sábado, 15 de octubre de 2011

«¿Proust? Sí, claro: la madalena, la memoria, la evocación [...]»

[Fragmento de la entrevista que el profesor Antoine Crécy ofreció para la emisión radiofónica Fin de siècle con motivo de la publicación de su libro Proust, traducteur (Grasset, 1978). Versión estenográfica]

«¿Proust? Sí, claro: la madalena, la memoria, la evocación, el regodeo aristocrático, las cocottes, el aticismo, los detalles, las impresiones, el sentimentalismo, la homosexualidad, todas esas cosas de las que tantos hablan, quienes lo han leído y quienes no, con idéntica suficiencia. Pero quizá nada de eso sea lo importante. Al menos no para mí. Lo verdaderamente admirable de Proust es su cualidad de traductor, pero no en sentido literal (aunque sabemos bien que tradujo algunos trabajos de John Ruskin). Proust es en esencia un traductor, alguien capaz de entender a la perfección al menos dos lenguajes distintos, de pasar de uno a otro con la misma facilidad que quien cruza una calle. ¿A qué lenguajes me refiero? Podría decirse que el auditivo y el ocular, pero eso suena demasiado técnico y del algún modo demerita el talento proustiano. No, mejor, en primer lugar, digamos que Proust posee un oído sumamente aguzado, sensible, que Proust sabe escuchar —con esa intuición que habitualmente se celebra en los poetas— los giros cotidianos del lenguaje de su tiempo, las expresiones características que marcan determinada época y circunstancias, que imponen un sello casi secreto pero no porque nadie lo conozca, sino justamente porque está a la vista de todos. A caballo entre la arqueología y el coleccionismo, Proust recoge y conserva ciertas fórmulas a las que da el lugar central en algo que podríamos entender como un dispositivo narrativo, construcciones prosísticas en las que encaja aquellas fórmulas para que una vez insertas y operando sean capaces de proyectar la imagen del tiempo perdido, el tiempo que instantánea y misteriosamente vive cifrado en esas pocas expresiones, época vuelta miniatura para regocijo del observador atento. Ese es uno de los lenguajes que Proust traduce, el de la escucha, concretamente la “escucha estética” de la que otros han hablado. El otro lenguaje del que Proust traduce, con generosidad y talento, es el de la mirada, uno mucho más complejo que el anterior porque, en sentido estricto, aquí no hay palabras que escuchar, registrar y memorizar. No, en la mirada no hay nada de eso. En la mirada hay significantes sueltos y al mismo tiempo demasiado precisos, navegando en ese curso invisible que mana de los ojos de una persona y que intenta dirigirse a un objeto determinado, preferente aunque no exclusivamente el objeto del deseo. Proust, con una habilidad quizá incomparable en la historia de la literatura, sabe traducir ese lenguaje de la mirada a palabras comunes, identifica —casi siempre con éxito— el significado exacto de esa determinada manera en que una persona mira a otro, no con odio ni con amor, sino con alguno de los incontables matices de ese amplio espectro emotivo. ¿Qué palabra, en lenguaje de miradas, significa ternura? ¿Cuál aversión? ¿Cuál desprecio por los hombres sin inteligencia? Quizá nadie más que Proust conozca esas claves que lo llevan de un reino a otro, capaz de llevar consigo esa preciosa carga viva y palpitante que no muere a pesar de los sobresaltos del camino y el traslado. Y si bien son variadas las situaciones en las que Proust demuestra su talento, en ninguna luce más que ahí donde se inmiscuye con los homosexuales. La mirada del homosexual merece, gracias a Proust, no solo un estudio literario, sino quizá también un género poético. Así como se dice que del francés, del inglés o del español existen variedades —la variedad canadiense, la americana, la peninsular—, así también en el lenguaje de la mirada existe la variedad de la mirada del homosexual, del invertido, el perteneciente a la raza maldita que ahí en el lugar más inesperado viene a encontrarse con un cofrade suyo, un semejante al que reconoce de inmediato por la forma en que mira, como en el extranjero se reconoce a un compatriota por el acento. Proust, por razones no necesariamente obvias, pareciera que nos enseña ese lenguaje secreto —esta vez sí por censurado— que el homosexual maneja en su mirada, nos traduce sus giros característicos, sus expresiones de casa, nos va guiando por sus sutilezas y nos previene contra los posibles equívocos. Pero, repito, esto no es sino una especificidad en el marco de un talento mucho más amplio».

domingo, 22 de mayo de 2011

Dos ocurrencias proustianas

i

Alguna vez leí o alguien me dijo, no recuerdo bien, que Proust comenzó a escribir la Recherche, entre otras razones, para refutar la idea que de crítica literaria ejercía Sainte-Beuve, i. e., que para juzgar adecuadamente una obra era necesario conocer al autor, entrevistarse con sus amigos y sus amantes, frecuentar los mismos salones que el artista frecuentó durante su vida.

