miércoles, 16 de mayo de 2012

Estoy condenado a equivocarme, siempre


Estoy condenado a equivocarme siempre, a enamorarme de la persona equivocada, en el momento equivocado, en circunstancias equivocadas, con pretensiones equivocadas. Estoy condenado a encontrarme siempre en un punto desconocido, un estado indescifrable entre el destiempo y la mediocridad. Estoy condenado a mirar al amor solo en su reflejo inerte, en los libros, la música, alguna película, arias y duetos de Mozart y Verdi, en esos destellos espontáneos y fugaces de felicidad: la risa de un niño, un rayo de sol mezclándose entre el azahar de un limonero, la compañía de un perro. Estoy condenado a sentir, impotente, cómo la marea de la soledad sube por las noches, en las horas ociosas e inactivas, amenazando con cubrirme y con ahogarme, incapaz como soy de frenarla ―como nadie puede detener la fuerza de gravedad en las aguas del océano.