martes, 31 de agosto de 2010

Interpretación

Es posible interpretar románticamente una pieza barroca:



Y una romántica, barrocamente:



El primero es un ejemplo de conservadurismo; el segundo, de audacia o de irreverencia.

Pero esto es, también, una interpretación.

martes, 24 de agosto de 2010

Mi firma

Últimamente he padecido algunos disgustos menores a causa de mi firma. Sin mucho ánimo comienzo la edad en que ésta adquiere un grado de relevancia que no tenía antaño. Quizá por eso, porque antes la consideraba poco o nada importante, porque si imaginaba que importaría alguna vez entonces sacaba de debajo de mi manga otra de trazos simples y rápidos susceptible de completarse en dos o tres segundos, debilité mi firma, la oficial: la volví perezosa, de líneas lánguidas y trazos abatidos, como si cada vez que necesitara de ella tuviera que buscarla en el salón de una mansión decimonónica y la encontrara recostada en un diván, siguiendo la caída del sol a través de un ventanal enorme. Esa es mi firma. O era, porque al parecer el mundo se confabula para que la enmiende y la corrija, para que sus trazos (porque son varios: yo actúo y hago las cosas, pero poco a poco y con sus reflexivas pausas) vuelvan a ser firmes, claros, legibles. En fin, para que vuelva a ser la de antes, la de mis dieciocho años, cuando sin saberlo ni temerlo, estampé a la pobre en el reverso de mi credencial de elector, para después mirarla de vez en cuando y olvidarla casi siempre, hasta ahora que, sin quererlo, la necesito, y la miro para recordarla, e intento sentirme como de dieciocho para imitar su figura lo mejor que pueda.

Hoy, por ejemplo, abrí una cuenta de banco. Tuve que firmar un contrato. Firmé. La señorita miró mi firma y respingó todo: desde su nariz hasta su alma. No es la misma firma, me dijo. Sí, es cierto, así firmaba cuando tenía dieciocho, pero sí soy yo. La justificación fue tan tonta que la señorita no la consideró tal, quizá pensó que se trataba de una anécdota o un chiste (mala y malo, también), porque volvió a respingar y me pidió que firmara abajo, fuera de los márgenes del rectángulo en donde quedaría archivada mi firma al lado de la suya. Firmé abajo, previsiblemente echándole un ojo a la de mi credencial de elector. La señorita me miró complacida o, mejor dicho, miró complacida el resultado de mi tarea. Recogió varias hojas de la impresora. Me dio una de ellas. Una idéntica a la que recién había firmado. Caí en la trampa: todo había sido un simulacro, una prueba de que sí podía hacerlo. Es casi la misma, alcancé a musitar, herido por la humillación, deseoso de sacudírmela de encima.


—Sí, pero en ésta ya no se entiende.

—No es que se entienda, es que se parezca. Yo, por ejemplo, no entiendo nada en la suya.

—Porque la mía no dice nada.

—Porque no importa si dice algo. Lo que importa es que se parezca siempre.

—(silencio) [que en mi mente significó: “Sí, cómo quieras”. O “sí, lo que sea”. O “sí, lo que quieras, pero ya firma (termina con eso y cállate)”]


[mi firma consiste en mi nombre casi completo (el último apellido lo abrevio en tres letras) escrito con letra cursiva y rematado con un garabato que sale de la última y única Z e intenta cubrir retroactivamente al resto; ese fue mi error, porque ahora la gente piensa que mi firma es mi nombre y eso, en sentido estricto, no es cierto. Siquiera como una situación hipotética imagino que pude haber elegido ciertos trazos que dieran la idea de las palabras “José Pereda Suárez” o “Enrique Tudor” o, por qué no, “María Estuardo”. La firma es un signo, no una palabra. Un signo que convencionalmente pertenece a una única persona, quien lo ha ideado y lo reproduce siempre que quiera y siempre con mínimas, imperceptibles variaciones. Pero eso no la vuelve, de ningún modo, una palabra que pueda leerse (o corregirse). La firma es un signo que puede identificarse.]