Si esto es cierto, el resultado no pudo ser más irónico: la detallada descripción de la vida interior del autor, de sus escarceos amorosos y sus fracasos sentimentales, de la vida social y mundana en la que se vio envuelto, de los lugares visitados y las habitaciones ocupadas, de los amigos y las cocottes, de los aristócratas y los simples burgueses, no nos acerca más a la comprensión de su obra. Por el contrario: es la monumentalidad de dicho detalle uno de los motivos que más dificulta el trabajo del crítico literario.

ii

Si tuviera algún grado de talento para el dibujo o la animación, realizaría esta escena:


Una persona, en un cuarto bien iluminado aunque no radiante, tal vez con la luz de la mañana anterior al mediodía, de pie frente a un librero, casi inmóvil, buscando con la vista un libro en específico o uno cualquiera para leer.  Estira el brazo, como si hubiera encontrado lo que busca o como si hubiera encontrado uno que llama su atención más que el resto. La mano sobre el lomo del libro. Lo retira lentamente, pero la lentitud es artificial, un efecto deliberada y sutilmente implementado por el animador o el dibujante. Lo toma con extrañeza, con curiosidad, pero no con repulsión, como si tomara algo que necesita pero que en el último instante descubre completamente húmedo. En efecto: el libro, más que húmedo, escurre el líquido en el cual estuvo remojado. La falta de repulsión se explica por el aroma de dicho líquido: uno dulzón o floral, agradable: el aroma del té. En ese momento la escena se transforma, pero no brutalmente. El librero cambia de ángulo hasta volverlo horizontal y sus bordes son ahora los de una taza humeante de porcelana lustrosa, discreta pero primorosamente ornada, un trabajo más europeo que oriental y más moderno que remoto. Al fondo, gruesos cortinones oscuros o una pared forrada de madera también oscura: en general, un cuarto sombrío pero no de apariencia descuidada, por el contrario, rica y cuidadosamente decorado, de muebles de madera fina y cristales limpios, de telas limpias y poco comunes. La luz es poca, porque es de noche, porque las cortinas están echadas, porque las lámparas no están encendidas o dan poquísima luz, porque todo sucede en el rincón más esquinado y lejano de la estancia, un rincón especialmente dedicado al aislamiento y la quietud —pero todo esto se sugiere en un instante, con el cambio de luz y con la textura de fondo. La perspectiva se mueve. La taza se apoya en un plato de la misma vajilla, esto es, de iguales características y motivos. Después, al ampliar la visión, se descubre el torso de un personaje sentado frente a la taza, la mano estirada, a punto de sacar algo que ha metido a remojar en el líquido que vaporiza al interior. Es Proust, una de sus fotografías animada artificialmente. Lo que extrae de la taza, húmedo, unos hilillos de té resbalando a lo largo de los bordes, es el primer tomo de la Recherche.

viernes, 20 de mayo de 2011

«Dominique Strauss-Kahn, entre Eros y Tanatos», Jacques-Alain Miller

DSK, entre Eros y Tanatos
Jacques-Alain Miller

“¿Qué le sugiere el affaire DSK?”, me pregunta Le Point. Ganas de perfeccionar la instrucción freudiana entre los franceses. En efecto: actualmente, en Francia, el inconsciente se ha vuelto una noción popular de credibilidad generalizada. El inconsciente, decimos a menudo. Pero este suceso obliga a ampliar y completar dicho concepto.

Si el inconsciente se introdujo plenamente en el habla cotidiana fue bajo una forma específica: la del lapsus. La opinión pública exige que los medios estén al acecho de los lapsus de cualquier famoso, que los reúnan y los compartan, así sean las equivocaciones más pedestres. A estos traspiés, sin embargo, no se les toma como simples errores, sino que se les atribuye sentido e incluso un cierto valor de verdad superior al de las frases triviales dichas al paso.

