculo, tal vez también del tamaño de mi mano, que sostenía repentina e inexplicablemente en mi palma, y lo comparaba con ese que vendían a la salida de la biblioteca. Pero tal vez yo no tenía ninguno. Tal vez yo sólo admiraba, embelesado, uno de esos dos juegos de ajedrez ahí exhibidos.

lunes, 15 de noviembre de 2010

«Detente, sombra de mi bien esquivo»


Leí este soneto en una compilación de los de Sor Juana publicada por la editorial Verdehalago. Lo leí de corrido, como malamente suelen leerse los sonetos, cuya engañosa brevedad hace creer al lector que para comprenderlo en su totalidad bastan los quince o veinte segundos que le toma recorrer los catorce endecasílabos, dejando de notar que, al menos en el caso de los sonetos barrocos, se encuentra en posesión de un rompecabezas estético, de un enigma que al descifrarse retribuye con placer intelectual los recursos empleados en su resolución.

Sin embargo, ya en esa primera y defectuosa lectura quedé fascinado por el poema, sobre todo por esa obligación que se impuso Sor Juana de fijar en cada uno de los primeros cinco versos sendas imágenes que tienen en común, todas, aludir a una presencia fugaz como metáfora del amado que ya sólo vive en la mente de la amante.

(Al amado a su vez se le metaforiza bajo los términos «bien esquivo» en el primer verso y «hechizo» en el segundo, y se le reduce metonímicamente al agraciado en el quinto, el «lisonjero» del séptimo y el «fugitivo» —como adjetivo, no como sustantivo— del octavo.)

Ese amado es ya sombra, imagen, ilusión, ficción y, para el inicio del segundo cuarteto, imán, acaso el elemento fantasmal más hermosamente acertado de todos, uno en cierta forma previsto por el lector y al cual arriba por inercia poética. ¿Qué ha sido el imán, en el imaginario primitivo, elemental, acaso también infantil, sino una fuerza misteriosa, invisible, que atrae para sí objetos sin que nadie atine a explicar la fuente de dicha atracción? Desde Las mil y una noches hasta Cien años de soledad, la piedra imán recorre la literatura como motivo de asombro, como sugerencia de magia, como símbolo de esa energía mundana ante la cual el hombre debe someter su voluntad y su comprensión sin esperar nunca que el fenómeno le sea explicado satisfactoriamente. Y quién, al decir todo esto, no pensará que la comparación entre el imán y el amor resulta obvia, incuestionable, admisible lo mismo para la retórica que para la realidad del enamoramiento.

El soneto concluye con orgullo, con una declaración que quizá hoy, pobremente, llamaríamos de autosuficiencia, pero que va más allá de ese lugar común aunque al mismo tiempo sea también patética, elaborada en torno a la certeza de que en el amor la correspondencia no sólo no es indispensable para que éste exista, sino que incluso podría decirse que al amante, en un instante de lucidez, dicha condición se le revela superflua, banal, innecesaria: «poco importa burlar brazos y pecho / si te labra prisión mi fantasía».

Žižek ha explicado esto último de forma más prosaica sirviéndose del planteamiento que Lacan desarrolló a lo largo de su seminario dedicado a la transferencia: «¿En qué consiste el señuelo del amor? Cuando estoy enamorado, amo a alguien a causa del objeto a en él, a causa de lo que “en él [es] más que él mismo”, en síntesis, el objeto del amor no puede darme lo que demando de él ya que no lo posee, dado que, en lo más íntimo, se trata de un exceso. Lo que define al amor es esta discordancia o brecha básica (elaborada por Lacan a propósito de la relación de Alcibíades con Sócrates en el Banquete de Platón): el amador [erastés] busca en el amado [éromenos] lo que a él le falta, pero, como lo expresa Lacan, “lo que a uno le falta no es lo que está escondido dentro del otro” —de este modo, lo único que le queda por hacer al amado es realizar una especie de intercambio de lugares, cambiar de objeto a sujeto del amor, en síntesis: devolver amor».

viernes, 12 de noviembre de 2010

Un día como hoy nació Sor Juana

Detente, sombra de mi bien esquivo,
imagen del hechizo que más quiero,
bella ilusión por quien alegre muero,
dulce ficción por quien penosa vivo.

Si al imán de tus gracias atractivo
sirve mi pecho de obediente acero,
¿para qué me enamoras lisonjero,
si has de burlarme luego fugitivo?

Mas blasonar no puedes satisfecho
de que triunfa de mí tu tiranía;
que aunque dejas burlado el lazo estrecho

que tu forma fantástica ceñía,
poco importa burlar brazos y pecho
si te labra prisión mi fantasía.

lunes, 8 de noviembre de 2010

Los olvidados, otra vez

Hoy vi Los olvidados, en el cine. Vi también el final alternativo, que quizá ya había visto. Al salir pensé en uno de los aforismos de Kafka, quizá el número 52, aquel que dice “En el combate entre tú y el mundo, secunda al mundo”. Pensé que cuando lo leí (y lo cité) por vez primera, no lo comprendía del todo, yo que entonces sentía que algo en mí podía comprender a Kafka, yo que entonces me preguntaba por qué Kafka aconsejaba ponerse del lado del mundo, si el mundo es eso que repele, eso de lo cual hay que huir y ocultarse y refugiarse, eso que hay que combatir siempre, yo que me sentía frustrado, idiota, por no encontrar la puerta de entrada de ese “secunda al mundo”. Ahora, sin embargo, al ver ese otro final, creo que comprendí un poco mejor el imperativo. Vi cómo El Jaibo muere y Pedro recupera el dinero para regresar con él a la escuela-granja y reivindicarse con el director de ésta y también consigo mismo. Vi el final feliz, en el cual las cosas se solucionan de la mejor manera posible, la del máximo grado de felicidad permitido para esa situación, para esas circunstancias. Y pensé que quizá Buñuel (“el único que no mira a la cámara en la fotografía final del rodaje, acaso avergonzado de haber cedido ante la censura”, según dice la voz en off de la breve introducción que antecedió a la película) sabía que las cosas nunca terminan así. No terminan nunca como uno espera o quiere o desea (porque, quizá, uno siempre espera o quiere o desea lo que cree mejor). En el dilema entre las previsiones personales y la respuesta real del mundo, casi siempre prevalece el mundo, casi siempre el mundo ahoga con su realidad el débil cuerpo de la esperanza personal.

