lunes, 27 de diciembre de 2010

Vasos comunicantes (1)


«l’ingéniosité du premier romancier consista à comprendre que dans l’appareil de nos émotions, l’image étant le seul élément essentiel, la simplification qui consisterait à supprimer purement et simplement les personnages réels serait un perfectionnement décisif.» Proust, Du côté de chez Swann, "Combray"

[el ingenio del primer novelista consistió en comprender que en el conjunto de nuestras emociones, la imagen es el único elemento esencial, la simplificación consistente en suprimir pura y simplemente los personajes reales significó un perfeccionamiento decisivo.]

«Literature was born not the day when a boy crying wolf, wolf came running out of the Neanderthal valley with a big gray wolf at his heels: literature was born on the day when a boy came crying wolf, wolf and there was no wolf behind him.» Nabokov, Lectures on Literature, "Good Readers and Good Writers"

[La literatura no nació el día en que un niño corrió a través del valle del Neanderthal gritando "un lobo, un lobo" con un gran lobo gris pisándole los talones: la literatura nació el día en que un niño llegó gritando "un lobo, un lobo" y no había ningún lobo detrás de él.]

jueves, 23 de diciembre de 2010

Ejercicio de estilo


l’idée vague d’aimer, dans laquelle il n’y a pas d’amour

Anoche te soñé, sin duda por causa de Proust. Hasta ahora no han sido pocos los pasajes de este primer tomo que al leerlos, al terminarlos o al encontrarme en medio de sus palabras y sus significados, al sentir, quién sabe si falsamente, que soy capaz de intuir el sentimiento último que intentan nombrar, inevitablemente te recuerdo. A veces por una trivialidad, como con esos dos de la primera parte que aluden a la buena crianza de una persona, al mucho aprecio que la familia provinciana del narrador dispensa a ese sutil refinamiento que se manifiesta en acciones en apariencia banales aunque secretamente admiradas, como la elección inmejorable de las hortalizas para la cena o el conocimiento de la mejor tienda para adquirir el regalo más adecuado para cierto personaje. En otras son párrafos mucho más importantes, mucho más vivos y trascendentes, todos de la segunda parte, todos concernientes a los amores entre Swann y Odette, a la titubeante inocencia con que Swann se acerca a ella en sus primeras noches de intimidad y aislamiento o a la penosa frialdad que cae sobre el trato de ella hacia él, la tiránica frustración a la que Swann se somete ahora que Odette se sabe amada o reverenciada o codiciada para siempre y sin remisión, a esa hiriente comodidad con la que ella se instala en los lindes del punto sin retorno y cuya posición no sería tal sin esa mansa costumbre de Swann hacia sus desplantes y sus caprichos, último vínculo con el que se ata a ella y su vida y sus quehaceres, esa abúlica resignación que le obliga a armar estructuras complicadas cuyo resultado final será, si todo se cumple de conformidad con el plan trazado, un agradecimiento de Odette o un recado suyo o la posibilidad y el permiso de pasar a visitarla a su casa. Entonces pienso que esta tristeza que todavía me dura y que a ratos se deja sentir sin aviso ni cuidado, a la mitad de una tarea doméstica, al despertar de un sueño tristemente grato como el de anoche, se parece demasiado a esos fragmentos de Proust, tanto, que imagino que, según me sucedió ya con aquellos pocos versos de Boscán y Herrera, pude consultar este destino de fracaso y desilusión antes de padecerlo con sólo abrir el libro en la página correcta, en la descripción justa que auguraba el desenlace necesario de mis torpes escarceos para contigo. Pero después, al instante siguiente, abro los ojos y mi realidad disipa estas ensoñaciones. Pienso en la tortura inútil que me provoco con este sentimentalismo literario. Pienso en que sin esa desilusión dejaría de notar esos fragmentos, pasaría de largo junto a ellos, con la misma distracción con que recorro los aparadores de una boutique, con el mismo tedio con que camino esas largas avenidas saturadas de miles o millones de autos que me parecen todos iguales, todos con idéntico conductor, los leería sin detenerme ni asombrarme, como si leyera una receta de cocina o como si escuchara la relación que de un hecho corriente me hace un amigo. Pienso que quizá sin esa desilusión no sería capaz, ahora, de seguir leyendo a Proust.

martes, 14 de diciembre de 2010

¿No te ha pasado?