¿Qué verdad? No queda claro, pero al fenómeno se le identifica casi con la revelación. Al lapsus se le considera una emergencia inopinada, incongruente e involuntaria de los pensamientos secretos que se agitan al interior del sujeto. Se supone que el sujeto no es dueño del lenguaje que utiliza y que siempre que habla corre riesgo y peligro.

¿Qué riesgo? El de traicionarse a sí mismo. El sujeto se sabotea. No quiere su propio bien. Reconocemos entonces que el sujeto se encuentra dividido: hablaba sobre la crisis financiera y, de pronto, he ahí que su comentario sobre la inflación se descubre parasitado por otro discurso que se cuela por entre los intersticios del primero y que le hace pronunciar la palabra “felación”.

Un lapsus: qué gracioso, no es para tanto. El efecto de verdad es efímero: desconcierta al sujeto, lo despoja por un instante de su imagen pública, lo ridiculiza, pero nada que no se esfume pronto. Pero imaginen ustedes ahora que esa palabra, “felación”, que pertenece a un segundo discurso, no se expresa en el registro del habla en forma de lapsus; supongan que posee una fuerza amenazadora que embraga directamente sobre el cuerpo. El sujeto se encuentra entonces en la necesidad de obedecer un mandato tan mudo como irrecusable, una exigencia absoluta de satisfacción inmediata. Un imperativo de goce impone su ley, que no admite deliberación alguna: el pasaje al acto se desencadena. En ese momento, se congela la risa.

El fenómeno no es excepcional. Las cárceles están llenas de esos desgraciados en quienes la exigencia incondicional de la pulsión no fue taponada, temperada, frenada, racionada, canalizada a través del desplazamiento, de la sublimación, de las diversas figuras retóricas, las metáforas y las metonimias, todo ese sistema de esclusas y diques que constituye la arquitectura de una neurosis bella y buena.

Los llamo “desgraciados” porque no son monstruos. Simplemente la tensión libidinal del síntoma se encuentra en ellos como desnuda. Y si van a la cárcel es porque la sociedad contemporánea tolera menos la pulsión ahora que antaño. Hay liberalización de la moral, sí, pero una liberalización estrictamente limitada: igualdad de condiciones, protección a la infancia, promoción de la mujer, garantías individuales, una creciente judicialización de todos los aspectos de la existencia. El resultado: cuando una camarera se queja ante la policía del abuso sufrido a manos de un hombre importante, nadie la toma a broma. ¿Quién dirá que eso está mal? Pero ya tampoco está permitido, jamás, cerrar los ojos. La sombra, la noche, no son más; solo el día tiene derecho de ciudadanía y nuestro sol es al mismo tiempo como un gran ojo que nos acecha y el nuestro propio. Ahora, todo ve: es la muerte del deseo.

Volvamos a la pulsión. Se le considera primitiva porque no va al corriente de los tiempos modernos: ésta no entiende de razón, no se contiene ni negocia nada. Se da el pasaje al acto cuando la pulsión toma al sujeto hasta hacer de él un poseso, su títere frenético. Incluso si encontramos aquí una estructura de ruptura y efracción, el fenómeno va, evidentemente, más allá del lapsus. Estas repentinas aunque periódicas erupciones libidinales bien podrían quedar fijadas bajo la noción de raptus*.

El lapsus se produce en la dimensión de la verdad; el raptus, en el real. Tal vez el lapsus sea una forma extenuada. Ese es el significado del aforismo de Lacan, el que hace de la verdad la “hermana menor” del goce. En el lapsus el sujeto se traiciona, en el raptus se destruye. El suicidio —físico o moral— es siempre en lontananza, donde Eros y Tanatos se confunden, la muerte.