«En el combate entre tú y el mundo, secunda al mundo»

sábado, 25 de septiembre de 2010

Ya recordé por qué no leo La Jornada

Los cien años de la UNAM

La cúpula universitaria siguió de manteles largos
Honoris causa para quienes abren las puertas del siglo XXI

Blanche Petrich

Periódico La Jornada
Viernes 24 de septiembre de 2010, p. 4

Honoris causa, latinajo [esos desplantes sibaritas aquí no, no en éste que es un periódico del pueblo y para el pueblo, ese pueblo homogéneo, bondadoso, fiel, humilde, esperanzado, sediento de conocimiento, hambriento de cultura, alevosamente privado de información, el pueblo que existe en la cabeza de los compañeros que hacemos este rotativo] que no tiene que ver tanto con grados sino con significados académicos. Honrar a quien honor merece. Ayer, en conmemoración de su tránsito de un siglo a otro, la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) otorgó birrete, toga y grado de doctor –símbolos de pertenencia a la UNAM, nada menos, nada más [non plus ultra diría, pero mis dogmas no me lo permiten]– a 16 pensadores que en diversas vías del conocimiento enriquecieron el siglo XX y abren puertas y construyen puentes para el XXI. Nuestro huracanado siglo. [porque eso de convulsionado ya es lugar común, ya cualquiera lo dice: hay que innovar]

Fue en el Palacio de Minería. Dieciséis nombres. Las piedras y las palabras. Las estrellas y las monedas. Las ideas y el cuerpo humano. Aportaciones en la ingeniería y el arte, la arqueología y la comunicación, la medicina y las letras, la sociedad y la ciencia, a las generaciones que transitan del hoy al mañana y dejan un legado de obras y tratados, edificaciones y pensamientos. [una muestra de talento poético, porque también es posible en el periodismo, pero de poesía con los pies en la tierra]

Faltaron dos togas, que si no hubieran sido 16 [¿aritmética elemental?]. Carlos Monsiváis, pensador y escritor mexicano, el Monsi ajonjolí de todos los moles de la sociedad civil, el de la Portales post mother-na [pero afortunadamente muerto y ya de todos, de quien quiera]. Murió, por eso dejó su silla vacía [por eso, no por otra cosa]. Y Simone Veil, la feminista francesa, ya octagenaria, que lleva tatuado en el brazo el número 78651, su identidad como cautiva de los nazis en Auschwitz; una de las primeras científicas occidentales abanderadas de la causa contra el sida en África [vean y aprendan: así se complica macarrónica e innecesariamente una oración], que hoy no pudo estar aquí. [que si no, con toda seguridad la veríamos dando maromas nomás por el puritito gusto de ser honrada con tan honroso y honrado honor]

La elección por el Consejo Universitario de los honoris causa para este 2010, piedra de toque de centenarios y bicentenarios [¿piedra de toque?], hubo de tomar en cuenta una idea que ya hace un siglo imprimió el primer rector, Justo Sierra, y hoy retoma el actual rector José Narro, en torno al compromiso de la UNAM con su tiempo y su gente.

A Grosso modo (ya que le entramos a los latinajos) [pero lo uso mal, con una horrible preposición antecediéndole, con esa horrible g mayúscula, para que se note que si bien flaqueé y caí en la tentación de elevarme por encima de la medianía, de descollar de entre el pueblo y sus lectores que guardan celosamente el verdadero conocimiento, la cultura que de veras vale, hago de todos modos evidente que no sé usar esos términos burgueses, que no soy muy distinta de ustedes, pueblo] se resume así: a la hora de la toma de Constantinopla, el mundo que se derrumba alrededor nuestro no sorprenderá a sus universitarios [¿los de Constantinopla? ¿o los del mundo que se derrumba?] con los ojos pegados al telescopio o el microscopio [ni siquiera si ese es su trabajo; porque, bien lo sabemos, la realidad auténtica está allá afuera, no en esos recintos cómodos y ofensivamente inútiles que son los laboratorios, los cubículos, las bibliotecas] sino más bien "atentos a los asuntos que preocupan a los mexicanos". Esto fue, en palabras de Narro, la ceremonia de ayer [y no esa fantasía pseudo apocalíptica puesta aquí porque se me ocurrió y porque me quedó bonita].

Uno por uno, los ungidos [de esta aristocracia o de esta iglesia] pasaron al frente para que el rector los invistiera con una especie de capita de terciopelo [una fruslería, un capricho anacrónico] hasta el codo y un gorro cilíndrico adornado con cordoncillos dorados y pompones de diversos colores, vestimentas protocolarias que se han usado sin interrupción desde hace ya 800 años, costumbre heredada –dicen los que saben [y dirán los que no saben]– de la antigua universidad de Salamanca.

