miércoles, 26 de mayo de 2010

El mundo



«Dios todavía no ha creado el mundo; sólo está imaginándolo, como entre sueños. Por eso el mundo es perfecto, pero confuso.»


Augusto Monterroso, "El mundo" (Movimiento perpetuo).

martes, 25 de mayo de 2010

Varia citadina (1)

Dentro de lo trivial, algo tiene de interesante registrar los distintos géneros musicales que se reproducen, de viva voce, al interior del transporte público. Ordenarlos de acuerdo con el número más o menos impreciso de manos que largan una moneda a sus intérpretes. La siguiente lista es menos obra mía que de mi memoria, de quien me separo para que el resultado sea lo más impersonal y objetivo posible.

1. La música popular andina. O lo que nosotros, recorriendo los túneles del metro abordo de un vagón, tomamos como tal. Por una extraña razón (mucho muy extraña) (de verdad extraña), nos conmueven los sonidos de la ocarina y el rápido rasgar de una guitarra de dimensiones reducidas y la acelerada sucesión vagamente incomprensible de palabras como huamaqueño o charango. Aunque también es cierto que, en ocasiones, ni siquiera importa que la canción interpretada sea, por decirlo de algún modo, genuinamente peruana —o andina, o sudamericana, o míninamente extranjera; a veces, quién sabe si por una estrategia de mercado bien planeada y mejor ejecutada, escuchamos satisfechos esa pieza de tan añeja raigambre en el sentimiento musical del mexicano, cuya ortografía y significado han provocado también, dicho sea de paso, tantas vanas discusiones, me refiero, por supuesto, a La Bikina. Terminada la actuación, las monedas llueven sobre las palmas de los intérpretes, con la intensidad de esas lluvias fugitivas del caluroso mayo. Y si traen, hasta discos venden.

2. Rock n' roll. Del viejito, sea el de Elvis o el de Enrique Guzmán (o Angélica María o los Teen Tops o Los Locos del Ritmo). La desenfrenada alegría de este género se estrella directamente en la seria pared de la rutina —tirándole uno o dos de sus miles de ladrillos. La voz de la conciencia se impone y obliga a algunos a pagar por esos minutos de felicidad obtenida.

3. Rock en español. O lo que yo creo tal. Vasos vacíos, infalible, aunque cada día que pasa aumenta su riesgo de precipitarse en la grieta generacional, con pocas posibilidades de ser rescatada.

4. Los boleros y, en general, la llamada música romántica anterior a los 60's. Ya pocos quedan que tarareen las de Agustín Lara y si bien muchos quisieran formar un trío, Los Panchos o Los Dandys van quedándose en el cabús de la memoria colectiva.

5. Las norteñas o las rancheras. Según parece, el chilango sigue creyendo que después del DF todo es Cuautitlán (hasta llegar al Perú). En razón de tan xenofóbica sentencia, desdeña gustoso las manifestaciones musicales nacidas allende las fronteras de Querétaro.

6. Música clásica (portátil). La de un violín o una flauta traversa, un par de ocasiones la voz de una mezzo. La dádiva ofrecida obedece menos a una justa apreciación musical que a cierta lastimosa solidaridad estudiantil.

7. Música cristiana. Se cultiva el campo semántico del cristianismo, se cosecha una canción que habla de Jesús y de salvación y de alma. Se obtiene no un fruto, sino una piedra imán que atrae a algunos (los menos) y repele a otros (los más).


Apostillas.

General: El gusto o el juicio se alteran y se confunden si la voz cantante es la de un anciano o si la que acompaña es la de un niño.

Para el primer caso: (Especulación) El número de quienes cooperan guarda algún tipo de relación con el número de intérpretes. Así, el hecatónquero aquél que toca al mismo tiempo la guitarra, las claves, la ocarina y algún otro instrumento anterior a la malhadada conquista española, recibirá más dinero que sus colegas que para interpretar una sola canción requieren de un grupo de tres o más apasionados de la verdadera música latinoamericana.

