«Buscan luego mis ojos tu presencia»: la frustración de tenerte frente a mí
y, sin embargo, no tenerte de ningún modo.
jueves, 31 de mayo de 2012
miércoles, 16 de mayo de 2012
Estoy condenado a equivocarme, siempre
Estoy condenado a equivocarme siempre, a enamorarme de la persona
equivocada, en el momento equivocado, en circunstancias equivocadas, con
pretensiones equivocadas. Estoy condenado a encontrarme siempre en un punto
desconocido, un estado indescifrable entre el destiempo y la
mediocridad. Estoy condenado a mirar al amor solo en su reflejo inerte, en
los libros, la música, alguna película, arias y duetos de Mozart y Verdi, en esos destellos espontáneos y fugaces de felicidad: la risa de un niño, un rayo de sol
mezclándose entre el azahar de un limonero, la compañía de un perro. Estoy
condenado a sentir, impotente, cómo la marea de la soledad sube por las noches,
en las horas ociosas e inactivas, amenazando con cubrirme y con ahogarme,
incapaz como soy de frenarla ―como nadie puede detener la fuerza de gravedad en las
aguas del océano.
domingo, 13 de mayo de 2012
Ejercicio de estilo II
Je me voyais perdu dans la vie comme sur une plage illimitée où j’étais seul et où, dans quelque sens que j’allasse, je ne la rencontrerais jamais.
Albertine disparue
Últimamente, cuando pienso que estoy enamorado, estos pensamientos terminan estrellándose contra Proust, contra alguno de sus motivos y sus manías, contra su paciente crueldad para detallar la realidad invisible del amor, contra los celos, contra el deseo a todas luces infundado de querer conocer la vida y los secretos de la mujer amada, contra el miedo de que esto que llamo amor sea una desmesura imposible de corresponderse.
Últimamente, cuando pienso que estoy enamorado, al mismo tiempo dobla la esquina de mis pensamientos Proust, lo miro acercarse, salir de esa especie de recepción donde se encuentra, ese mostrador desde donde despacha en mi mente, tan solícito él, tan atento a mis peticiones y mis necesidades, tan presto para explicarme con precisión quirúrgica lo que siento, lo que alguna vez sentí, lo que seguramente sentiré, para trazar el derrotero fatal de esto que llamo amor: el fracaso, el olvido, la indiferencia última y banal e inevitable.
Últimamente, porque estoy enamorado, no puedo pensar en otra cosa. No puedo leer ―mucho menos a Proust― sin que a cada línea, en cada glosa, en cada ejemplo e imagen, te vea ahí, asomándote, buscándote un lugar entre la estrechez de las palabras y los signos, obstinado en tenerte ahí, en mirarte, en nunca perderte.