El argentino Vitelmo Bertero, que inspirado por los daños provocados por el sismo en San Juan, región andina, en 1944, dedicó su conocimiento a desarrollar construcciones antisísmicas que hoy en todo el mundo "salvan vidas y protegen ciudades".

El estadunidense Noam Chomsky, que revolucionó el campo de la lingüística clásica, según la cual el cerebro humano aprende el lenguaje casi instintivamente; militante. [¿Y este adjetivo? ¿Qué hace aquí soltado en medio de la nada? Tan náufrago el pobre, pero eso sí, tan digno, tan congruente, tan laudable]

Tres espléndidas mujeres creadoras del saber, desde la Mosquitía nicaragüense hasta los barrios de El Cairo, pasando, por supuesto [¡por supuesto!], por la UNAM. Una, Mirna Cunningham, originaria de Waspa, en el delta de la costa atlántica nicaragüense, forjadora de un cuerpo de ideas contra el racismo, médica, educadora, ex combatiente sandinista. Dos, la egipcia audaz Nawal El Saadawi, feminista del mundo islámico, siquiatra, ex presa política, peligro público para las clases gobernantes teocráticas. Su lema: "El sueño es poder". Tres, la filóloga mexicana Margit Frenk Freund, de origen alemán, enamorada y transmisora de las luces del Medioevo popular español.

Algunos doctorados pertenecen no sólo a la academia sino al mundo político, [porque no hay mundo político en la academia] como el economista mexicano David Ibarra, crítico del neoliberalismo mexicano de las tres décadas pasadas, y el español Ángel Gabilondo, ministro de Educación de España, filósofo [¿quedó claro por qué estas dos personalidad pertenecen al mundo político y no sólo a la academia?] . A él le tocó el discurso protocolario.

Habló de la congruencia, del logos, el compromiso con el decir verdadero, un denominador común que se encuentra en los académicos investidos de hoy y que "no encuentro fácilmente en otros lugares". [después dijo esto otro, «Los siento vinculados a una ascesis y a una soledad, a un retiro de los lugares cómodos y comunes que adopta la forma, no de un aislamiento, sino de una solidaridad.», pero eso no suena tan acá, tan congruente, como aquello del "decir verdadero"]

Además, el rector impuso el grado a la arqueóloga Linda Manzanilla, estudiosa de los orígenes de las ciudades, desde Mesopotamia hasta Teotihuacán. A Fernando Ortiz Monasterio, bisturí creador de un semillero de cirujanos plásticos universales [su mayor mérito]. A José Emilio Pacheco, puente para que los jóvenes de hoy transiten hacia la poesía y la literatura [la verdad es ingeniero, no poeta ni prosista, y toda su obra admite sin reparos la identificación con un puente]. Al astrofísico Luis Felipe Rodríguez Jorge, hombre que se relaciona, de tú a tú, con las estrellas de la Vía Láctea. [¿Cómo le hace para relacionarse de tú a tú con todas las estrellas de la Vía Láctea? Ni yo lo sé, pero seguro por eso le dieron el honoris]

Federico Silva, un cincel que moldea la piedra volcánica e incursiona con la tecnología de punta para dominar el espacio. Mario Vargas Llosa, el peruano que ha arrojado a millones a la fascinación por la lectura desde los 60 (La ciudad y los perros) hasta best sellers [porque también me sé algunos anglicismos] de los años recientes que no necesitan presentación. [pero no porque evito nombrarlos se diga que no los conozco] [además, mira qué chulada de período acabo de acuñar para los estudiosos de la literatura latinoamericana: «desde los 60 hasta best sellers de los años recientes». No de los 60 a los 90, o de los 60 a los primeros años del siglo XXI. Nada de eso. De los 60 a los best sellers.]

El filósofo Ramón Xirau, republicano y catalán, que merecía hace décadas este doctorado, calificado por Octavio Paz [¿el doctorado?] de "hombre puente", puerta de entrada [¡Oh que la... ! ¿No que puente?] de muchos jóvenes a las artes de Sofía. [también sé de etimologías; espero que el público, conocedor como es, sepa apreciar este guiño cultural pero nunca pedantemente erudito]

Fin de la ceremonia. La orquesta y el coro de cámara de la Escuela Nacional de Música entonan el himno Gaudeamos igintur [¿otro latinajo? No, por favor]. Suena solemne pero no lo es [no, claro que no, Borges, ese gentilhombre, estaba equivocadísimo al decir que «el latín tiene una dignidad singular a la que aspiran todos los idiomas que vinieron»]. Es el equivalente al "gooooyaa" [así, con... unados... cuatro os y dos as, el goya estándar, el auténtico, el de los verdaderos unamitas, esos dignos ejecutores], del desmadre universitario universal (valga la redundancia) [o la cacofónica aliteración, que al fin y al cabo todo es lo mismo] que entonaban, inspirados por muchos tarros de cerveza [me consta], los estudiantes de la sociedad del conocimiento [porque también leo teoría] en la Alemania medieval [se equivocan quienes datan su origen en el romántico siglo XVIII; una época en la que, por otra parte, ya había universidades en algún lugar de ese territorio que ahora conocemos como Alemania]: "Alegrémonos, pues, mientras seamos jóvenes. Tras la divertida juventud, tras la molesta senectud, nos recibirá la tierra".