Luego del descubrimiento del inconsciente, ese lugar del ser donde la verdad habla, así sea para mentir, Freud tuvo que aislar el “ello”, esa zona donde reina el silencio de las pulsiones. Con DSK esposado, el discurso universal dio al ello freudiano su emblema, su testigo y, diría yo, su mártir. Que el gran ordenador del significante monetario en todo el mundo, incomparable en su destreza, sea sospechoso de ser el siervo de una pulsión tiránica parecería elemental, más apropiado como antítesis poética de grandes vuelos, romántica, digna de Víctor Hugo. Ese fue, de hecho, Víctor Hugo mismo hasta su último aliento, animado por una compulsión sexual de semejante naturaleza, lo cual no evitó que se le inhumara en el Panteón. Fue él quien inspiró el personaje del general Hulot de Balzac en La cousine Bette. El novelón en tiempo real que nos mantiene expectantes es todavía más espectacular porque conjuga los secretos de la alcoba con el gran teatro del mundo.

Por lo general tenemos una idea aproximada de los hombres “donjuanescos”. Para nada homogénea, en lo absoluto. En ella encontramos, entre otros, un par de tipos ideales opuestos entre sí. Por una parte, el seductor que domina el arte de insinuarse en el sueño del objeto femenino, en su “Madame Bovary” íntima, es elocuente, un Casanova, encantador como Chautebriand. Véase como ejemplo, en las Memorias de Roland Dumas, a François Mitterrand tejiendo incansablemente su tela, tendiendo su voz aterciopelada alrededor de la presa del día. Porque todo se reduce a conquistar, todo es un sí, conseguir el consentimiento, la confesión. Por otra parte, están aquellos cuyo goce se opone a la división con su compañera, que no da un paso sin que la angustia o el pánico se manifiesten, entre un cuerpo que se abandona y un “alma” que dice no. Es, de hecho, una operación cruel y refinada que enmascara la imagen convencional de “la bestia del sexo”. Todas las transiciones, todos los matices, se encuentran en la experiencia. Asimismo, somos insaciables al exigir detalles.

En cuanto a la relación de pareja que forman el donjuán y su esposa, frecuentemente ésta es una de las más sólidas que existen. Se basa en esta lógica: en el hombre, la serie adquiere sentido por la función de excepción reconocida en el “al menos una" mujer, residente en el lugar de la madre, mientras que esta misma serie garantiza para ella la virilidad de su pareja. Ella puede vivir esta situación con sufrimiento, con desgarro, pero también con complacencia y complicidad. Generalmente se observa en ella una lealtad indefectible, que incluso sobrevive a la posible separación.

Al calor de los acontecimientos, nuestros medios de comunicación se dan golpes de pecho por haber ocultado durante tanto tiempo bajo una manta, como los hijos de Noé, la desnudez del padre ebrio. Sin embargo, el Génesis dice otra cosa: que el pecado fue de Cam, de los hermanos que echaron una ojeada de curiosidad al ervat**, el órgano genital que no debían ver. En este momento, el pudor es una virtud que ha caído en desuso frente al voyeurismo triunfante, que se encuentra ya en vías de mundialización. Un voyeurismo puritano, ostentoso, seguro de su legalidad. Cerrar los ojos no fue inteligente, es cierto, pero esto, ¿no es todavía peor?

Le Point, 19 de mayo de 2011



Traducción de Juan Pablo Carrillo

* Rapto, en latín. El autor, se verá en el párrafo siguiente, parte de la similitud fonética de lapsus y raptus para establecer una comparación entre ambas nociones. (N. del T.)

 
** Ignoro a qué se refiera el autor con esta palabra. Una rápida pesquisa me revela que, en bretón, ervat significa “bien”: de este modo, los hijos de Noé no debieron ver el “bien” del padre. En hebreo, sin embargo, parece que también tiene ciertas acepciones que podrían tenerse en consideración.
(N. del T.)

