jueves, 17 de febrero de 2011

Varia citadina (4)

(dos muestras de paisajística urbana)

1. En Ciudad Universitaria, detrás de casi todos los institutos de investigación en humanidades, quedó un claro, un pastizal más o menos extenso y ligeramente accidentado, de sinuosidades y simas, de tierra blanda en algunas partes y rocosa en otras, de un puñado de árboles frondosos, de una estirada escultura que contrasta a la perfección con el arco amplio que encierra a la biblioteca de Filológicas. Cruza ese campo, lo parte casi por mitad, una vereda antaño fácilmente distinguible, resultado de las decenas o cientos de pisadas que cada día atravesaban el lugar para dirigirse a alguno de los institutos. Para esos caminantes con un destino específico que por decisión y obligación, por una necesidad espontánea e incidental nacida de un hábito primario improvisaron esa ruta, distintos de los perros, pepenadores, vagabundos, paseantes solitarios y púberes que de vez en vez truecan un día de escuela por uno en el campo, para ellos se construyó a lo largo del semestre anterior un pasaje más digno, techado e iluminado, de suelo de concreto, de pilares pintados de gris (el color que prefieren las autoridades administrativas de cualquier academia, desde Platón).

La primera vez que lo caminé ya terminado, ya sin cimbra ni alambres salientes, sin maderos ni charcos de mezcla qué salvar, sin albañiles púdicos o temerosos del simbolismo tremebundo de la UNAM que transmitían a la mirada todas los gestos y palabras y sonidos animales que podrían proferir para llamar la atención de la mujer que pasaba junto a ellos y con la cual hubieran querido, como dice el clásico, formar el monstruo de dos espaldas, pensé que todavía era un elemento extraño al paisaje universitario, que a pesar de tener todo lo necesario para servir y ser útil y, sobre todo, para oficializar un camino frecuentado pero irregular, fuera de la norma, carecía de la pincelada última que lo congraciara con el ambiente adonde había llegado, del bautizo o la unción que lo distinguiera para siempre con el temple universitario, una suerte de sello o diploma que lo certificara como miembro irrenunciable de dicha comunidad.

Faltan, hasta la fecha, en sus paredes y en cualquier espacio de visibilidad ineludible o cómoda, los carteles que promueven la conferencia, el curso, el taller, el diplomado, la propaganda revolucionaria de los disidentes, el anuncio del perro perdido con su previsible promesa de retribución económica para quien lo halle, el programa de dos o tres cineclubes, las ofertas de trabajo monótono en condiciones miserables o de viajes a destinos alternativos (es decir, baratos), la pintura descarapelada, el remiendo que no se nota nada más en verano, entre las 17:00 y 17:03 (antes del cambio de horario), cuando los rayos forma con la pared el ángulo que iguala los matices, la ganga de libros de Platón, de Aristóteles, de Hegel (que en la Gandhi están carísimos), el rayón, la firma, el yo estuve aquí, el Caro y Luis Daniel, el Secundaria 98, el puto, el pito, el Zorros Amerindios de la 316, etcétera.

4 comentarios:

Roberto Cruz Arzabal dijo...

Gratos recuerdos de ese pastizal, laberinto de árboles delgados.
Recuerdo también, entre estéticas y la coordinación, una fuente seca que no por eso repele a los amantes o a los oficinistas y becarios metidos a zagales.
Ese espacio breve y desigual bien puede ser, poniéndonos abstractos, una metáfora del encuentro entre las disciplinas que convergen en la pequeña ciudad azul. Lo pienso así por mi tesis, caprichosa investigación interdisciplinaria que me hacía caminar entre bibliotecas, de filológicas a estéticas y de vuelta a filosóficas.

Saludos.

Maese Palma dijo...

Tendré que visitar algún día esta nueva obra arquitectónica (sic). Nunca frecuenté mucho el lugar, pero sin duda debe de ser un cambio que cambia el paisaje.
Comparto mi nuevo blog, que espero revivir recurrentemente, aunque ya lo cambié a wordpress.

http://maesepalma.wordpress.com/

Maese Palma dijo...

Jaja, "cambio que cambia el paisaje".

Juan Pablo dijo...

Roberto, gracias por el comentario. Buenos tiempos, sin duda.

Y Palma, qué bueno que reanudas el blog. Ya me daré una vuelta de vez en cuando.

Saludos a ambos.