martes, 7 de diciembre de 2010

siete de diciembre de dos mil diez


A partir de un cierto punto ya no hay regreso posible. Este es el punto a alcanzar.
Kafka, Aforismos de Zürau, 5


Leo en este blog una breve queja que atañe a toda una generación. Leo un lamento por esa falta de inventiva que, según algunos, caracteriza a los jóvenes de esta época o para ser más preciso, a la gente que aquí y ahora está intentando y fracasando, intentando y fracasando, a la gente que busca destacar, descollar de entre la medianía, hacer algo que signifique este mundo y este tiempo —tal vez, todavía, para despachar a los viejos, para quitarlos de las cómodas poltronas desde donde pontifican, para echarlos al olvido. 

(leo, también, un alegato que me recuerda a Ortega y Gasset)

¿Será cierto? ¿Será que, como alguien más ha dicho, «lo que viene es un arte de pastiches, parodias, hipertextos, collages, sampleos»? ¿Será que después de  tantos y tantos y tan diferentes mayores estamos condenados a la repetición en cualquiera de sus formas? ¿Será que esos mayores han agotado ya todas las formas de expresar esto?

Si es así, ¿qué pasa entonces con esa «hipertrofia del yo» que según otros también caracteriza esta época? ¿Dónde toda esa creatividad que, dicen, se favorece como nunca antes, entre todos y para cualquiera? O la cacareada posibilidad de que un don nadie, un geek de dos o tres amigos y fines de semana en casa, un sujeto de una sola habilidad o de un solo atractivo despierte un día con millones de dólares en la bolsa y reconocimiento mundial sólo por "atreverse".

Somos originales, nos dicen (o nos ordenan, quién sabe). Y lo creemos. Intentamos a toda costa ser originales: volviéndonos emos o hipsters, comprando a crédito un iPad, ignorando supina y orgullosamente lo clásico, lo tradicional, lo que tenga ese rancio tufo de lo canónico. ¿Así somos más originales? ¿No suena contradictorio hablar de originalidad en plural? ¿No bastaría esta mínima falla del lenguaje para comenzar a sospechar?

(pero sobre esa originalidad ya he escrito antes)

Tal vez sean esas dos fuerzas las que tiran de esta generación. La conservadora y la crítica. La de la «zona de confort» y la incómoda. Dos fuerzas no siempre distanciadas ni repelentes entre sí ni puras. La que se regodea con la creatividad contenida, con la originalidad preestablecida, con esa inventiva reaccionaria que farisaicamente cambia las cosas en su superficie, en sus detalles más nimios, que produce en todos los ámbitos objetos de pronta adquisición, de consumo urgente, de desecho inmediato, esa pirotecnia que a nosotros los del "diseño centrado en el usuario" tanto y tan fácil nos impresiona... y que olvidamos al instante siguiente, distraídos por el siguiente resplandor. O esa otra fuerza que profetiza la llegada inminente de una nueva época sin nada ya de nuevo, que anuncia la permanencia inmutable de las actitudes y los motivos y los temas, la imposibilidad de cambiar sustancialmente nada, lo anacrónico, hilarante o banal que resulta querer crear algo, esa otra fuerza que a pesar de todo, a pesar de la certeza del fracaso y lo inútil del esfuerzo, insiste en intentarlo una vez más —esperando, quizá, que en esta las cosas se rompan desde dentro.


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