miércoles, 11 de mayo de 2011

Para el diario de un fracasado cualquiera


No sé si soy yo quien se equivoca. No sé si es alguna de esas estupideces que llaman karma o suerte. No sé si es por tildar de estupideces eso que llaman karma o suerte o favor celestial o por no creer en ninguna de ellas. No sé si de veras existe el destino y estoy condenado al fracaso, a permanecer siempre en el mismo lugar sin cambiar nunca, a ser siempre un animal diminuto y disminuido que merodea aquí y allá, entre los rincones y las cuatro esquinas de una pequeña sala, atento como el roedor o el insecto a las pocas migajas que pueda recoger sin que ninguno de los grandes se dé cuenta. No sé si mi mediocridad es tan grande y tan evidente que soy el único incapaz de notarla. No sé si busco donde nada puedo encontrar. No sé si estoy perdido o confundido. O tal vez solo sea que llego a destiempo a los momentos importantes, que mi reloj y el reloj de las exigencias del mundo no marcan la misma hora, que calculo solo aproximadamente la hora de una cita en la que debo estar pero a la que no fui citado, una a la que llego antes o después, ridículamente anticipado o torpemente demorado, sin que nada esté preparado todavía o una vez que todo ha terminado. Quizá solo sea que encuentro siempre las puertas cerradas porque es tan temprano que nadie las ha abierto o tan tarde que ya todos se han ido, incluso el encargado de cerrar las puertas. «Nadie podía pretenderlo porque esta entrada era solamente para ti. Ahora voy a cerrarla».

sábado, 7 de mayo de 2011

Para mañana (que ya es hoy)


Pienso, pero no sé en qué grado me equivoco, que quienes ponen tanto énfasis en argumentar en contra de la marcha que viene llevándose a cabo desde el jueves y que culminará mañana en el Zócalo, la marcha a la que volvió a convocar y encabeza Javier Sicilia, el padre de un hijo asesinado, el padre que lleva a cuestas el dolor del que aseguran es el peor que puede padecer un ser humano, pienso, decía, que esas personas se alborotan y se desgañitan y manotean en torno suyo —en facebook, en twitter, ¿dónde más?— porque no saben si deberían ir pero intentan convencerse de no ir, intentan conseguir el permiso de no-ir, encontrar en la opinión favorable de otros como ellos mismos la aprobación o la absolución de su egoísmo o su renuencia a abandonar la comodidad propia o la mediocridad de su empatía política o siquiera social hacia un contemporáneo, un semejante, una persona cualquiera que lleva a cuestas una muerte que no debió acaecer.

Si esto es así, qué triste. Un acto como este no debería nacer de la aprobación de otros ni morir en la desaprobación de un tercero. 

Si esto es así, ¿por qué no decidirlo por uno mismo «en la libertad soberana de la gratuidad total»? ¿Por qué no ejercer la libertad de pensar el asunto seriamente hasta llegar a una conclusión sólida y libre? ¿Por qué no hacer de esa decisión un primer acto de libertad que genere una espiral libertaria —así sea en uno mismo?

miércoles, 6 de abril de 2011

Para este día

Hace tiempo, en septiembre de 2009, fui con un par de amigos al Foro Sol para ver jugar a los Diablos. Recuerdo la fecha, entre otras razones, porque pocas semanas antes se había celebrado el Mundial de Béisbol en ese mismo parque, competencia en la que el equipo mexicano tuvo un desempeño más bien mediocre a pesar de dos o tres condiciones que parecían, de inicio, favorables para superar al menos la primera ronda de clasificación.

En aquel partido contra los Sultanes, en una de las entradas intermedias en las que la emoción por lo que hacen o dejan de hacer los jugadores ha menguado un poco, le pregunté a uno de mis amigos su opinión sobre el fracaso nacional. México no avanzó, me dijo, porque nadie quería batear sencillos, todos se creían capaces de grandes batazos, de home-runs que dieran la vuelta al marcador, el que bateaba quería convertirse en héroe o salvador.

Hoy recordé el episodio y la explicación en vísperas de la marcha a la que ha convocado Javier Sicilia, especialmente por algunas opiniones contrarias o escépticas a dicha marcha que se resumen en una pregunta que admite muchos complementos: ¿Para qué hacerlo?

Supongo que el rechazo de estas personas se basa en la certeza de que estos gestos son franca y rotundamente inútiles, que si estos actos generan algún impacto, éste es ínfimo e imperceptible en la práctica. Y la verdad es que no se equivocan. Es altamente probable que después de la marcha la situación del país sea más o menos la misma que antes de la marcha.

