martes, 24 de agosto de 2010

Mi firma

Últimamente he padecido algunos disgustos menores a causa de mi firma. Sin mucho ánimo comienzo la edad en que ésta adquiere un grado de relevancia que no tenía antaño. Quizá por eso, porque antes la consideraba poco o nada importante, porque si imaginaba que importaría alguna vez entonces sacaba de debajo de mi manga otra de trazos simples y rápidos susceptible de completarse en dos o tres segundos, debilité mi firma, la oficial: la volví perezosa, de líneas lánguidas y trazos abatidos, como si cada vez que necesitara de ella tuviera que buscarla en el salón de una mansión decimonónica y la encontrara recostada en un diván, siguiendo la caída del sol a través de un ventanal enorme. Esa es mi firma. O era, porque al parecer el mundo se confabula para que la enmiende y la corrija, para que sus trazos (porque son varios: yo actúo y hago las cosas, pero poco a poco y con sus reflexivas pausas) vuelvan a ser firmes, claros, legibles. En fin, para que vuelva a ser la de antes, la de mis dieciocho años, cuando sin saberlo ni temerlo, estampé a la pobre en el reverso de mi credencial de elector, para después mirarla de vez en cuando y olvidarla casi siempre, hasta ahora que, sin quererlo, la necesito, y la miro para recordarla, e intento sentirme como de dieciocho para imitar su figura lo mejor que pueda.

Hoy, por ejemplo, abrí una cuenta de banco. Tuve que firmar un contrato. Firmé. La señorita miró mi firma y respingó todo: desde su nariz hasta su alma. No es la misma firma, me dijo. Sí, es cierto, así firmaba cuando tenía dieciocho, pero sí soy yo. La justificación fue tan tonta que la señorita no la consideró tal, quizá pensó que se trataba de una anécdota o un chiste (mala y malo, también), porque volvió a respingar y me pidió que firmara abajo, fuera de los márgenes del rectángulo en donde quedaría archivada mi firma al lado de la suya. Firmé abajo, previsiblemente echándole un ojo a la de mi credencial de elector. La señorita me miró complacida o, mejor dicho, miró complacida el resultado de mi tarea. Recogió varias hojas de la impresora. Me dio una de ellas. Una idéntica a la que recién había firmado. Caí en la trampa: todo había sido un simulacro, una prueba de que sí podía hacerlo. Es casi la misma, alcancé a musitar, herido por la humillación, deseoso de sacudírmela de encima.


—Sí, pero en ésta ya no se entiende.

—No es que se entienda, es que se parezca. Yo, por ejemplo, no entiendo nada en la suya.

—Porque la mía no dice nada.

—Porque no importa si dice algo. Lo que importa es que se parezca siempre.

—(silencio) [que en mi mente significó: “Sí, cómo quieras”. O “sí, lo que sea”. O “sí, lo que quieras, pero ya firma (termina con eso y cállate)”]


[mi firma consiste en mi nombre casi completo (el último apellido lo abrevio en tres letras) escrito con letra cursiva y rematado con un garabato que sale de la última y única Z e intenta cubrir retroactivamente al resto; ese fue mi error, porque ahora la gente piensa que mi firma es mi nombre y eso, en sentido estricto, no es cierto. Siquiera como una situación hipotética imagino que pude haber elegido ciertos trazos que dieran la idea de las palabras “José Pereda Suárez” o “Enrique Tudor” o, por qué no, “María Estuardo”. La firma es un signo, no una palabra. Un signo que convencionalmente pertenece a una única persona, quien lo ha ideado y lo reproduce siempre que quiera y siempre con mínimas, imperceptibles variaciones. Pero eso no la vuelve, de ningún modo, una palabra que pueda leerse (o corregirse). La firma es un signo que puede identificarse.]


Más tarde pensé en esto. Recordé también que Derrida algo escribió sobre la firma. Quise que la señorita del banco también recordara que Derrida algo escribió al respecto.