La cúpula universitaria siguió de manteles largos. Banquete en la antigua Facultad de Medicina, en Santo Domingo. En CU, las prepas y cchs, los institutos y demás centros del saber puma, mientras tanto, para la infantería de [este ejército del conocimiento mejor conocido como] la comunidad universitaria hubo clases, horarios, exámenes, chequeo de tarjetas, calificaciones, rutina. El cumpleaños centenario lo celebran otros. [indignos: qué serían sin la infantería, sin las bases, sin esa parte honestamente privilegiada del pueblo que es la comunidad universitaria]

lunes, 13 de septiembre de 2010

Leer, estos días



«Ah, me encanta llegar al twitter y leerlo como antes leía el periódico o veía la tele.»



La lectura no ha sido siempre la misma, pero sus cambios parecen tan pocos y tan paulatinos que tendemos a obviarlos o desconocerlos. Dos o tres son sus transformaciones importantes: de leer oral y grupalmente se pasó, más o menos en el siglo XV, a leer silenciosa y solitariamente; entre el XVIII y el XIX dejó de releerse un puñado de textos clásicos para comenzar a leer compulsivamente y en serie los muchos libros que por entonces se daban a la imprenta. De esos cambios resulta nuestra lectura actual: leemos solos y en silencio y casi no releemos los libros que leemos. Pero seguimos compartiendo lecturas y de vez en cuando tomamos de nuevo un libro ya leído para releerlo completamente o sólo algunas de sus partes.

Esta historia también pocos la protagonizan. El autor y el lector son, de ordinario, los más importantes (aunque el grado de su importancia no ha sido siempre el mismo). Menos atención recibe alguien que por comodidad personificaré como el impresor, en quien convergen todas las preocupaciones materiales en torno a los libros. Pero quizá esta no sea la mejor forma de presentarlo. Quizá sería mejor decir que el tercer elemento de esta obra es, como el escenario, la parte material y espacial donde se representa y que, en el caso de la lectura, podría identificarse con los medios que hacen la lectura posible: el papel, la tinta, la imprenta (o sus equivalentes históricos).

Pero eso fue hace siglos. La lectura ha cambiado o, mejor dicho, está cambiando: los autores, los lectores, los mediadores entre ambos. El autor, esa difícil noción moderna, pierde cada vez más la verticalidad que lo caracterizaba desde Montaigne, ha ganado en ubicuidad, pero conserva e incluso ha exaltado su ligazón indefectible al yo. ¿Lectores como Nabokov? Nunca fueron muchos, pero quizá ahora sean todavía menos: «A good reader, a major reader, an active and creative reader is a rereader» (Lectures on Literature), pero también puede ser que la literatura que se hace en nuestros días, la literatura que cabe en los 140 caracteres de un tuit o en el post de un blog, requiera lectores distintos a Nabokov —o quizá no. Finalmente, los medios están cambiando. Como antes con la memoria y la imprenta, ahora la lectura parece atravesar una revolución gracias a la tecnología originada en la computación. Es muy probable que sigamos leyendo a solas y en silencio, quizá seguiremos compartiendo a destiempo los hallazgos de nuestras lecturas, pero el hecho de leer, la forma en que lo hacemos, nuestros hábitos y prácticas y manías, es lo que pienso que está cambiando.

Quizá el lector contemporáneo sea más impaciente, más reacio a leer demasiadas palabras y todas con cuidado. Quizá sea excesivamente selectivo, aunque no siempre seleccione lo mejor. Si es creativo o inteligente, ¿cómo saberlo? Eso depende de sus lecturas previas. Un tuit puede llevarlo a pensar en un poema leído hace mucho tiempo, en el diálogo entre dos personajes de una novela, en un cuento de Arreola. También es seducido rápidamente por el efecto inmediato: un juego de palabras corto, eficaz, sencillamente gracioso; una frase de voluntad poética anclada en imágenes asequibles; otra que parodia algo demasiado conocido (la noticia del día, el eslogan más repetido, el error del famoso: la actualidad). En esos tres ejemplos una constante: las figuras retóricas de repetición y de trasposición. Por último aventuro que a este lector nuestro de cada día le importa poco o nada recordar lo que ha leído. Pero tampoco escasean las muestras de otro tipo a disposición de los lectores, esas que pueden caber en las anteriores clasificaciones, pero que también ofrecen una ganancia inesperada al lector, la que da el ingenio y la inteligencia.

¿Los riesgos? La confusión entre lectura y consumo. La dependencia enfermiza hacia el autor (paralelamente, el miedo incurable del lector sobre si su lectura es o no correcta). Ese raro narcisismo colectivo. Perseverar en la creencia de que la literatura sólo es Cervantes o Shakespeare o que sólo está entre las tapas de los libros o que leer a cualquier aforista célebre (Kraus, Lichtenberg, Gómez de la Serna) no es equiparable a leer una timeline bien elegida. El encasillamiento en lo breve y fragmentario. La aparente victoria de la ocurrencia, de la banalidad, del desdén, del olvido. El aparente triunfo de la risa y el humor (y el desprecio por todo lo doloroso, lo triste, lo sufriente y también lo aburrido). El asentamiento de la comodidad.

¿Las ventajas? La lectura misma, siempre.


***

Publicado previamente aquí, ligeramente distinto.

lunes, 6 de septiembre de 2010

(sin alusiones personales)



[De vez en cuando me acuerdo de esto, algunas de la nada, otras pocas con motivo manifiesto]




«La amistad resulta interesante y profunda en la juventud. Es evidente que con la edad lo que más se teme es que nuestros amigos nos sobrevivan.»




[Previsiblemente, el libro donde lo leí, Ese maldito yo, fue regalo de un amigo]

martes, 31 de agosto de 2010

Interpretación

Es posible interpretar románticamente una pieza barroca:



Y una romántica, barrocamente:



El primero es un ejemplo de conservadurismo; el segundo, de audacia o de irreverencia.

