lunes, 29 de noviembre de 2010

Esta noche

Contamos, de ordinario, lo que soñamos la noche anterior. ¿Por qué no contar lo que quisiéramos soñar esta noche o la de mañana o cualquiera otra —y recordar siempre?

viernes, 26 de noviembre de 2010

Varia citadina (3)

Dos escenas:

1. El hombre pregunta a la mujer joven si el metro lleva dirección Tacubaya. Dos veces. La mujer joven retira uno de sus audífonos, mira al hombre durante un instante con atención y con extrañeza. Mira a su alrededor, alza los ojos, busca esos carteles que algunos trenes llevan pegados arriba de las ventilas. Responde, titubeando, que sí, que ella cree o supone que la dirección del tren sí es Tacubaya.

Miro a ambos. Los escucho. Me sorprende la respuesta. Me sorprende que alguien se encuentre arriba de un vagón del metro sin saber la dirección que éste lleva. Me sorprende que alguien, para responder qué dirección lleva el tren en donde viaja, necesite buscar las señales o los letreros que indiquen dicha dirección.  Es como si para tocar mi pierna izquierda necesitara mirar primero dónde está mi pierna izquierda. Una función cerebral básica.


2. Un hombre, en la fila del autobús, me pregunta si esos son los que van a Bosques. Le digo que sí, que esos son, que esta es la fila, que recién salió uno. Comienza a hablar, a contarme las dificultades que tuvo para encontrarlos, a quejarse porque lleva quince minutos dando de vueltas, porque tiene que estar a la una. Contesto vagamente, fingiendo interés y educación.  Me doy cuenta de que, aunque de buen humor, no tengo muchas ganas de platicar con alguien y quizá por eso, sin darme cuenta, hasta ese momento he sido un interlocutor más bien pasivo, que contesta por reflejo, sólo si el otro dice algo. Me incomoda un poco esta suposición. Me revuelvo contra ella. Pienso que puedo aconsejarle algo que le evite tantos contratiempos en otro momento similar. Tomo la iniciativa. Le digo, sin que medie pregunta suya, cuál es la salida del metro más cercana a esos autobuses. No sé si me escucha ni si le importa lo que digo. Un poco para forzar su atención y su respuesta remato mi consejo con una acotación: Si viene en metro, claro. Sí, sí, dice él, apresurado, mecánicamente. Los dos callamos. Dos o tres minutos. Mira hacia el frente. Me pregunta si ese es el mercado Cartagena. Le digo que sí. O era, continúo, porque ya casi está vacío. Sí, bueno, Para la próxima preguntar nada más dónde está el mercado. Sí, Más fácil así.

[me quedo pensando por qué le dije eso, por qué aclaré el estado actual del mercado si, estrictamente, es una información superflua, innecesaria e incluso errónea como respuesta a la pregunta "¿Ese es el mercado Cartagena?", pienso en el aura de dignidad que para mí rodea ese nombre, pienso en recuerdos que no son míos sino de mis padres, pienso que eso está en el fondo de mi respuesta, pienso que esa es la razón de mi torpeza al momento de mantener una plática incidental: tiendo a responder enigmática o torcidamente porque considero a priori que la gente con quien platico también sabe o conoce o comparte las circunstancias lingüísticas que ornamentan algunas de mis palabras]

jueves, 25 de noviembre de 2010

La verdadera violencia


Hace dos o tres años, más o menos por la época en que los levantados y los decapitados y los ejecutados y los encobijados y los encajuelados y los muertos con tiro de gracia y los cuernos de chivo y el fusil M-15 y el AR-15 y las granadas de fragmentación y los casquillos percutidos y los narcomensajes y las narcomantas y las narcofosas y los narcotúneles y las narcofiestas y la Miss Narco y los Elizalde y las matanzas por decenas y los cuerpos calcinados y los cuerpos disueltos en ácido y los cuerpos desmembrados y los cuerpos mutilados y los cuerpos vejados y los capos y los sicarios y los pozoleros y y los alias y las orejas y los halcones y los zetas y los pelones y la familia y la extorsión y los ajustes de cuentas y los retenes y el fuego cruzado y las acciones de inteligencia y los operativos quirúrgicos y las detenciones y la guerra que vamos ganando aunque no lo parezca se convirtieron en motivos cotidianos de los informativos nacionales, yo también, un cualquiera, un don nadie, quedé contagiado por cierto miedo, zozobra o simple y vana preocupación por el estado del país, por esa agonía que ya entonces me parecía irreversible o al menos difícilmente remontable. Yo también me lamentaba ante las malas noticias. Yo también suponía que éstas no podían ser peores. Yo también me asombraba de que al día siguiente quedaran superados los límites del horror y la crueldad trazados apenas el día anterior. Y también, al final (o en un momento que marqué arbitraria e irracionalmente como final), dejé de lamentarme, de suponer y de asombrarme. En lugar de «esa lasitud teñida de asombro» de la que habla Camus y que todo lo perturba comenzando por la raíz misma de la existencia, quedó más bien una perversa lasitud teñida de costumbre, una suerte de pasividad airada quién sabe si auténtica, si autoimpuesta, si implantada taimadamente desde el exterior a través de argumentos falaces y ventajosos.