Sin embargo, quizá esta sea una buena oportunidad para empezar a comprender que los cambios que duran y tocan el origen del problema no son cosa de un día, de un batazo, de una rebelión que levanta en su violencia a los pocos que se retrasan en la superficie. Tal vez esta marcha nos permita entrever las posibilidades del esfuerzo colectivo, sus diferencias positivas frente a esa estéril esperanza en el cambio repentino, milagroso, arrostrado por un solo hombre, que tanto caracteriza nuestro comportamiento político.

lunes, 28 de febrero de 2011

Para el diván


No sé si alguien creerá este sueño. Yo mismo, si fuera otro, pensaría que quien me lo cuenta falsea o embellece algunos detalles para impresionarme, por amor propio o por  dar rienda suelta a su voluntad literaria. No puede ser, diría, que alguien sueñe frases así de cuidadas, así de significativas, incluso con estilo.

Sin embargo, pasó. La madrugada del sábado soñé una serie de escenas mínimas, inmóviles, fugaces. Al menos dos de ellas me impresionaron lo suficiente para obligarme a despertar y alargar la mano derecha en busca del interruptor de la lámpara y el cuaderno con el lápiz entremetido en sus páginas.

Garrapateé un par de líneas, la primera más notable que la segunda y, en cierta forma, menos personal, esto es, la que menos me sugiere conexiones con mi propia vida, mis inquietudes y frustraciones, mis deseos. De la otra, por el contrario, sí podría hallar al menos un vínculo con cierta preocupación que me asalta de manera constante desde hace un año y de la cual todavía no puedo desembarazarme. 

Como sea, he aquí mis sueños:

1) Miro una pantalla de computadora y en ella un perfil de facebook —tal vez el mío, pero no recuerdo si me soñaba a mí mismo mirando esa pantalla o si ésta aparecía en el sueño como el enfoque impersonal de un objeto cualquiera. Recorro los nombres, los distintos updates y status, miro pasar las imágenes y fotografías de un puñado de personas. Me detengo porque una frase llama mi atención, una que en principio atribuí a DD aunque un instante después, al sentirme equivocado, consideré la posibilidad de que EE la hubiera posteado. Esto fue lo que leí (aunque parezca increíble): «En busca de una eternidad duradera en la realidad —dijo el Maestro— se corre el riesgo de encontrar una mediocre en los libros». 

2) Miro una hoja de papel, amarillenta pero no gastada, como si se tratara de un papel especial, distinto del corriente. Leo una enumeración de motivos o de cualidades, todas relacionadas con algo, con un libro o conmigo mismo (como si se tratara de una lista de propósitos o pendientes). Recuerdo un número grande, pero no definido. De todos, sólo uno quedó en mi memoria (o sólo uno leí con claridad): «[3 o 4] En el Sur de Ascensio se encuentra Borges».


jueves, 24 de febrero de 2011

Premios Revista de Letras


Este blog se encuentra nominado en uno de los Premios Revista de Letras. Mucho te agradeceré, lector amantísimo, que correspondas a las muchas o pocas gracias que aquí lees con un voto favorecedor.


El procedimiento de votación es sumamente sencillo, sin trámites ni registros ni vericuetos engorrosos o superfluos. Sin palabrería vana también. Basta con entrar a esta página:





desplazarse casi hasta el final y en la categoría 


PREMIO REVISTA DE LETRAS AL MEJOR BLOG INTERNACIONAL DE CREACIÓN Y/O CRÍTICA LITERARIA



dar un clic en "El melancólico vacío", que es, como sabes, el nombre de este blog.


Mucho te agradeceré si tus inclinaciones y exquisito gusto te llevan a obsequiarme con dicho favor.


Vale

lunes, 21 de febrero de 2011

Varia citadina (4)

(dos muestras de paisajística urbana) 

2. Entre septiembre y diciembre, la administración local remozó la zona donde se asientan los edificios donde despacha. Cambió el pavimento de una cuadra, redujo una calle, amplió dos o tres tramos de acera, desapareció todas las bancas del jardín. A un costado del más importante, que también es el más antiguo, un palacio de ayuntamiento reducido a las proporciones que merece un pueblo alejado del centro de la ciudad y nunca realmente importante, se cimentaron cuatro macetones, cuadrados, inamovibles, uno para cada palmera traída a morir al clima templado, casi frío, de esta región.