Pero esto es, también, una interpretación.

martes, 24 de agosto de 2010

Mi firma

Últimamente he padecido algunos disgustos menores a causa de mi firma. Sin mucho ánimo comienzo la edad en que ésta adquiere un grado de relevancia que no tenía antaño. Quizá por eso, porque antes la consideraba poco o nada importante, porque si imaginaba que importaría alguna vez entonces sacaba de debajo de mi manga otra de trazos simples y rápidos susceptible de completarse en dos o tres segundos, debilité mi firma, la oficial: la volví perezosa, de líneas lánguidas y trazos abatidos, como si cada vez que necesitara de ella tuviera que buscarla en el salón de una mansión decimonónica y la encontrara recostada en un diván, siguiendo la caída del sol a través de un ventanal enorme. Esa es mi firma. O era, porque al parecer el mundo se confabula para que la enmiende y la corrija, para que sus trazos (porque son varios: yo actúo y hago las cosas, pero poco a poco y con sus reflexivas pausas) vuelvan a ser firmes, claros, legibles. En fin, para que vuelva a ser la de antes, la de mis dieciocho años, cuando sin saberlo ni temerlo, estampé a la pobre en el reverso de mi credencial de elector, para después mirarla de vez en cuando y olvidarla casi siempre, hasta ahora que, sin quererlo, la necesito, y la miro para recordarla, e intento sentirme como de dieciocho para imitar su figura lo mejor que pueda.

Hoy, por ejemplo, abrí una cuenta de banco. Tuve que firmar un contrato. Firmé. La señorita miró mi firma y respingó todo: desde su nariz hasta su alma. No es la misma firma, me dijo. Sí, es cierto, así firmaba cuando tenía dieciocho, pero sí soy yo. La justificación fue tan tonta que la señorita no la consideró tal, quizá pensó que se trataba de una anécdota o un chiste (mala y malo, también), porque volvió a respingar y me pidió que firmara abajo, fuera de los márgenes del rectángulo en donde quedaría archivada mi firma al lado de la suya. Firmé abajo, previsiblemente echándole un ojo a la de mi credencial de elector. La señorita me miró complacida o, mejor dicho, miró complacida el resultado de mi tarea. Recogió varias hojas de la impresora. Me dio una de ellas. Una idéntica a la que recién había firmado. Caí en la trampa: todo había sido un simulacro, una prueba de que sí podía hacerlo. Es casi la misma, alcancé a musitar, herido por la humillación, deseoso de sacudírmela de encima.


—Sí, pero en ésta ya no se entiende.

—No es que se entienda, es que se parezca. Yo, por ejemplo, no entiendo nada en la suya.

—Porque la mía no dice nada.

—Porque no importa si dice algo. Lo que importa es que se parezca siempre.

—(silencio) [que en mi mente significó: “Sí, cómo quieras”. O “sí, lo que sea”. O “sí, lo que quieras, pero ya firma (termina con eso y cállate)”]


[mi firma consiste en mi nombre casi completo (el último apellido lo abrevio en tres letras) escrito con letra cursiva y rematado con un garabato que sale de la última y única Z e intenta cubrir retroactivamente al resto; ese fue mi error, porque ahora la gente piensa que mi firma es mi nombre y eso, en sentido estricto, no es cierto. Siquiera como una situación hipotética imagino que pude haber elegido ciertos trazos que dieran la idea de las palabras “José Pereda Suárez” o “Enrique Tudor” o, por qué no, “María Estuardo”. La firma es un signo, no una palabra. Un signo que convencionalmente pertenece a una única persona, quien lo ha ideado y lo reproduce siempre que quiera y siempre con mínimas, imperceptibles variaciones. Pero eso no la vuelve, de ningún modo, una palabra que pueda leerse (o corregirse). La firma es un signo que puede identificarse.]


Más tarde pensé en esto. Recordé también que Derrida algo escribió sobre la firma. Quise que la señorita del banco también recordara que Derrida algo escribió al respecto.

miércoles, 18 de agosto de 2010

Paraíso me gustabas



«—¿En qué otro sitio estamos? ¿Crees que la divinidad puede crear otro sitio que no sea el Paraíso? ¿Crees que la Caída es otra cosa que ignorar que estamos en el Paraíso?»



«La expulsión del Paraíso es eterna en su parte principal: entonces, la expulsión del Paraíso es eterna, la vida en el mundo, inevitable; pero la eternidad del suceso hace que a pesar de todo sea posible no sólo que podamos permanecer de manera duradera en el Paraíso, sino que en realidad estemos de manera duradera en él, sin importar si lo sabemos o no.»

Kafka, Aforismo 64


«Fuimos creados para vivir en el Paraíso, el Paraíso estaba destinado a servirnos. Nuestro destino fue modificado; pero nada se ha dicho acerca de que lo mismo haya sucedido con el destino del Paraíso.»

sábado, 14 de agosto de 2010

Originalidad


¿Qué es una idea original? Una que he pensado por mí mismo en el marco de mis límites y cuya expresión roza esos mismos límites.

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Hasta antes del Romanticismo, el lugar privilegiado de la originalidad lo ocupaba la imitación. La originalidad existía, pero en los márgenes, y recibía otro nombre: (in)genio.

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Acaso sería mejor, más admirable, pretender la origenialidad.

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Las mayorías contemporáneas buscan obsesivamente ser originales. Su originalidad, sin embargo, es efímera, subordinada al efecto inmediato y la referencia obvia. Aunque a veces creativa, la suya es una originalidad contenida, limitada, irreflexiva, pendiente de las demandas dominantes.

