martes, 27 de julio de 2010

Con suerte, en mi próxima vida no seré yo, seré mi perro


Hace varios siglos tuve, otra vez, veinte años. Esto sería apenas importante de no mediar entre la nula y la poca importancia del hecho una circunstancia extraordinaria, oscilante entre el milagro y la revelación, una que ahora distingue el recuerdo de aquella edad con cierto resplandor jubiloso y nostálgico. Fue sólo hasta los veinte años cuando adquirí una relación más significativa con la música. Antes, claro, la escuché, porque no nací sordo ni impedido para pasar por alto su existencia. Pero el goce que me deparaba era más bien corporal, físico: se trataba de un acercamiento primario y primitivo. Eran los ritmos alegres, incluso los lindantes con el furor, los que me atraían, esos cadenciosos que a cualquiera, supongo, lo llevan a mover el cuerpo: su dedo índice, las plantas de sus pies, el cuello con todo y cabeza, la cabeza con todo y tronco y las cuatro extremidades en el caso de los más desinhibidos. Esa era mi música preferida: la de un niño, la de un púber, la de los adolescentes. Sin embargo, cuando crecí, esta inadvertida e inocente embriaguez juvenil cesó en sus efectos y en su lugar corrió a través de mí algo que sólo hasta ahora me atrevo a llamar humor melancólico. Entonces dejó de importarme paulatina y parcialmente pertenecer a mi tiempo, ser como mis contemporáneos. Visiblemente (para los otros) comencé a apaciguarme. «Pero cuando también aquél se hizo odioso a todos los dioses, por la llanura Aleya iba solo vagando, devorando su ánimo y eludiendo las huellas de las gentes». Intelectualmente (así quiero creerlo), mi vida ganó en inquietud. Pero, ignorante, el único rumbo que atiné a elegir fue el del lugar común, el del cliché que, aunque pretendidamente culto, no por eso revierte su condición. En el caso de la música, volví los oídos y la mente a Chopin, cuyos Nocturnos escuché durante muchos meses en la interpretación de Claudio Arrau y los Preludios en la de Martha Argerich. Tal vez de ese hartazgo provenga mi repulsión actual por la melosa retórica del romanticismo. Después vino Bach y con él, al poquísimo tiempo, Glenn Gould, y a ellos ya nunca los he abandonado. Aunque comencé con las Suites para chelo solo (Rostropovich fue superado en mi predilección por Bruno Cocset y en segundo sitio por Harnoncourt), pronto, gracias a las grabaciones de Glenn Gould, reconocí el encanto inefable que provocan en mí las composiciones de Bach que tienen como protagonista al clavecín —y las cuales, en manos de Gould, se volvían inusitadamente contemporáneas, como si se les hubiera trasladado directamente del siglo XVIII a mis inexpertos oídos del siglo XX. El sonido del piano se extendió a las sonatas y los conciertos de Beethoven y de Mozart, a las transcripciones de Liszt y de Stravinski, al sorprendentemente familiar vacío de Schönberg. Entonces, en un arrebato de frustración y de esperanza, una mañana nubosa, dije para mí estas palabras: espero, en mi siguiente vida, tener algo que ver con la música. Me creí, durante un instante, pianista o compositor o director de orquesta.

Sin embargo, al instante siguiente, esa ilusión se perdió con la misma rapidez con la que el autobús donde viajaba dejaba atrás los edificios y las escuelas y las personas desconocidas. Intuí de pronto y de la nada que la música tal y como la conocía era el resultado de una combinatoria irrepresentable de cuantiosos elementos, algunos obvios y constatables, otros ínfimos, detalles de una miniatura invisibles para la mirada tosca y miope del hombre grosero. Sentí también que yo, escuchando a Bach en mi ipod, formaba parte de esa serie de acontecimientos y omisiones, de aciertos y errores, de palabras dichas y actos ejecutados y despidos y enemistades y favores concedidos o negados, de guerras, dinastías, ejércitos, capitulaciones, de repentinas iluminaciones intelectuales o de inspiraciones caprichosas, de modas, de pelucas, de vestidos, de fervores profesados, de religiones exaltadas, de cortes palaciegas, de creencias abandonadas, de retratos pretendidamente fieles, de pagos recibidos o escamoteados, de viajes y mudanzas, de mujeres e hijos y amores inconfesados, de libros leídos y celebrados o sólo hojeados y desechados, de revueltas populares, máquinas inventadas, funerales, bodas, bautizos, primaveras, ventiscas, nevadas, árboles caídos, ríos desbordados, desayunos y cenas, fastuosos o precarios, discusiones, disputas, putas, peleas, borracheras, de miles de millones de vidas relacionadas entre sí, cruzándose de todas las formas posibles, y todo eso y todo lo que fui incapaz de imaginar y sólo presentí, apareció de repente sobre mis hombros y mis oídos y, en su inmensa magnitud, supe que era inalterable. Concluí entonces en otro instante, quién sabe si de lucidez o de engaño, que la vida no cambia —no puede cambiar—, que una y otra vez viviría mi misma vida (que esta podría ser la segunda o la tercera o la milésima vez que he vivido esta vida y que nunca sabré si es la décima o la vigésima o la primera vez que he vivido esta vida), que volvería a tener veinte años e iría a la universidad en transporte público, sirviéndome de un camión a bordo del cual escucharía a Bach en mi ipod, y que en cierto momento de esa nublada mañana desearía ser pianista en mi próxima vida y de nuevo irrumpiría en la soledad de mi mente esa intuición o ese presentimiento de que la vida no cambia, no puede cambiar, que una y otra vez viviré esta mi misma vida.



jueves, 1 de julio de 2010

Definiciones



Enamorarse Estar al tanto uno del otro Ser como dos astros que inesperadamente han alineado sus órbitas e imprevisiblemente cercanos recorren juntos el universo




Desenamorarse. Ser de nuevo un planeta distinto de otro cualquiera. Volver a la órbita trazada con anterioridad y seguida durante siglos y siglos. Regresar a esa errancia monótona y carente de sentido alrededor de una estrella demasiado conocida a la que me convenzo de pertenecer.