sábado, 15 de octubre de 2011

«¿Proust? Sí, claro: la madalena, la memoria, la evocación [...]»

[Fragmento de la entrevista que el profesor Antoine Crécy ofreció para la emisión radiofónica Fin de siècle con motivo de la publicación de su libro Proust, traducteur (Grasset, 1978). Versión estenográfica]

«¿Proust? Sí, claro: la madalena, la memoria, la evocación, el regodeo aristocrático, las cocottes, el aticismo, los detalles, las impresiones, el sentimentalismo, la homosexualidad, todas esas cosas de las que tantos hablan, quienes lo han leído y quienes no, con idéntica suficiencia. Pero quizá nada de eso sea lo importante. Al menos no para mí. Lo verdaderamente admirable de Proust es su cualidad de traductor, pero no en sentido literal (aunque sabemos bien que tradujo algunos trabajos de John Ruskin). Proust es en esencia un traductor, alguien capaz de entender a la perfección al menos dos lenguajes distintos, de pasar de uno a otro con la misma facilidad que quien cruza una calle. ¿A qué lenguajes me refiero? Podría decirse que el auditivo y el ocular, pero eso suena demasiado técnico y del algún modo demerita el talento proustiano. No, mejor, en primer lugar, digamos que Proust posee un oído sumamente aguzado, sensible, que Proust sabe escuchar —con esa intuición que habitualmente se celebra en los poetas— los giros cotidianos del lenguaje de su tiempo, las expresiones características que marcan determinada época y circunstancias, que imponen un sello casi secreto pero no porque nadie lo conozca, sino justamente porque está a la vista de todos. A caballo entre la arqueología y el coleccionismo, Proust recoge y conserva ciertas fórmulas a las que da el lugar central en algo que podríamos entender como un dispositivo narrativo, construcciones prosísticas en las que encaja aquellas fórmulas para que una vez insertas y operando sean capaces de proyectar la imagen del tiempo perdido, el tiempo que instantánea y misteriosamente vive cifrado en esas pocas expresiones, época vuelta miniatura para regocijo del observador atento. Ese es uno de los lenguajes que Proust traduce, el de la escucha, concretamente la “escucha estética” de la que otros han hablado. El otro lenguaje del que Proust traduce, con generosidad y talento, es el de la mirada, uno mucho más complejo que el anterior porque, en sentido estricto, aquí no hay palabras que escuchar, registrar y memorizar. No, en la mirada no hay nada de eso. En la mirada hay significantes sueltos y al mismo tiempo demasiado precisos, navegando en ese curso invisible que mana de los ojos de una persona y que intenta dirigirse a un objeto determinado, preferente aunque no exclusivamente el objeto del deseo. Proust, con una habilidad quizá incomparable en la historia de la literatura, sabe traducir ese lenguaje de la mirada a palabras comunes, identifica —casi siempre con éxito— el significado exacto de esa determinada manera en que una persona mira a otro, no con odio ni con amor, sino con alguno de los incontables matices de ese amplio espectro emotivo. ¿Qué palabra, en lenguaje de miradas, significa ternura? ¿Cuál aversión? ¿Cuál desprecio por los hombres sin inteligencia? Quizá nadie más que Proust conozca esas claves que lo llevan de un reino a otro, capaz de llevar consigo esa preciosa carga viva y palpitante que no muere a pesar de los sobresaltos del camino y el traslado. Y si bien son variadas las situaciones en las que Proust demuestra su talento, en ninguna luce más que ahí donde se inmiscuye con los homosexuales. La mirada del homosexual merece, gracias a Proust, no solo un estudio literario, sino quizá también un género poético. Así como se dice que del francés, del inglés o del español existen variedades —la variedad canadiense, la americana, la peninsular—, así también en el lenguaje de la mirada existe la variedad de la mirada del homosexual, del invertido, el perteneciente a la raza maldita que ahí en el lugar más inesperado viene a encontrarse con un cofrade suyo, un semejante al que reconoce de inmediato por la forma en que mira, como en el extranjero se reconoce a un compatriota por el acento. Proust, por razones no necesariamente obvias, pareciera que nos enseña ese lenguaje secreto —esta vez sí por censurado— que el homosexual maneja en su mirada, nos traduce sus giros característicos, sus expresiones de casa, nos va guiando por sus sutilezas y nos previene contra los posibles equívocos. Pero, repito, esto no es sino una especificidad en el marco de un talento mucho más amplio».

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