domingo, 21 de noviembre de 2010

Anoche o de madrugada


Anoche o de madrugada tuve este sueño: en una calle de una ciudad imaginaria, teatral, me encontraba de frente, pero no tan cerca, con un hombre de fedora y abrigo negros, camisa blanca, el típico mafioso neoyorquino de los veintes. Al verlo, sentí el impulso o el deber de volverme y alejarme o huir. Sabía que cargaba conmigo un objeto que el hombre no debía ver ni saber siquiera que yo tenía en ese momento. No recuerdo bien si yo sabía entonces qué era dicho objeto o si sólo después, al querer guardarlo y esconderlo, supe qué era lo que debía guardar o esconder. Caminaba, pero no veía por dónde. Llegaba de pronto a una biblioteca o a un lugar que yo sabía tal y del cual sabía también que ya conocía, que antes de ese momento hubo una época en que lo había frecuentado, También en sueño o En otros sueños, decía o mi yo del sueño o yo para mi yo del sueño. La biblioteca parecía más bien, por sus dimensiones y su nulo cuidado, una gran bodega, inmensa, polvosa, olvidada, como situada en una zona marginal de la ciudad [semejante, pienso ahora, a ese edificio vacío, ruinoso, de una sola nave, en Synecdoche, New York, o a la de esos supermercados que en Navidad es habilitada como juguetería]. Lo mismo los anaqueles, que llegaban hasta el techo y cuya extensión lateral era imposible comprender de un solo vistazo, y que contenían libros también empolvados, quizá antiguos, de lomos de piel gastada y títulos en letras doradas, borrosos e ilegibles. Entraba. Y de nuevo tenía la sensación o la certeza de que ya conocía el lugar, de que en otra época había soñado otros sueños en ese lugar o, mejor dicho, había soñado un solo sueño recurrentemente, uno que involucraba ese lugar: dentro de la biblioteca, me dirigía siempre hacia un anaquel en donde había una gaveta o un compartimento con cerradura, en el que siempre guardaba algo [algo que en ese momento no me preocupaba por precisar]. Siempre también sabía el camino exacto para llegar a ese anaquel y a esa gaveta: debía caminar hasta un pasillo ancho, uno que yo clasificaba como “de los principales”, recorrerlo [¿hacia atrás? ¿hacia el fondo de la biblioteca?] y pasados dos pasillos perpendiculares menores, doblar a la derecha. Encontraba entonces el cajón, ni disimulado ni oculto; por el contrario, situado a media altura, se mostraba directo, a flor del estante, lo cual, por otra parte, no me importaba. Pensaba que por las dimensiones de la biblioteca nadie o casi nadie descubriría nunca ese lugar, permaneciendo así ignorada para siempre la existencia del cajón, eso sin contar que sólo yo poseía la llave que abría su cerradura; suponía también que a nadie le parecería extraño un cajón con cerradura enclavado en un estante de biblioteca. Pero todo esto pertenecía a ese otro sueño soñado antaño, recordado en ese momento para recordar también cómo llegar otra vez a la gaveta. Ahora, sin embargo, no encontraba el camino que en ese otro sueño conocía sobradamente. Caminaba entre los pasillos sin nunca arribar al correcto, al previsto, al necesario. Finalmente pedía ayuda a una mujer. No sé o recuerdo cómo me dirigía a ella, tampoco recuerdo su respuesta. Al instante siguiente ella caminaba y yo la seguía. Creo que al caminar pasábamos por la gaveta sin detenernos. Aunque yo la reconocía de costado, tampoco intenté decir o hacer algo, no me detuve y quizá ni siquiera me inquieté. Quizá yo también pasé de largo porque entonces me daba cuenta de que ya no tenía conmigo eso que debía guardar o ocultar, que en algún momento, quizá al acercarme a la mujer para pedir que me indicara el pasillo que buscaba, ella me había preguntado a su vez para qué quería llegar ahí, y quizá yo había respondido con palabras que para guardar esto, alzando al mismo tiempo la mano derecha y sugiriéndole con un gesto que mirara lo que tenía entre los dedos pulgar e índice casi pegados, algo que yo veía también por vez primera aunque sabía desde el inicio del sueño que traía conmigo, un libro, un libro diminuto, minúsculo, del tamaño de una pizca de sal, el cual, a pesar de su tamaño, abrí y creí incluso leer algunas líneas, en ese momento, constataba entonces al pasar cerca de la gaveta sin rechistar ni detenerme, al preguntarme ella y responder yo, le había entregado el libro, quizá sin que ella me lo pidiera, quizá confiando o suponiendo, tácitamente, en que ella lo llevaría a la gaveta o simplemente lo pondría en su lugar. Pasaba entonces por el anaquel y la gaveta y tal vez advertía también por qué no había podido encontrarlos antes: porque uno de los pasillos principales, el más cercano al anaquel de la gaveta, parecía más estrecho en comparación al que yo recordaba de mi sueño anterior; ahora, aunque todavía era perpendicular a los pasillos menores, parecía uno de éstos, de ahí mi confusión y mi incapacidad para llegar por mí mismo al anaquel que buscaba. La mujer caminó todavía otro poco, pero pronto se detuvo, subió por una escalera de mano, de aluminio, y colgó el libro de un gancho largo anclado a la pared, en la última de las hileras, al lado de cientos de coches de juguete empaquetados en azul, como los Hot Wheels.  No sé si en este momento o antes advertía su uniforme como de empleada de supermercado. Yo, que me había retrasado por pararme a pensar en todo esto,  la veía situado varios metros detrás, separado por un pasillo más ancho que cualquiera, quizá desde el borde de la biblioteca, ahí donde terminaban los estantes y comenzaba otra zona, destinada a otras funciones. Veía cómo colgaba el libro, ahora empaquetado también en azul, y cómo el libro se sumía entre los otros objetos, se mimetizaba, se confundía, cómo de pronto se perdía para siempre a la mitad o al fondo del gancho que lo sostenía del empaque. Creo que entonces, quién sabe si cabizbajo o descompuesto, me encaminé hacia la salida de la biblioteca, una salida también inmensa, rematada por un arco cuya amplitud resaltaba y se hacía más clara por la intensa luz del exterior. Casi al salir me cruzaba con un exhibidor de madera, parecido a esos donde se venden libros dentro de las estaciones del metro. Al pie de éste había un estuche de medio metro de alto, abierto por la mitad, de dos o tres estantes paralelos en su interior, cada uno soportando las piezas de ajedrez más grandes que había visto nunca. Veía uno o dos peones blancos, de contornos perfectamente redondeados, y una torre negra. Pensaba en el tamaño del tablero necesario para esas piezas [pero no consideraba entonces que, como usualmente sucede, el estuche podía ser también el tablero]. Pensaba en un ajedrez minúsculo, tal vez también del tamaño de mi mano, que sostenía repentina e inexplicablemente en mi palma, y lo comparaba con ese que vendían a la salida de la biblioteca. Pero tal vez yo no tenía ninguno. Tal vez yo sólo admiraba, embelesado, uno de esos dos juegos de ajedrez ahí exhibidos.