¿No te ha pasado que vas por la calle o en un vagón del metro o que estás sentado, bebiendo un café o una cerveza o tomando apuntes en un salón de clases y allá, no muy lejos, en la acera opuesta, recargado en la puerta para salir en la próxima estación, al otro lado del cristal o cerca del escritorio del maestro ves a alguien, una persona cualquiera, un desconocido con quien quizá nunca volverás a encontrarte que sin embargo llama tu atención, deja por un instante de ser un cualquiera y se destaca en el escenario anodino de la cotidianeidad, de entre la muchedumbre citadina, como alguien único no por un defecto o una cualidad suya, sino por el parecido increíble que guarda con alguno de los famosos, de los conocidos, alguno de esos pocos que cada tanto figuran en los periódicos y los noticieros de la televisión y las imágenes circulantes por todos los medios posibles, o a uno que aunque no sea querido de las multitudes al menos es reconocido por algunos cientos o miles de fieles, devotos de un culto público pero íntimo y compartido sólo en ocasiones extraordinarias, entonces piensas que ese que tienes enfrente, el cincuentón de suéter raído y pantalones lustrosos, ese hombre ligeramente encorvado, obeso y de calvicie descuidada, bigote corto y pardo, ese hombre que por inercia o costumbre busca el nombre de la estación adonde llega el tren aunque sepa hace varias en cuál debe bajar, se parece mucho a Slim, y ríes por dentro, pensando todavía más, imaginando que tal vez acabas de atestiguar una falla del sistema, una repetición de la vida o de la realidad que seguramente no deberías haber visto, piensas que tal vez, a estas alturas, después de siglos y siglos de historia, configurar o producir tantas vidas completamente diferentes entre sí es imposible o improbable, que las posibilidades se están agotando, que tal vez ese hombre es y no es Slim: tiene su cuerpo y su rostro pero no su vida ni su riqueza, porque basta añadir una sola variable para ampliar holgadamente las probabilidades y las combinaciones de un universo, como cuando agregaron primero uno y después dos dígitos a los números telefónicos de la ciudad, dices en tu mente, y te diviertes, y ese viaje tempranero hacia la universidad se vuelve así menos aburrido, y tres o cuatro años después recuerdas esto porque en un curso al que asistes, uno no siempre interesante que frecuentas por ocupar tu tiempo de alguna forma menos inútil que trabajando, miraste un día a un hombre mayor, lo notaste primero por su sombrero, accesorio más bien extravagante hoy en día, y después por su edad, por lo extraño que era verlo en un grupo dominado por jóvenes de veintitantos años, ansiosos quizá por recomponer o afianzar su futuro, y en menor medida por cuarentones estancados en lo mejor que pudieron hacer de sus vidas y por los freaks del mundillo académico, el mundillo de las conferencias y las presentaciones de libros y los cursos gratuitos, esa gente también madura, seguramente sola, que con resignada disciplina acude a esos encuentros también, como tú, por tener algo qué hacer, algo en qué ocuparse, gente rara, siniestra, deforme en su apariencia pero no por defectos físicos, sino por cierta secreta corrupción de su espíritu, aunque inofensiva y de algún modo perversamente inocente, pero ese hombre no pertenece a ninguna de estas clasificaciones que acabas de inventarte, incluso cuando lo miras piensas que ni siquiera es un alumno, algo en él —cierta prisa por irse, cierta incomodidad por estar ahí— te sugiere la fantástica idea de que es el chofer de alguien más, de alguien que sí escucha las clases por voluntad y acaso con gusto, ves todo eso en él, y ves, simultáneamente o un instante después, que su cara de viejo se parece a la del viejo Salvador Elizondo, al menos de perfil, porque pasados un par de minutos, cuando camina hacia donde tú estás buscando la salida, notas que de frente sólo conserva esas cejas triangulares que nunca pasas por alto, esas cejas que te gusta pensar como expresión fisonómica de un temperamento melancólico o reflexivo o musical, esas cejas que en sus momentos más profundos o de más melancólica alegría elevan no pocos pianistas célebres, algún director de orquesta y quizá hasta un profesor con quien aprendiste a leer cuidadosamente el Quijote (tan distinto, por otra parte, de ese otro con quien leían poemas de Lope y Quevedo y Góngora, y a quien recuerdas no sólo