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Ni autor ni personalidad. La ambición: convertirse en una marca. En el logotipo estilizado al frente de una playera.

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Si la originalidad, con su hálito amargo, no corroe las estructuras, sólo es hipocresía. Pose. [Y aquí originalidad es sucedáneo de vanguardia]

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La originalidad es ante todo una certeza subjetiva, irrenunciable.

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Ser original significa, ante todo, ser crítico —de uno mismo.


martes, 10 de agosto de 2010

"Sátira, el libro cabrón" (Salvador Novo)

Gracias a @Corolarios he conocido una serie de sonetos de Salvador Novo (y unas redondillas dedicadas a Ermilo Abreu Gómez): todos satíricos, todos procaces, todos vulgarmente ingeniosos. El texto de la página que los presenta dice mucho, pero no todo es importante. Mejor habría sido indicar algunos datos mínimos sobre su publicación primera, quiénes son los aludidos y por qué razones, etcétera. Si no existe ya, sin duda estos poemas merecen una mejor edición.

El libro que los reunió se titula Sátira, el libro cabrón y según la base de datos de la UNAM (donde timoratamente tres mojigatos puntos suspensivos reducen su título a Sátira: el libro ca...) fue publicado por la editorial Diana en 1978. Hay otra anterior, de 1970, aparecida bajo el sello de Alberto Dallal que se llama simplemente Sátira. (éstos y otros datos, aquí).

Por lo pronto copio el siguiente, como prueba, como acicate a la curiosidad de quien lea estas pocas líneas. Lo elegí por su inicio tan quevedesco y su final tan gongorino. El resto, acá.

(Pero no todo: éste otro, por ejemplo, no aparece ahí. Ni "La Diegada" completa, dedicada a Rivera, y sobre la que versa este análisis. A fin de cuentas, creo que será mejor encontrar y consultar el libro).


***


Ultrapiojo, archiliendre, multichinche,

bufoncete, soplón, semiladilla,

no hay festival, fiestaza o fiestecilla,

en la que no rebuzne o no relinche.


Puta como la clásica malinche,

actrizuela, metiche, estudiantilla,

con todo el que se deja se atornilla,

le pide un peso y le presta el pinche.


¡Oh, pareja feliz! Este es el cuento:

aliáronse una meretriz y un pillo

(que para todo da el departamento).


Invitáronme a ver El Laborillo:

y en premio a su magnífico talento,

nutridas palmas dióles mi fundillo.


***


(Si la voluntad no me falla, quizá en estos días haga una breve nota para este soneto.)

martes, 27 de julio de 2010

Con suerte, en mi próxima vida no seré yo, seré mi perro


Hace varios siglos tuve, otra vez, veinte años. Esto sería apenas importante de no mediar entre la nula y la poca importancia del hecho una circunstancia extraordinaria, oscilante entre el milagro y la revelación, una que ahora distingue el recuerdo de aquella edad con cierto resplandor jubiloso y nostálgico. Fue sólo hasta los veinte años cuando adquirí una relación más significativa con la música. Antes, claro, la escuché, porque no nací sordo ni impedido para pasar por alto su existencia. Pero el goce que me deparaba era más bien corporal, físico: se trataba de un acercamiento primario y primitivo. Eran los ritmos alegres, incluso los lindantes con el furor, los que me atraían, esos cadenciosos que a cualquiera, supongo, lo llevan a mover el cuerpo: su dedo índice, las plantas de sus pies, el cuello con todo y cabeza, la cabeza con todo y tronco y las cuatro extremidades en el caso de los más desinhibidos. Esa era mi música preferida: la de un niño, la de un púber, la de los adolescentes. Sin embargo, cuando crecí, esta inadvertida e inocente embriaguez juvenil cesó en sus efectos y en su lugar corrió a través de mí algo que sólo hasta ahora me atrevo a llamar humor melancólico. Entonces dejó de importarme paulatina y parcialmente pertenecer a mi tiempo, ser como mis contemporáneos. Visiblemente (para los otros) comencé a apaciguarme. «Pero cuando también aquél se hizo odioso a todos los dioses, por la llanura Aleya iba solo vagando, devorando su ánimo y eludiendo las huellas de las gentes». Intelectualmente (así quiero creerlo), mi vida ganó en inquietud. Pero, ignorante, el único rumbo que atiné a elegir fue el del lugar común, el del cliché que, aunque pretendidamente culto, no por eso revierte su condición. En el caso de la música, volví los oídos y la mente a Chopin, cuyos Nocturnos escuché durante muchos meses en la interpretación de Claudio Arrau y los Preludios en la de Martha Argerich. Tal vez de ese hartazgo provenga mi repulsión actual por la melosa retórica del romanticismo. Después vino Bach y con él, al poquísimo tiempo, Glenn Gould, y a ellos ya nunca los he abandonado. Aunque comencé con las Suites para chelo solo (Rostropovich fue superado en mi predilección por Bruno Cocset y en segundo sitio por Harnoncourt), pronto, gracias a las grabaciones de Glenn Gould, reconocí el encanto inefable que provocan en mí las composiciones de Bach que tienen como protagonista al clavecín —y las cuales, en manos de Gould, se volvían inusitadamente contemporáneas, como si se les hubiera trasladado directamente del siglo XVIII a mis inexpertos oídos del siglo XX. El sonido del piano se extendió a las sonatas y los conciertos de Beethoven y de Mozart, a las transcripciones de Liszt y de Stravinski, al sorprendentemente familiar vacío de Schönberg. Entonces, en un arrebato de frustración y de esperanza, una mañana nubosa, dije para mí estas palabras: espero, en mi siguiente vida, tener algo que ver con la música. Me creí, durante un instante, pianista o compositor o director de orquesta.