Tan timorata reacción obedeció, claro, a ciertas causas previsibles que vale menos la pena enumerar que concentrarlas y caracterizarlas por el tipo de violencia que representan, una violencia armada, brutal, desmedida —violencia frente a la cual, pensé entonces y pienso ahora, la única fuerza oponible es la del Estado, la de la autoridad, la de la Ley. Sin embargo, en el fondo hubo otra circunstancia que me permitió por momentos tender el manto de la indiferencia sobre toda esa podredumbre. Como habitante del DF, nunca había estado en medio de una balacera ni se había descubierto, a la vuelta de mi hogar, un cadáver sometido a los signos del narcotráfico. Sólo por mi situación geográfica concluí, cínicamente, que ese rasgo aborrecible del país en realidad no me afectaba. No sé o no quiero confesar si creí dicha tontería. Tal vez no, tal vez por un tiempo, tal vez siempre que el país se conmociona por una mala nueva yo me aferro un poco más a ese tibio clavo.

Sea como fuere, pronto entendí la nula importancia de que ese tipo de violencia distara o no cientos de kilómetros de mi entorno más cotidiano. Por su naturaleza misma (tan ubicua, tan sutil a veces como manifiesta en otras, tan parecida a la naturaleza del poder), sufría sin duda otro tipo de violencia a la que, sin advertirlo, me había acostumbrado. Violencia menos evidente quizá, pero igual de intolerable y más bien germinal.

Esa violencia persistente, mínima, que rige buena parte de las relaciones incidentales aunque necesarias dentro de esta ciudad y que nace de la nula consideración hacia el otro, de esa certeza arraigada, incuestionable, de que el otro existe y es real pero o es un autómata o un ser sin alma o, más llanamente, se le anticipa al menos una de dos inferioridades: la idiotez o la cobardía. Se le desprecia en cualquiera de los casos.

¿Las pruebas? El chicle todavía babeante arrojado a la vía pública. La música del vecino o del conductor de transporte público que escuchan los vecinos de los vecinos del vecino o los pasajeros de otro autobús. El claxonazo del impotente. Los gerentes y encargados de un establecimiento cualquiera que autorizan tremendas bocinas a la entrada de su local creyéndolas luz que atraerá polillas. Los espacios reservados para el anciano, el discapacitado o la embarazada ocupados de vez en vez por el anciano, el discapacitado o la embarazada. El automovilista embotellado. La bolsa de basura arrinconada a la mitad de una calle poco transitada. Ese otro impotente que para lavar una afrenta amenaza con llamar a su primo o a su amigo o a su pariente que "es judicial". El sindicalizado que se cree o se sabe dueño no sólo de la plaza que ocupa sino del lugar donde labora. O, para rematar, esa sustitución de la civilizada costumbre de escuchar música sirviéndose de un par de audífonos por el incipiente hábito de utilizar el altavoz integrado a teléfonos celulares y ciertos dispositivos de reproducción musical.

Conforta que estas conductas, violentas a su manera, podrían menguar hasta desaparecer por la sola voluntad de sus practicantes. Decepciona que todo eso permanecerá. Entristece que la ciudad cada día se vuelva un poco más insoportable, un poco más infernal.