Más tarde pensé en esto. Recordé también que Derrida algo escribió sobre la firma. Quise que la señorita del banco también recordara que Derrida algo escribió al respecto.

miércoles, 18 de agosto de 2010

Paraíso me gustabas



«—¿En qué otro sitio estamos? ¿Crees que la divinidad puede crear otro sitio que no sea el Paraíso? ¿Crees que la Caída es otra cosa que ignorar que estamos en el Paraíso?»



«La expulsión del Paraíso es eterna en su parte principal: entonces, la expulsión del Paraíso es eterna, la vida en el mundo, inevitable; pero la eternidad del suceso hace que a pesar de todo sea posible no sólo que podamos permanecer de manera duradera en el Paraíso, sino que en realidad estemos de manera duradera en él, sin importar si lo sabemos o no.»

Kafka, Aforismo 64


«Fuimos creados para vivir en el Paraíso, el Paraíso estaba destinado a servirnos. Nuestro destino fue modificado; pero nada se ha dicho acerca de que lo mismo haya sucedido con el destino del Paraíso.»

sábado, 14 de agosto de 2010

Originalidad


¿Qué es una idea original? Una que he pensado por mí mismo en el marco de mis límites y cuya expresión roza esos mismos límites.

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Hasta antes del Romanticismo, el lugar privilegiado de la originalidad lo ocupaba la imitación. La originalidad existía, pero en los márgenes, y recibía otro nombre: (in)genio.

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Acaso sería mejor, más admirable, pretender la origenialidad.

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Las mayorías contemporáneas buscan obsesivamente ser originales. Su originalidad, sin embargo, es efímera, subordinada al efecto inmediato y la referencia obvia. Aunque a veces creativa, la suya es una originalidad contenida, limitada, irreflexiva, pendiente de las demandas dominantes.

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Ni autor ni personalidad. La ambición: convertirse en una marca. En el logotipo estilizado al frente de una playera.

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Si la originalidad, con su hálito amargo, no corroe las estructuras, sólo es hipocresía. Pose. [Y aquí originalidad es sucedáneo de vanguardia]

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La originalidad es ante todo una certeza subjetiva, irrenunciable.

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Ser original significa, ante todo, ser crítico —de uno mismo.


martes, 10 de agosto de 2010

"Sátira, el libro cabrón" (Salvador Novo)

Gracias a @Corolarios he conocido una serie de sonetos de Salvador Novo (y unas redondillas dedicadas a Ermilo Abreu Gómez): todos satíricos, todos procaces, todos vulgarmente ingeniosos. El texto de la página que los presenta dice mucho, pero no todo es importante. Mejor habría sido indicar algunos datos mínimos sobre su publicación primera, quiénes son los aludidos y por qué razones, etcétera. Si no existe ya, sin duda estos poemas merecen una mejor edición.

El libro que los reunió se titula Sátira, el libro cabrón y según la base de datos de la UNAM (donde timoratamente tres mojigatos puntos suspensivos reducen su título a Sátira: el libro ca...) fue publicado por la editorial Diana en 1978. Hay otra anterior, de 1970, aparecida bajo el sello de Alberto Dallal que se llama simplemente Sátira. (éstos y otros datos, aquí).

Por lo pronto copio el siguiente, como prueba, como acicate a la curiosidad de quien lea estas pocas líneas. Lo elegí por su inicio tan quevedesco y su final tan gongorino. El resto, acá.

(Pero no todo: éste otro, por ejemplo, no aparece ahí. Ni "La Diegada" completa, dedicada a Rivera, y sobre la que versa este análisis. A fin de cuentas, creo que será mejor encontrar y consultar el libro).


***


Ultrapiojo, archiliendre, multichinche,

bufoncete, soplón, semiladilla,

no hay festival, fiestaza o fiestecilla,

en la que no rebuzne o no relinche.


Puta como la clásica malinche,

actrizuela, metiche, estudiantilla,

con todo el que se deja se atornilla,

le pide un peso y le presta el pinche.


¡Oh, pareja feliz! Este es el cuento:

aliáronse una meretriz y un pillo

(que para todo da el departamento).


Invitáronme a ver El Laborillo:

y en premio a su magnífico talento,

nutridas palmas dióles mi fundillo.


***


(Si la voluntad no me falla, quizá en estos días haga una breve nota para este soneto.)