Sin embargo, al instante siguiente, esa ilusión se perdió con la misma rapidez con la que el autobús donde viajaba dejaba atrás los edificios y las escuelas y las personas desconocidas. Intuí de pronto y de la nada que la música tal y como la conocía era el resultado de una combinatoria irrepresentable de cuantiosos elementos, algunos obvios y constatables, otros ínfimos, detalles de una miniatura invisibles para la mirada tosca y miope del hombre grosero. Sentí también que yo, escuchando a Bach en mi ipod, formaba parte de esa serie de acontecimientos y omisiones, de aciertos y errores, de palabras dichas y actos ejecutados y despidos y enemistades y favores concedidos o negados, de guerras, dinastías, ejércitos, capitulaciones, de repentinas iluminaciones intelectuales o de inspiraciones caprichosas, de modas, de pelucas, de vestidos, de fervores profesados, de religiones exaltadas, de cortes palaciegas, de creencias abandonadas, de retratos pretendidamente fieles, de pagos recibidos o escamoteados, de viajes y mudanzas, de mujeres e hijos y amores inconfesados, de libros leídos y celebrados o sólo hojeados y desechados, de revueltas populares, máquinas inventadas, funerales, bodas, bautizos, primaveras, ventiscas, nevadas, árboles caídos, ríos desbordados, desayunos y cenas, fastuosos o precarios, discusiones, disputas, putas, peleas, borracheras, de miles de millones de vidas relacionadas entre sí, cruzándose de todas las formas posibles, y todo eso y todo lo que fui incapaz de imaginar y sólo presentí, apareció de repente sobre mis hombros y mis oídos y, en su inmensa magnitud, supe que era inalterable. Concluí entonces en otro instante, quién sabe si de lucidez o de engaño, que la vida no cambia —no puede cambiar—, que una y otra vez viviría mi misma vida (que esta podría ser la segunda o la tercera o la milésima vez que he vivido esta vida y que nunca sabré si es la décima o la vigésima o la primera vez que he vivido esta vida), que volvería a tener veinte años e iría a la universidad en transporte público, sirviéndome de un camión a bordo del cual escucharía a Bach en mi ipod, y que en cierto momento de esa nublada mañana desearía ser pianista en mi próxima vida y de nuevo irrumpiría en la soledad de mi mente esa intuición o ese presentimiento de que la vida no cambia, no puede cambiar, que una y otra vez viviré esta mi misma vida.



jueves, 1 de julio de 2010

Definiciones



Enamorarse Estar al tanto uno del otro Ser como dos astros que inesperadamente han alineado sus órbitas e imprevisiblemente cercanos recorren juntos el universo




Desenamorarse. Ser de nuevo un planeta distinto de otro cualquiera. Volver a la órbita trazada con anterioridad y seguida durante siglos y siglos. Regresar a esa errancia monótona y carente de sentido alrededor de una estrella demasiado conocida a la que me convenzo de pertenecer.



sábado, 26 de junio de 2010

Un pastiche


Anoche tuve un sueño. Caminaba por un pasillo estrecho, alargado y oscuro y escuchaba un murmullo a través de las paredes o de puertas que suponía distanciadas regularmente entre sí a lo largo del pasillo. El rumor era constante, aunque vago y apenas audible. Pensaba que las puertas que seguía sin distinguir daban entrada —pero no salida— a muchas salas idénticas saturadas de la luz opaca que filtraban amplios ventanales. Pensaba en estas salas, pero no las veía, porque yo seguía recorriendo el pasillo. De pronto una voz clara descollaba de entre esta salmodia que comenzaba a angustiarme. Una voz cuyas palabras entendía y hasta escuchaba con mesurado gozo. Una voz afanada en explicar el Polifemo de Góngora. No sé o no recuerdo si la explicación versaba sobre un detalle o sobre generalidades del poema. Recuerdo, sí, que la sola mención de ambos nombres, el de Polifemo y el de Góngora, me hizo intuir o saber dónde me encontraba, a qué lugar pertenecían el pasillo y las salas que me contenían. Estaba en el cielo o en el infierno, y en ningún otro sitio. No sabía con precisión cuál de los dos atravesaba, si los jardines edénicos o las mazmorras abisales, pero sabía que se trataba de uno solo de esos dos. Dueño de esta ambigua certeza, asistía imperturbable y nada sorprendido a la disolución de todo cuanto hasta entonces tuve frente a mí: el pasillo, las paredes, las puertas nunca vistas, las salas imaginadas. Todo, salvo un único elemento: la luz grisácea que había dominado el sueño desde el principio y que ahora llenaba el plano uniforme y vacío en el que yo estaba suspendido. Yo, que todavía estaba ahí, a veces de espaldas a mí mismo (a mí que soñaba este sueño), y a veces como recostado o flotando en medio de un elemento intangible. Extrañamente, la abrupta mudanza no alteró mi ánimo. Creía saber que, pese a la desaparición de todas las cosas, lo esencial del sueño había permanecido —y esa era la fuente de mi tranquilidad. Yo y la luz grisácea. Sin embargo, esta nueva verdad me volvía a sumir en la angustia. Comprendía de pronto que la luz no era luz y que su opacidad revelaba su verdadera naturaleza. Me encontraba dentro de una voz, otra, distinta de la del murmullo y de la que explicaba a Góngora. Una voz que nada había dicho aún. Una voz inmensa, destinada a desbordar cualquier espacio. Una voz que ya me ocultaba a mí y que me había perdido visiblemente dentro de mi propio sueño. Pero esto no merecía importancia, porque la voz hablaba. Como a Salomón, me preguntó qué deseaba más, si sabiduría o riquezas. Sin dudarlo, yo respondía que riquezas, y de inmediato me veía frente al volante de lujosos autos y viviendo en mansiones inabarcables de numerosas estancias y variados muebles. Para mí que estaba en el sueño, ninguna de esas propiedades era ilusoria, todas eran reales y efectivas. Me veía como me veo hoy y pensaba que las había tenido desde mi nacimiento y hasta ese momento presente, que formaban parte de mí y de mi pasado. Pero la voz interrumpía mis dudas y negaciones para lanzar una advertencia o una prohibición, la de nunca revelar el origen de mi fortuna so pena de perderla completamente en un único y fatal instante y ya nunca recordarla o tenerla únicamente bajo la forma de un sueño nunca soñado e imaginado de pronto y de la nada mientras viajo en un vagón del metro, molesto por carecer de la pericia y la rapidez suficientes para ganar un asiento vacío.