 «¡Costumbre, celestina mañosa, sí, pero que trabaja muy despacio y que empieza por dejar padecer a nuestro ánimo durante semanas enteras en una instalación precaria; pero que, con todo y con eso, nos llena de alegría al verla llegar, porque sin ella, y reducida a sus propias fuerzas, el alma nunca lograría hacer habitable morada alguna!» (Proust, Por el camino de Swann, traducción de Pedro Salinas)


***

(publicado antes en pijamasurf, ligeramente distinto)


domingo, 21 de noviembre de 2010

Anoche o de madrugada


Anoche o de madrugada tuve este sueño: en una calle de una ciudad imaginaria, teatral, me encontraba de frente, pero no tan cerca, con un hombre de fedora y abrigo negros, camisa blanca, el típico mafioso neoyorquino de los veintes. Al verlo, sentí el impulso o el deber de volverme y alejarme o huir. Sabía que cargaba conmigo un objeto que el hombre no debía ver ni saber siquiera que yo tenía en ese momento. No recuerdo bien si yo sabía entonces qué era dicho objeto o si sólo después, al querer guardarlo y esconderlo, supe qué era lo que debía guardar o esconder. Caminaba, pero no veía por dónde. Llegaba de pronto a una biblioteca o a un lugar que yo sabía tal y del cual sabía también que ya conocía, que antes de ese momento hubo una época en que lo había frecuentado, También en sueño o En otros sueños, decía o mi yo del sueño o yo para mi yo del sueño. La biblioteca parecía más bien, por sus dimensiones y su nulo cuidado, una gran bodega, inmensa, polvosa, olvidada, como situada en una zona marginal de la ciudad [semejante, pienso ahora, a ese edificio vacío, ruinoso, de una sola nave, en Synecdoche, New York, o a la de esos supermercados que en Navidad es habilitada como juguetería]. Lo mismo los anaqueles, que llegaban hasta el techo y cuya extensión lateral era imposible comprender de un solo vistazo, y que contenían libros también empolvados, quizá antiguos, de lomos de piel gastada y títulos en letras doradas, borrosos e ilegibles. Entraba. Y de nuevo tenía la sensación o la certeza de que ya conocía el lugar, de que en otra época había soñado otros sueños en ese lugar o, mejor dicho, había soñado un solo sueño recurrentemente, uno que involucraba ese lugar: dentro de la biblioteca, me dirigía siempre hacia un anaquel en donde había una gaveta o un compartimento con cerradura, en el que siempre guardaba algo [algo que en ese momento no me preocupaba por precisar]. Siempre también sabía el camino exacto para llegar a ese anaquel y a esa gaveta: debía caminar hasta un pasillo ancho, uno que yo clasificaba como “de los principales”, recorrerlo [¿hacia atrás? ¿hacia el fondo de la biblioteca?] y pasados dos pasillos perpendiculares menores, doblar a la derecha. Encontraba entonces el cajón, ni disimulado ni oculto; por el contrario, situado a media altura, se mostraba directo, a flor del estante, lo cual, por otra parte, no me importaba. Pensaba que por las dimensiones de la biblioteca nadie o casi nadie descubriría nunca ese lugar, permaneciendo así ignorada para siempre la existencia del cajón, eso sin contar que sólo yo poseía la llave que abría su cerradura; suponía también que a nadie le parecería extraño un cajón con cerradura enclavado en un estante de biblioteca. Pero todo esto pertenecía a ese otro sueño soñado antaño, recordado en ese momento para recordar también cómo llegar otra vez a la gaveta. Ahora, sin embargo, no encontraba el camino que en ese otro sueño conocía sobradamente. Caminaba entre los pasillos sin nunca arribar al correcto, al previsto, al necesario. Finalmente pedía ayuda a una mujer. No sé o recuerdo cómo me dirigía a ella, tampoco recuerdo su respuesta. Al instante siguiente ella caminaba y yo la seguía. Creo que al caminar pasábamos por la gaveta sin detenernos. Aunque yo la reconocía de costado, tampoco intenté decir o hacer algo, no me detuve y quizá ni siquiera me inquieté. Quizá yo también pasé de largo porque entonces me daba cuenta de que ya no tenía conmigo eso que debía guardar o ocultar, que en algún momento, quizá al acercarme a la mujer para pedir que me indicara el pasillo que buscaba, ella me había preguntado a su vez para qué quería llegar ahí, y quizá yo había respondido con palabras que para guardar esto, alzando al mismo tiempo la mano derecha y sugiriéndole con un gesto que mirara lo que tenía entre los dedos pulgar e índice casi pegados, algo que yo veía también por vez primera aunque sabía desde el inicio del sueño que traía conmigo, un libro, un libro diminuto, minúsculo, del tamaño de una pizca de sal, el cual, a pesar de su tamaño, abrí y creí incluso leer algunas líneas, en ese momento, constataba entonces al pasar cerca de la gaveta sin rechistar ni detenerme, al preguntarme ella y responder yo, le había entregado el libro, quizá sin que ella me lo pidiera, quizá confiando o suponiendo, tácitamente, en que ella lo llevaría a la gaveta o simplemente lo pondría en su lugar. Pasaba entonces por el anaquel y la gaveta y tal vez advertía también por qué no había podido encontrarlos antes: porque uno de los pasillos principales, el más cercano al anaquel de la gaveta, parecía más estrecho en comparación al que yo recordaba de mi sueño anterior; ahora, aunque todavía era perpendicular a los pasillos menores, parecía uno de éstos, de ahí mi confusión y mi incapacidad para llegar por mí mismo al anaquel que buscaba. La mujer caminó todavía otro poco, pero pronto se detuvo, subió por una escalera de mano, de aluminio, y colgó el libro de un gancho largo anclado a la pared, en la última de las hileras, al lado de cientos de coches de juguete empaquetados en azul, como los Hot Wheels.  No sé si en este momento o antes advertía su uniforme como de empleada de supermercado. Yo, que me había retrasado por pararme a pensar en todo esto,  la veía situado varios metros detrás, separado por un pasillo más ancho que cualquiera, quizá desde el borde de la biblioteca, ahí donde terminaban los estantes y comenzaba otra zona, destinada a otras funciones. Veía cómo colgaba el libro, ahora empaquetado también en azul, y cómo el libro se sumía entre los otros objetos, se mimetizaba, se confundía, cómo de pronto se perdía para siempre a la mitad o al fondo del gancho que lo sostenía del empaque. Creo que entonces, quién sabe si cabizbajo o descompuesto, me encaminé hacia la salida de la biblioteca, una salida también inmensa, rematada por un arco cuya amplitud resaltaba y se hacía más clara por la intensa luz del exterior. Casi al salir me cruzaba con un exhibidor de madera, parecido a esos donde se venden libros dentro de las estaciones del metro. Al pie de éste había un estuche de medio metro de alto, abierto por la mitad, de dos o tres estantes paralelos en su interior, cada uno soportando las piezas de ajedrez más grandes que había visto nunca. Veía uno o dos peones blancos, de contornos perfectamente redondeados, y una torre negra. Pensaba en el tamaño del tablero necesario para esas piezas [pero no consideraba entonces que, como usualmente sucede, el estuche podía ser también el tablero]. Pensaba en un ajedrez minúsculo, tal vez también del tamaño de mi mano, que sostenía repentina e inexplicablemente en mi palma, y lo comparaba con ese que vendían a la salida de la biblioteca. Pero tal vez yo no tenía ninguno. Tal vez yo sólo admiraba, embelesado, uno de esos dos juegos de ajedrez ahí exhibidos.