por esa similitud más bien temática, sino porque hace unos días, en un local dedicado al comercio de lámparas y candiles te fijaste más de lo normal o necesario en el dueño o el encargado, en el único que se preocupaba por atender a los clientes e impedir, tanto como pudiera, que compraran en una tienda diferente, lo miraste mientras descansaba durante uno de esos raros momentos en que incluso en un negocio tan trivial y tan mundano como ese sobreviene una mansa quietud, una tranquilidad que en tanto no se agota se siente infinita, ese silencio eterno e incuestionable de un universo que desde su creación jamás ha experimentado el movimiento, y ahí, en medio de esa eternidad, estaba el hombre sentado en un silla maltratada, con la espuma de fuera, oxidada en su armazón, trono más que adecuado para ese rey de la medianía, para ese cuerpo fofo desvirgado de juventud y vigor que comienza a conocer el rancio sabor del cansancio, ese hombre que de perfil, cuando alguien lo llamó para preguntarle una tontería, quizá dónde había ido Luis o qué se le antojaba para almorzar, lo único que hizo fue enderezar la cabeza y la mirada para responder sin levantarse ni acercarse, frunciendo ligeramente el ceño, y esa suma de gestos fue la que miraste con atención sin recordar, por más que te esforzaras, dónde la habías visto antes, en qué rostro, bajo qué luz, por qué motivo, pero tu mente fue entonces un baúl cerrado, un libro de cientos o miles de páginas ilegibles o escritas en un idioma conocido pero indescifrable, fue una bóveda oscura de la que adivinabas sólo su profundidad, su altura, los frescos que ricamente la adornaban, y por pereza e ineptitud abandonaste el asunto, fingiendo indiferencia, hasta hace unos días en que habías llegado ya a al cierre de esta larga pregunta, el lunes por la mañana cuando no sabes a santo de qué recordaste a tu profesor de Siglos de Oro, cuando fuiste capaz de asociarlo con el vendedor de lámparas y, de nuevo, te preguntaste cómo puede ser esto posible, cómo dos personas más o menos de la misma edad y tan parecidos entre sí pueden tener destinos tan diferentes y, al mismo tiempo, gestos tan iguales) esas cejas que, supones sin mucha seguridad, también tenía Salvador Elizondo, vuelves a sonreír para ti, pero ahora pensando menos en aquella teoría elaborada a bordo de un vagón de metro que en otro incidente, este mismo año pero hace ya varios meses, sucedido también en un salón de clases donde tomabas una que ni siquiera pertenecía a tu carrera, recuerdas que ahí dentro, entre los cuarenta o cincuenta recién ingresados había un muchacho cuyo aire de distinción y refinamiento bastó para que te fijaras en él, un aire que le imputaste arbitrariamente y que no sabrías precisar de dónde provenía, si de su pulóver negro de cuello de tortuga o si de su peinado un tanto anticuado, un tanto pasado de moda, de niño bueno y serio y formal, te das cuenta entonces de que ese muchacho que ronda la mayoría de edad se parece mucho a Salvador Elizondo o un Salvador Elizondo que imaginas o formas a partir de las fotografías que conoces y evocas borrosamente en ese momento, fotografías que tal vez no existan fuera de tu memoria o que ni siquiera valga la pena denominar así, quizá lo único que tienes es una imagen genérica, ideal, de Salvador Elizondo, de su cabeza de contornos redondeados, de su cabello oscuro perfectamente arreglado siempre, de esa suficiencia y seguridad en la actitud y la manera de conducirse ante los demás propia de quienes son criados con adinerado esmero, y de esa imagen sacas o formas un hipotético Elizondo joven, uno que se parece al muchacho sentado a varias filas de distancia de donde tú estás, uno con ese tic tan raramente común de parpadear cada cierto tiempo forzada y aparatosamente, como bajando y subiendo los párpados más tiempo del necesario sirviéndose de más músculos que los necesarios, recuerdas que esa tarde pensaste otra vez en una posible repetición de la vida, quizá viste a Salvador Elizondo cuando joven, cuando asistía a esa misma facultad (¿pero asistía?), lo piensas, pero sin insistir mucho, lo piensas durante un momento y lo olvidas después, un poco porque el tema ya no te entretiene ni te interesa y otro poco porque algunas semanas después abandonas el curso al sentirte ridículo entre tanto joven, entre tanta ilusión, entre tanta esperanza, lo olvidas hasta la mañana en que te encuentras con el