Caminando cerca de ellos me asomé a su interior, por curiosidad o por desconfianza. Advertí, no sin asombro, que nadie había arrojado basura: ni envolturas de papitas o galletas ni envases de refresco ni latas de aluminio. Nada. Ni cadáveres de animales domésticos ni colillas ni chicles ni revistas deshojadas. Ni bolsitas de papel o de plástico ni cajas de cartón ni empaques de aparatos electrónicos ni tarjetas telefónicas agotadas ni cables arrancados quién sabe de dónde. Nada. Ni propaganda de ningún formato ni periódicos viejos ni botellas de licor. Nada de panalitos ni cuartitos de Presidente ni tequilas de nombres risibles o vergonzosos. Nada de nada.

Qué raro, pensé.

jueves, 17 de febrero de 2011

Varia citadina (4)

(dos muestras de paisajística urbana)

1. En Ciudad Universitaria, detrás de casi todos los institutos de investigación en humanidades, quedó un claro, un pastizal más o menos extenso y ligeramente accidentado, de sinuosidades y simas, de tierra blanda en algunas partes y rocosa en otras, de un puñado de árboles frondosos, de una estirada escultura que contrasta a la perfección con el arco amplio que encierra a la biblioteca de Filológicas. Cruza ese campo, lo parte casi por mitad, una vereda antaño fácilmente distinguible, resultado de las decenas o cientos de pisadas que cada día atravesaban el lugar para dirigirse a alguno de los institutos. Para esos caminantes con un destino específico que por decisión y obligación, por una necesidad espontánea e incidental nacida de un hábito primario improvisaron esa ruta, distintos de los perros, pepenadores, vagabundos, paseantes solitarios y púberes que de vez en vez truecan un día de escuela por uno en el campo, para ellos se construyó a lo largo del semestre anterior un pasaje más digno, techado e iluminado, de suelo de concreto, de pilares pintados de gris (el color que prefieren las autoridades administrativas de cualquier academia, desde Platón).

La primera vez que lo caminé ya terminado, ya sin cimbra ni alambres salientes, sin maderos ni charcos de mezcla qué salvar, sin albañiles púdicos o temerosos del simbolismo tremebundo de la UNAM que transmitían a la mirada todas los gestos y palabras y sonidos animales que podrían proferir para llamar la atención de la mujer que pasaba junto a ellos y con la cual hubieran querido, como dice el clásico, formar el monstruo de dos espaldas, pensé que todavía era un elemento extraño al paisaje universitario, que a pesar de tener todo lo necesario para servir y ser útil y, sobre todo, para oficializar un camino frecuentado pero irregular, fuera de la norma, carecía de la pincelada última que lo congraciara con el ambiente adonde había llegado, del bautizo o la unción que lo distinguiera para siempre con el temple universitario, una suerte de sello o diploma que lo certificara como miembro irrenunciable de dicha comunidad.

Faltan, hasta la fecha, en sus paredes y en cualquier espacio de visibilidad ineludible o cómoda, los carteles que promueven la conferencia, el curso, el taller, el diplomado, la propaganda revolucionaria de los disidentes, el anuncio del perro perdido con su previsible promesa de retribución económica para quien lo halle, el programa de dos o tres cineclubes, las ofertas de trabajo monótono en condiciones miserables o de viajes a destinos alternativos (es decir, baratos), la pintura descarapelada, el remiendo que no se nota nada más en verano, entre las 17:00 y 17:03 (antes del cambio de horario), cuando los rayos forma con la pared el ángulo que iguala los matices, la ganga de libros de Platón, de Aristóteles, de Hegel (que en la Gandhi están carísimos), el rayón, la firma, el yo estuve aquí, el Caro y Luis Daniel, el Secundaria 98, el puto, el pito, el Zorros Amerindios de la 316, etcétera.

martes, 15 de febrero de 2011

Vasos comunicantes (addenda)

1. El endecasílabo del Inferno es el séptimo del Canto XXVI: «Ma se presso al mattin del ver si sogna».

2. La frase de Novalis —«we are near waking when we dream that we dream», «estamos próximos a despertar cuando soñamos que soñamos» en la traducción de Cortázar— la transcribe Poe en A Tale of the Ragged Mountains, Un cuento de las Montañas Escabrosas. En el tomo de la Library of America dedicado a su poesía y sus cuentos, sin embargo, la cita no merece ningún comentario, ninguna aclaración crítica. Sí, en cambio,  en esta edición mucho más completa a cargo de Thomas Ollive Mabbott, en donde se señala con precisión tanto el origen de la frase como el libro que sirvió de fuente a Poe.