lunes, 21 de junio de 2010

Mudó de parecer

Antes, adolescente, pensaba que lo extraño, lo verdaderamente milagroso, eran la felicidad o la alegría, que cualquiera de estas dos, imprevisible e infrecuentemente, sólo perturbaba la norma con su insólita presencia, la firme línea recta trazada por la miseria, la desgracia, el infortunio. Ahora pienso que ambos, tanto la alegría como el dolor, son igualmente extraordinarios. Lo verdaderamente usual es la medianía, la trivialidad, la repetición, el indolente tránsito de lo cotidiano.

miércoles, 16 de junio de 2010

La gente de mi edad

Mucha de la gente de mi edad hace cosas de gente de mi edad. Algunos terminan sus tesis o se titulan. Otros trabajan metódicamente —y les pagan por hacerlo. Otros más siguen estudiando —un posgrado, otra licenciatura.

Ni ellos ni yo salimos en los periódicos ni dicen nuestros nombres en los noticieros. Somos parte de la medianía que hace lo que hace sin que al resto del mundo le importe qué hace —aunque, en cierto sentido, sea muy importante hacerlo.

Pero hay un puñado que sí llama la atención y cuyas identidades y actos son registrados por el ávido público de nuestro tiempo. Las letras de esos nombres son transcritas y repetidas por otras personas que tienen por ocupación transcribirlas y repetirlas porque otras personas a su vez los buscan y los registran y los repiten —y los olvidan al instante siguiente o los recuerdan voluntaria o involuntariamente durante cierto tiempo.

Algunos de esos pocos, como Cristiano Ronaldo o el Niño Torres o Wayne Rooney, son demasiado conocidos y las imágenes de sus rostros y sus cuerpos son reproducidas millones de veces en distintas posiciones y actitudes y con distintas ropas encima. Muchos de esos pocos se ganan la vida de forma convencional, a través de un trabajo simple —aunque exigente. Por el contrario, el resto, el reducido resto de estos pocos, recibe su pago por una labor peculiar y que algo tiene de inexplicable, consistente únicamente en ser quien el mundo espera que sea. Cristiano Ronaldo, el ejemplo antonomástico de estas poquísimas personas, sólo tiene que ser Cristiano Ronaldo para ganar en unas cuantas horas el dinero que muchos de la medianía ganamos en meses y quizá hasta años. Qué cosa más extraña.

Los otros cuyos nombres merecen la luz de la atención pública y que también tienen mi edad y que también salen de sus casas a buscar el dinero que satisfaga sus necesidades (necesarias o no) están asaltando microbuses, o planeando y ejecutando (y a veces malogrando) secuestros, o vendiendo droga, o matando gente a destajo. A veces, cuando la suerte les falla o se revela su parca pericia para la labor elegida, son muertos o prendidos y el reportero que informa sobre lo sucedido anota sus generales y las transmite, primero el nombre, después la edad, de la cual queda resonando en los oídos del auditorio el tono asombrado con el que fue pronunciada, como esperando que en la antesala de la oreja, en su pabellón, las palabras que refieren los hechos cambiaran en la última fracción de segundo antes de ser escuchadas definitivamente y se convirtieran en otros números, que serían más años, y entonces, quizá, la nariz y los pulmones de uno respirarían con un ritmo distinto o soltarían, como dice la frase hecha, un suspiro de alivio o al menos de cierta tranquilidad generacional, porque sólo así quien escucha las noticias se daría cuenta de que la gente se está muriendo, claro, porque hay muertos todos los días y a todas horas, aunque nunca antes, ni en la vida de esta generación ni en la de un par de otras atrás de ésta, se contaran tantos todos los días y a todas horas, pero al menos, decía, si las edades no fueran las que son, habría quien pensara para sus adentros que la gente que se mata y delinque es gente mayor, maleada, como decían sus padres o sus abuelos, que no tuvo de otra, y que a sus treinta o treinta y cinco años, aunque en pleno vigor y sobrado de redaños que mejor se aprovecharían en una fábrica o a la mitad de un sembradío, obligado quizá a mantener quién sabe cuántas bocas, concluyó que el último y ya único medio a su alcance para dar de comer a los suyos era la transgresión y el delito. Pero las cosas no son así y esta no es sino una historia contaminada por cierto romanticismo ramplón originado en las sufridos novelones del diecinueve y asentado por la comunicación masiva del siglo XX, hábil en reproducir modelos culturales sosos y vacíos de significado. Las cosas son, en la realidad, también simples, pero vivas y pestilentes y tozudamente viscerales.

La verdad, sencillamente, es que la gente de mi edad también está muriendo.