lunes, 24 de mayo de 2010

apropósito

«El "affaire Baulito" había sido un fraude común y corriente que tuvo como víctima a un próspero e influyente financiero neoyorquino llamado Peter Pancreas que necesitaba llevar a su mercado diez toneladas de cocaína. Para meter el polvo urdió un plan maestro: una empresa fantasma le vendería a México mil toneladas de leche radioactiva irlandesa de los tiempos de Chernobyl, los mexicanos "descubrirían" la radioactividad y las regresarían a Estados Unidos: ahí, disfrazadita de leche radioactiva, vendría la cocaína. Lo único que necesitaban era embarcar en el negocio a un mexicano, que resultó ser Baúl Sentinas, cuyas credenciales incluían ser pariente del Hombre y funcionario de la Nacional Distribuidora Estatal de Subsistencias Populares, NADIESUPO. Sentinas aceptó y cumplió su parte del negocio, no sin antes asegurar la carga por una elevada suma; organizar que unos judiciales se la robaran con todo y el tren; cobrar el seguro; vender la leche de todos modos; cobrar rescate por la máquina y los vagones; chantajear a los compradores acusándolos de querer chernobilear a la niñez mexicana; recoger la leche de nuevo; vender algunas toneladas en Cuba, y regresarla finalmente a los Estados Unidos con todo y la cocaína, pero con la intención de descargarla en secreto y vendérsela a los competidores de Peter Pancreas en Jersey City.

»Pancreas se puso furioso. Reunió a cientos de empresarios de todo el mundo, hartos de lidiar con una corrupción que, como la mexicana, no tenía ningún respeto hacia las leyes de la corrupción internacional; juntos pagaron abogados y cabilderos y llevaron el problema de la corrupción mexicana a los tribunales internacionales, hasta conseguir que a las reglas comerciales con México —lícitas e ilícitas— se les agregara una cláusula atroz: si quería seguir haciendo negocios, era menester que tuviera un sistema judicial eficaz, y como eso iba a ser imposible entre mexicanos, tendrían que comprar uno ya hecho en Suiza.

»—¡Todo por unos cuantos putos vasos de leche! —diría para sus adentros el procurador general de la nación.»


Guillermo Sheridan, El dedo de oro (1996).

miércoles, 19 de mayo de 2010

addenda

Después de pensarlo poco, decidí que me da pereza justificar lo que he escrito. Quod scripsi scripsi. Lo bueno, si breve, etcétera. Y al buen entendedor, lo que sigue.

No me interesa comparar al Quijote con Los detectives salvajes. Esta es una tarea propia de la crítica que espero nunca tener que emprender [que sea la crítica la que se ocupe de la aparente facilidad que ambos textos transmiten y que se basa, a mi juicio, en el gusto por la elipsis que ambos comparten, o, detalle trivial, de la prosa que a ratos incurre en endecasílabos (in)voluntarios, menos abundantes en la novela de Bolaño que en la Cervantes por razones obvias.] La idea nació de mi experiencia como lector. Varias veces, mientras leía Los detectives, descubrí asombrado la misma placentera sensación que he tenido al leer el Quijote, ese mismo acicate intelectual que proviene del uso literario del lenguaje. Para mí, quien sabe si lector corto de miras, ese objeto polimorfo que Cervantes inventó y armó a partir del español de su tiempo —con muchas de las piezas del español de su tiempo: las populares, las cultas, las de sus narrativas y sus poéticas— equivale, por esa misma condición, por ser un compendio de los registros lingüisticos de una época, como si al lenguaje pudiera decírsele detente ahora y déjame ser testigo de la imagen que has tomado en este único instante, a lo que hizo Bolaño en Los detectives salvajes. De ahí la fascinación casi unánime de sus lectores contemporáneos (como otrora los del Quijote): el libro cautiva porque, en cierta forma, algo del lector está ahí entre sus páginas y sus párrafos, no la ingenua identificación con tal o cual personaje, sino el anudamiento entre significantes compartidos, la inesperada revelación de mi reflejo (de eso que creo mi reflejo) en las palabras del libro, el descubrimiento de la fragmentada subjetividad de este tiempo (de este lenguaje) al que inevitablemente pertenezco.

Quizá sea un exceso comparar al Quijote con Los detectives salvajes. No lo es tanto, pienso, si se les equipara a ambos según sus lectores, según la experiencia que cada uno ha ofrecido a sus primeros lectores.