Salvador Elizondo viejo, lo olvidas hasta otra mañana en que otra vez en un vagón de metro coincides con otro joven, de dieciocho o diecinueve años, marginal por destino y después por elección, de ropas sucias a punto del andrajo, lumpen o underground o grunge, un inútil y un desocupado, uno que se citó con otros dos como él, quienes abordan el metro una o dos estaciones después de que tú reparaste en su presencia, quienes se disculpan con él por el retraso, con quienes se saluda cariñosamente y uno de los cuales, uno regordete de piel blanca, de inmediato pero con calma saca de la mochila que llevaba a la espalda algo para mostrarle, unas revistas o unos videojuegos, no lo distingues con claridad, conjeturas entonces, con esos indicios, que ese que estaba desde el principio pasa como el importante del grupo, como el inteligente o el audaz, el carnero solitario que guía y cuida a la manada sin que ésta lo entienda ni lo agradezca, lo miras de reojo, a escondidas, fingiendo torpemente que haces otra cosa, que buscas algo entre tus cuadernos o que lees el libro que cargas contigo, lo miras, no puedes evitarlo, no sabes por qué te sientes atraído por ese tipo de gente, por los apestados de la sociedad, por los mendigos y los limosneros y los locos que andan sueltos en las calles y los andenes del metro, por el oficinista de traje y gafete que ya a las ocho de la noche viaja completamente ahogado, por esa gente desafortunada y miserable que aunque salió de un lugar para dirigirse a otro da la impresión de no tener un destino fijo ni una ruta obligada, lo miras de nuevo y miras ahora sus grandes lentes de pasta, curveados pero no perfectamente circulares, de color maple o carey, y ese detalle aunado al resto de su apariencia te hace pensar en Bolaño, en que quizá así se veía Roberto Bolaño cuando era joven en la Ciudad de México, cuando no era Roberto Bolaño sino un muchacho cualquiera sin ocupación manifiesta ni imperativa más allá de las ejecutadas por convicción, por tozudez, por esa fe irrenunciable en sí mismo que posee el verdadero artista, el adolescente, el que todavía no sabe si lo logrará, el que sabe de antemano que lograrlo significa fracasar, una y otra vez, siempre, en cualquier oportunidad, un muchacho como el de la primera parte de Los detectives, ese que anda por las calles del Centro cuando debía estar en la universidad, leyendo en las bancas de la Alameda, robando libros del Sótano, visitando las de viejo, escribiendo en un café de la calle Colón, piensas en esto por los lentes y el cabello alborotado y crespo del que tienes enfrente, piensas que sus pantalones sucios y su camisa de dos o tres puestas consecutivas y sin lavar lejos de ocultar cierta triste inteligencia la resalta, como si ya en su figura, en su parecido accidental con Roberto Bolaño, pudiera leerse su destino de silencio y soledad incluso si nunca en su vida termina de leer un libro o de llenar con su escritura una página en blanco, piensas y piensas y piensas, pero ya no en tus teorías de juventud que te aburren o te avergüenzan, piensas, mejor, en escribirlo, pero antes de que puedas hacerlo, mientras llegas a tu casa para sentarte frente a la computadora, mientras caminas rumbo al paradero de los camiones que te llevan a casa, sin voluntad de por medio irrumpe en tu mente el motivo inicial, ese No te ha pasado que, y te alegras, porque después de eso las siguientes palabras surgen casi como si manaran de un surtidor continuo y que quisieras inagotable, un alto surtidor que el viento arquea, pero aunque escribes y piensas menos piensas todavía en que esas ideas primerizas germinaron gracias a un cuento de Cortázar, uno que leíste cuando ya no creías en Cortázar, uno del que todavía no abjuras y quizá el único que respetas por carecer a tus ojos de esa retórica juvenil tan imantada que intentaste seguir e imitar no pocas veces luego de pasar horas o días leyendo sus cuentos, y también de esto te alegras, de ya no tenerlo presente, pero pronto dudas de que esto sea cierto, dudas, sobre todo, al escribir pulóver para decir suéter, por no repetir suéter, es esa palabra la que provoca el recuerdo, la que te hace pensar en Una flor amarilla, en ese monólogo de ebrio que, no te cuesta aceptar, guarda cierto parecido con éste que ahora escribes, y sonríes decepcionado y piensas e incluso te lamentas un poco de que esto todavía sea así? ¿No te ha pasado? ¿Nunca?

