viernes, 26 de noviembre de 2010

Varia citadina (3)

Dos escenas:

1. El hombre pregunta a la mujer joven si el metro lleva dirección Tacubaya. Dos veces. La mujer joven retira uno de sus audífonos, mira al hombre durante un instante con atención y con extrañeza. Mira a su alrededor, alza los ojos, busca esos carteles que algunos trenes llevan pegados arriba de las ventilas. Responde, titubeando, que sí, que ella cree o supone que la dirección del tren sí es Tacubaya.

Miro a ambos. Los escucho. Me sorprende la respuesta. Me sorprende que alguien se encuentre arriba de un vagón del metro sin saber la dirección que éste lleva. Me sorprende que alguien, para responder qué dirección lleva el tren en donde viaja, necesite buscar las señales o los letreros que indiquen dicha dirección.  Es como si para tocar mi pierna izquierda necesitara mirar primero dónde está mi pierna izquierda. Una función cerebral básica.


2. Un hombre, en la fila del autobús, me pregunta si esos son los que van a Bosques. Le digo que sí, que esos son, que esta es la fila, que recién salió uno. Comienza a hablar, a contarme las dificultades que tuvo para encontrarlos, a quejarse porque lleva quince minutos dando de vueltas, porque tiene que estar a la una. Contesto vagamente, fingiendo interés y educación.  Me doy cuenta de que, aunque de buen humor, no tengo muchas ganas de platicar con alguien y quizá por eso, sin darme cuenta, hasta ese momento he sido un interlocutor más bien pasivo, que contesta por reflejo, sólo si el otro dice algo. Me incomoda un poco esta suposición. Me revuelvo contra ella. Pienso que puedo aconsejarle algo que le evite tantos contratiempos en otro momento similar. Tomo la iniciativa. Le digo, sin que medie pregunta suya, cuál es la salida del metro más cercana a esos autobuses. No sé si me escucha ni si le importa lo que digo. Un poco para forzar su atención y su respuesta remato mi consejo con una acotación: Si viene en metro, claro. Sí, sí, dice él, apresurado, mecánicamente. Los dos callamos. Dos o tres minutos. Mira hacia el frente. Me pregunta si ese es el mercado Cartagena. Le digo que sí. O era, continúo, porque ya casi está vacío. Sí, bueno, Para la próxima preguntar nada más dónde está el mercado. Sí, Más fácil así.

[me quedo pensando por qué le dije eso, por qué aclaré el estado actual del mercado si, estrictamente, es una información superflua, innecesaria e incluso errónea como respuesta a la pregunta "¿Ese es el mercado Cartagena?", pienso en el aura de dignidad que para mí rodea ese nombre, pienso en recuerdos que no son míos sino de mis padres, pienso que eso está en el fondo de mi respuesta, pienso que esa es la razón de mi torpeza al momento de mantener una plática incidental: tiendo a responder enigmática o torcidamente porque considero a priori que la gente con quien platico también sabe o conoce o comparte las circunstancias lingüísticas que ornamentan algunas de mis palabras]

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