lunes, 15 de noviembre de 2010

«Detente, sombra de mi bien esquivo»


Leí este soneto en una compilación de los de Sor Juana publicada por la editorial Verdehalago. Lo leí de corrido, como malamente suelen leerse los sonetos, cuya engañosa brevedad hace creer al lector que para comprenderlo en su totalidad bastan los quince o veinte segundos que le toma recorrer los catorce endecasílabos, dejando de notar que, al menos en el caso de los sonetos barrocos, se encuentra en posesión de un rompecabezas estético, de un enigma que al descifrarse retribuye con placer intelectual los recursos empleados en su resolución.

Sin embargo, ya en esa primera y defectuosa lectura quedé fascinado por el poema, sobre todo por esa obligación que se impuso Sor Juana de fijar en cada uno de los primeros cinco versos sendas imágenes que tienen en común, todas, aludir a una presencia fugaz como metáfora del amado que ya sólo vive en la mente de la amante.

(Al amado a su vez se le metaforiza bajo los términos «bien esquivo» en el primer verso y «hechizo» en el segundo, y se le reduce metonímicamente al agraciado en el quinto, el «lisonjero» del séptimo y el «fugitivo» —como adjetivo, no como sustantivo— del octavo.)

Ese amado es ya sombra, imagen, ilusión, ficción y, para el inicio del segundo cuarteto, imán, acaso el elemento fantasmal más hermosamente acertado de todos, uno en cierta forma previsto por el lector y al cual arriba por inercia poética. ¿Qué ha sido el imán, en el imaginario primitivo, elemental, acaso también infantil, sino una fuerza misteriosa, invisible, que atrae para sí objetos sin que nadie atine a explicar la fuente de dicha atracción? Desde Las mil y una noches hasta Cien años de soledad, la piedra imán recorre la literatura como motivo de asombro, como sugerencia de magia, como símbolo de esa energía mundana ante la cual el hombre debe someter su voluntad y su comprensión sin esperar nunca que el fenómeno le sea explicado satisfactoriamente. Y quién, al decir todo esto, no pensará que la comparación entre el imán y el amor resulta obvia, incuestionable, admisible lo mismo para la retórica que para la realidad del enamoramiento.