martes, 7 de diciembre de 2010

siete de diciembre de dos mil diez


A partir de un cierto punto ya no hay regreso posible. Este es el punto a alcanzar.
Kafka, Aforismos de Zürau, 5


Leo en este blog una breve queja que atañe a toda una generación. Leo un lamento por esa falta de inventiva que, según algunos, caracteriza a los jóvenes de esta época o para ser más preciso, a la gente que aquí y ahora está intentando y fracasando, intentando y fracasando, a la gente que busca destacar, descollar de entre la medianía, hacer algo que signifique este mundo y este tiempo —tal vez, todavía, para despachar a los viejos, para quitarlos de las cómodas poltronas desde donde pontifican, para echarlos al olvido. 

(leo, también, un alegato que me recuerda a Ortega y Gasset)

¿Será cierto? ¿Será que, como alguien más ha dicho, «lo que viene es un arte de pastiches, parodias, hipertextos, collages, sampleos»? ¿Será que después de  tantos y tantos y tan diferentes mayores estamos condenados a la repetición en cualquiera de sus formas? ¿Será que esos mayores han agotado ya todas las formas de expresar esto?

Si es así, ¿qué pasa entonces con esa «hipertrofia del yo» que según otros también caracteriza esta época? ¿Dónde toda esa creatividad que, dicen, se favorece como nunca antes, entre todos y para cualquiera? O la cacareada posibilidad de que un don nadie, un geek de dos o tres amigos y fines de semana en casa, un sujeto de una sola habilidad o de un solo atractivo despierte un día con millones de dólares en la bolsa y reconocimiento mundial sólo por "atreverse".

Somos originales, nos dicen (o nos ordenan, quién sabe). Y lo creemos. Intentamos a toda costa ser originales: volviéndonos emos o hipsters, comprando a crédito un iPad, ignorando supina y orgullosamente lo clásico, lo tradicional, lo que tenga ese rancio tufo de lo canónico. ¿Así somos más originales? ¿No suena contradictorio hablar de originalidad en plural? ¿No bastaría esta mínima falla del lenguaje para comenzar a sospechar?

(pero sobre esa originalidad ya he escrito antes)

Tal vez sean esas dos fuerzas las que tiran de esta generación. La conservadora y la crítica. La de la «zona de confort» y la incómoda. Dos fuerzas no siempre distanciadas ni repelentes entre sí ni puras. La que se regodea con la creatividad contenida, con la originalidad preestablecida, con esa inventiva reaccionaria que farisaicamente cambia las cosas en su superficie, en sus detalles más nimios, que produce en todos los ámbitos objetos de pronta adquisición, de consumo urgente, de desecho inmediato, esa pirotecnia que a nosotros los del "diseño centrado en el usuario" tanto y tan fácil nos impresiona... y que olvidamos al instante siguiente, distraídos por el siguiente resplandor. O esa otra fuerza que profetiza la llegada inminente de una nueva época sin nada ya de nuevo, que anuncia la permanencia inmutable de las actitudes y los motivos y los temas, la imposibilidad de cambiar sustancialmente nada, lo anacrónico, hilarante o banal que resulta querer crear algo, esa otra fuerza que a pesar de todo, a pesar de la certeza del fracaso y lo inútil del esfuerzo, insiste en intentarlo una vez más —esperando, quizá, que en esta las cosas se rompan desde dentro.


