sábado, 7 de mayo de 2011

Para mañana (que ya es hoy)


Pienso, pero no sé en qué grado me equivoco, que quienes ponen tanto énfasis en argumentar en contra de la marcha que viene llevándose a cabo desde el jueves y que culminará mañana en el Zócalo, la marcha a la que volvió a convocar y encabeza Javier Sicilia, el padre de un hijo asesinado, el padre que lleva a cuestas el dolor del que aseguran es el peor que puede padecer un ser humano, pienso, decía, que esas personas se alborotan y se desgañitan y manotean en torno suyo —en facebook, en twitter, ¿dónde más?— porque no saben si deberían ir pero intentan convencerse de no ir, intentan conseguir el permiso de no-ir, encontrar en la opinión favorable de otros como ellos mismos la aprobación o la absolución de su egoísmo o su renuencia a abandonar la comodidad propia o la mediocridad de su empatía política o siquiera social hacia un contemporáneo, un semejante, una persona cualquiera que lleva a cuestas una muerte que no debió acaecer.

Si esto es así, qué triste. Un acto como este no debería nacer de la aprobación de otros ni morir en la desaprobación de un tercero. 

Si esto es así, ¿por qué no decidirlo por uno mismo «en la libertad soberana de la gratuidad total»? ¿Por qué no ejercer la libertad de pensar el asunto seriamente hasta llegar a una conclusión sólida y libre? ¿Por qué no hacer de esa decisión un primer acto de libertad que genere una espiral libertaria —así sea en uno mismo?