El soneto concluye con orgullo, con una declaración que quizá hoy, pobremente, llamaríamos de autosuficiencia, pero que va más allá de ese lugar común aunque al mismo tiempo sea también patética, elaborada en torno a la certeza de que en el amor la correspondencia no sólo no es indispensable para que éste exista, sino que incluso podría decirse que al amante, en un instante de lucidez, dicha condición se le revela superflua, banal, innecesaria: «poco importa burlar brazos y pecho / si te labra prisión mi fantasía».

Žižek ha explicado esto último de forma más prosaica sirviéndose del planteamiento que Lacan desarrolló a lo largo de su seminario dedicado a la transferencia: «¿En qué consiste el señuelo del amor? Cuando estoy enamorado, amo a alguien a causa del objeto a en él, a causa de lo que “en él [es] más que él mismo”, en síntesis, el objeto del amor no puede darme lo que demando de él ya que no lo posee, dado que, en lo más íntimo, se trata de un exceso. Lo que define al amor es esta discordancia o brecha básica (elaborada por Lacan a propósito de la relación de Alcibíades con Sócrates en el Banquete de Platón): el amador [erastés] busca en el amado [éromenos] lo que a él le falta, pero, como lo expresa Lacan, “lo que a uno le falta no es lo que está escondido dentro del otro” —de este modo, lo único que le queda por hacer al amado es realizar una especie de intercambio de lugares, cambiar de objeto a sujeto del amor, en síntesis: devolver amor».

viernes, 12 de noviembre de 2010

Un día como hoy nació Sor Juana

Detente, sombra de mi bien esquivo,
imagen del hechizo que más quiero,
bella ilusión por quien alegre muero,
dulce ficción por quien penosa vivo.

Si al imán de tus gracias atractivo
sirve mi pecho de obediente acero,
¿para qué me enamoras lisonjero,
si has de burlarme luego fugitivo?

Mas blasonar no puedes satisfecho
de que triunfa de mí tu tiranía;
que aunque dejas burlado el lazo estrecho

que tu forma fantástica ceñía,
poco importa burlar brazos y pecho
si te labra prisión mi fantasía.

lunes, 8 de noviembre de 2010

Los olvidados, otra vez

Hoy vi Los olvidados, en el cine. Vi también el final alternativo, que quizá ya había visto. Al salir pensé en uno de los aforismos de Kafka, quizá el número 52, aquel que dice “En el combate entre tú y el mundo, secunda al mundo”. Pensé que cuando lo leí (y lo cité) por vez primera, no lo comprendía del todo, yo que entonces sentía que algo en mí podía comprender a Kafka, yo que entonces me preguntaba por qué Kafka aconsejaba ponerse del lado del mundo, si el mundo es eso que repele, eso de lo cual hay que huir y ocultarse y refugiarse, eso que hay que combatir siempre, yo que me sentía frustrado, idiota, por no encontrar la puerta de entrada de ese “secunda al mundo”. Ahora, sin embargo, al ver ese otro final, creo que comprendí un poco mejor el imperativo. Vi cómo El Jaibo muere y Pedro recupera el dinero para regresar con él a la escuela-granja y reivindicarse con el director de ésta y también consigo mismo. Vi el final feliz, en el cual las cosas se solucionan de la mejor manera posible, la del máximo grado de felicidad permitido para esa situación, para esas circunstancias. Y pensé que quizá Buñuel (“el único que no mira a la cámara en la fotografía final del rodaje, acaso avergonzado de haber cedido ante la censura”, según dice la voz en off de la breve introducción que antecedió a la película) sabía que las cosas nunca terminan así. No terminan nunca como uno espera o quiere o desea (porque, quizá, uno siempre espera o quiere o desea lo que cree mejor). En el dilema entre las previsiones personales y la respuesta real del mundo, casi siempre prevalece el mundo, casi siempre el mundo ahoga con su realidad el débil cuerpo de la esperanza personal.

«En el combate entre tú y el mundo, secunda al mundo»