miércoles, 1 de diciembre de 2010

Algunos momentos importantes en la normalización del idioma español


Antonio de Nebrija inaugura, con su Gramática de la lengua castellana (1492) y las Reglas de ortografía española (1517), el proceso de institucionalización del idioma español que finalizaría doscientos años después con el Diccionario de autoridades, publicado entre 1726 y 1739 (de su segunda edición, inconclusa, únicamente se publicó en 1770 el tomo “A-B”), el primer diccionario elaborado por la Real Academia Española (fundada en 1713) bajo la premisa de que existían autoridades a las cuales apelar para defender la inclusión y el uso de una palabra: «Como basa y fundamento de este Diccionario» dice la Academia en el tercer parágrafo del Prólogo de 1726, «se han puesto a los Autores que ha parecido a la Academia han tratado la Lengua Española con la mayor propiedad y elegancia: conociéndose por ello su buen juicio, claridad y proporción, con cuyas autoridades están afianzadas las voces, y aun algunas, que por no practicadas se ignora la noticia de ellas, y las que no están en uso, pues aunque son propias de la Lengua Española, el olvido y la mudanza de términos y voces, con la variedad de los tiempos, las ha hecho ya incultas y despreciables: como igualmente ha sucedido en las Lenguas Toscana y Francesa, que cada día se han pulido y perfeccionado más: contribuyendo mucho para ello los Diccionarios y Vocabularios, que de estos idiomas se han dado a la estampa, y en lo que han trabajado tantas doctas Academias: sobre lo que es bien reparable, que habiendo sido Don Sebastián de Covarrubias el primero que se dedicó a este nobilísimo estudio, en que los extranjeros siguiéndole se han adelantado con tanta diligencia y esmero, sea la Nación Española la última a la perfección del Diccionario de su Lengua: y sin duda no pudiera llegar a un fin tan grande a no tener un fomento tan elevado como el de su Augusto Monarca»; en el onceno, se insiste en la justificación: «Las citas de los Autores para comprobación de las voces, en unas se ponen para autoridad, y en otras para ejemplo, como las voces que no están en uso, y el olvido las ha desterrado de la Lengua». Al reconocer a estas “autoridades” (Cervantes, Góngora, Lope, fray Luis de León, Santa Teresa, Quevedo, en fin, la nómina mayor del Siglo de Oro), la RAE reconoce también —con la morosidad propia de cualquier academia— los límites del idioma, su solidez y, sobre todo, su estabilidad. Dicho brevemente: a pesar de la diferencia de regiones o de épocas, fue posible entonces reconocer cierta uniformidad de la lengua española.

Entre un siglo y otro, entre Nebrija y la RAE, se encuentra Sebastián de Covarrubias y Orozco, autor del Tesoro de la lengua castellana o española (1611), diccionario éste que, a decir de la propia Academia, es el antecedente más inmediato del Diccionario de Autoridades —donde, dicho sea de paso, es citado frecuentemente con el estribillo “Trae esta voz Covarrubias”. El trabajo de Covarrubias, trabajo de un solo hombre, es una obra de consulta indispensable para entender la literatura española de los siglos XVI y XVII, pues si bien la inclusión de voces está fundamentada en un criterio esencialmente etimológico (no siempre preciso), su autor se preocupó también por hacer explícitos los vínculos de las palabras con las prácticas cotidianas de la época, permitiendo así al lector invocar, incluso en nuestros días, algo de la esencia viva que acompaña a toda palabra.

En cuanto a otros idiomas, cito como referencia el nombre y año de fundación de sus respectivos diccionarios y academias. Es notable que, salvo el caso del idioma alemán, esta voluntad de fijar los límites de una lengua sean todos contemporáneos. Sin duda se trata de una manifestación, en un ámbito tan disciplinario como el penal, del proceso de normalización que a decir de Foucault (Vigilar y castigar) se gestó en Europa entre los siglos XVI y XVII y alcanzó su auge entre el XVIII y el XIX.

-Accademia della Crusca, 1570-1580; Il Vocabolario degli Accademici della Crusca, 1612

-Académie française, 1635; Dictionnaire de l’Académie française, 1694

-A table alphabetical containing and teaching the true writing, and understanding of hard usual English words..., de Robert Cawdrey, 1604

-A Dictionary of the English Language, del Samuel Johnson, 1755 (a diferencia de otros idiomas, el inglés no posee una institución que lo regle. Si una autoridad se reconoce, es la que emana del Oxford English Dictionary, editado y publicado por la Universidad de Oxford a partir de 1888 y completado por vez primera en 1928)

-Deutsches Wörterbuch, de Jacob y Wilhelm Grimm, 1852 (el primer volumen)

-Deutsche Akademie für Sprache und Dichtung, 1949

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(Redacté estos párrafos en octubre de 2008, emocionado por descubrir libros hasta entonces desconocidos o que, como el Quijote, vanamente creí agotados. Los redacté como el primer intento serio por comenzar a escribir mi tesis de licenciatura. Pero terminé desechándolos, no recuerdo por qué razón. Tal vez ahora alguien saque algún provecho de ellos.)