Por cierto, Octavio Paz también repite la frase en la última página de El arco y la lira, en el párrafo final del apéndice "Whitman, poeta de América": «Cuando soñamos que soñamos —dice Novalis— está próximo el despertar».

3. «en las purpúreas horas: Dice Góngora que la musa le dictó o inspiró los versos en la hora del alba; alude a la creencia de la antigüedad de que las horas más propicias para la creación eran las del amanecer: "Aurora gratissima Musis"». 

 [...]

«En cuanto a rosicler, la R. Academia lo define como 'color rosa claro de la aurora'. Pero ese no era el valor que tenía en el siglo XVII. Díaz de Rivas dice: "rosicler... fuera de ser colorido, es encendidísimo" (fol. 104), y Salcedo: "Rosicler llamamos al esmalte rojo; dijo el poeta que era rosicler el día, esto se entiende cuando nace, que se ven aquellos colores rojos".»

Ambos fragmentos, de los comentarios de Dámaso Alonso para la Fábula de Polifemo y Galatea, en el tomo tercero de Góngora y el Polifemo. 

Por su parte Reyes, en su prosificación (El Polifemo sin lágrimas) escribe: «Estas rimas me fueron dictadas en las purpúreas horas que preceden al amanecer: o purpúreas por ser de color púrpura, o por muy puras, hermosas y diáfanas, como dijo Horacio "cisnes purpúreos" [...]. El alba suele ser toda rosas, y el día, rosicler, como se llama el esmalte rojo. Entonces, según los poetas y los sabios, las inspiraciones son más fáciles y auténticas».


lunes, 3 de enero de 2011

Vasos comunicantes (2)

El único endecasílabo del Infierno que recuerdo a la perfección es este:

«Si del sueño del alba las ficciones»

No sé o no recuerdo en qué Canto figura ni a qué círculo pertenece. No sé qué sigue después de ese verso, a quiénes encontrarán Dante y Virgilio o qué tormentos serán descritos. Sólo sé que su traductor, Ángel Crespo, anotó al pie que los antiguos creían en el valor profético de los sueños soñados en las horas cercanas al amanecer. Cuando lo leí, una época en que despertaba sobresaltado a media noche a causa de la siniestra intensidad de casi cualquier sueño, no pude no creerlo. Creía también entonces en el mundo ambiguamente onírico de Murakami y en una frase de Novalis que Poe cita en alguno de sus muchos cuentos y que mi memoria recuerda bajo esta forma: «Cuando soñamos que soñamos, se encuentra próximo el despertar».

Más tarde conocí a Góngora y tuve curiosidad por su Polifemo. Dediqué primero pocos minutos y después una o dos horas a leerla con ayuda de Dámaso Alonso y Alfonso Reyes y desde la primera estrofa me sentí bien recibido gracias a un eco que creí escuchar de aquellas mántricas palabras:

                     en las purpúreas horas
que es rosas la alba y rosicler el día,

Tampoco recuerdo con precisión cómo glosaron ambos, en su calidad de gongoristas, esos versos. Quizá Dámaso Alonso les prestó más atención y adujo un tópico clásico sobre las horas más propicias para la creación o la inspiración poéticas: las horas previas al romper de la aurora, las horas en que la salida del sol es inminente, “las purpúreas horas en que es rosas la alba y rosicler el día”.

Finalmente, hace unos días, leyendo una y otra vez, a veces en silencio, a veces en voz alta, siempre para mí, el sueño con que casi cierra la segunda parte de Du côté de chez Swann, mi vista y mi pensamiento no pudieron abandonar esta frase:

«Ce fut en dormant, dans le crépuscule d’un rêve»

que no exige demasiada dificultad para comprenderse: «Fue durmiendo, en el crepúsculo de un sueño». Lo notable, sin duda, es la metáfora de crepúsculo para remate, indicando con ésta que el sueño en que Swann acepta por fin y para sí que Odette es la querida de Forcheville, el sueño en que descubre que su único refugio es el consuelo que él mismo pueda dispensarse, es el último antes de que se ponga el sol de ese mundo incontrolable y despierte al amanecer real de la realidad del libro.

Pero quién sabe si todo esto significa algo más que una coincidencia, una tríada casual cuyo único punto en común es el lugar donde residen los recuerdos de esas tres lecturas.